Mañana hará 109 años que dio inicio la Revolución Mexicana, aunque en el calendario se proclame no el inicio sino un hecho consumado: Aniversario de la Revolución. Como si la Revolución hubiera sido sólo un suceso ocurrido el día 20 de noviembre de 1910 y no un largo y sangriento proceso que culminó con el asesinato del último caudillo, Álvaro Obregón (17 de julio de 1928), y la fundación del Partido Nacional Revolucionario (4 de marzo de 1929).

La de México fue la primera revolución social del siglo XX, si bien no tuvo la trascendencia internacional que detentó en el siglo XVIII la Revolución Francesa y posteriormente la Revolución Rusa, fue por lo variopinta de su ideología: antirreeleccionista (sufragio efectivo no reelección); con matices de reivindicaciones sociales (tierra y libertad); para que, finalmente, se impusiera la cleptocracia (uca, uca, el que se lo encuentra se lo emboruca).

Una de las causas que provocaron el inicio de la hoy llamada Tercera Transformación fue la prolongación en el poder de Porfirio Díaz, presidente de México durante 30 años. En 1908, a los 78 años de edad, don Porfirio declara al periodista gringo James Creelman, que el pueblo estaba apto para la democracia y que no se presentaría a la elección presidencial de 1910, nadie le creyó a resultas de un trascendido: en secreto se construía una Silla Presidencial de ruedas.

También influyó la injusticia social. Los obreros y campesinos eran explotados inmisericordemente: no existía el salario mínimo y las jornadas de trabajo eran hasta de 12 horas. A ciertos países extranjeros se les concedió la explotación de la minería, el petróleo, el desarrollo de las vías de comunicación y de la industria.

En las haciendas existían las tiendas de raya —el antecedente del Buen Fin—, donde el paupérrimo jornal se pagaba con mercancías. Allí el peón y su familia adquirían, “con el poder de su firma”, al precio que fijaba el patrón: manta, arroz, frijol, maíz, jabón, etcétera. De esta manera, el peón siempre estaba endeudado con el dueño de la hacienda —eufemismo para no decir latifundio.

Según el censo de 1910, existían en el país únicamente 840 familias dueñas de toda la tierra cultivable. En el seno de una de estas familias, la compuesta por Francisco Madero Hernández y su esposa Mercedes González Treviño, el mayor de sus 15 hijos, nacido el 30 de octubre de 1873, de nombre Francisco Ignacio, un fifí que estudió en Europa y en Estados Unidos, se convirtió en creyente del espiritismo y en devoto de la democracia. Esto último influyó para que decidiera entrar en política, paradójicamente, del lado contrario del que se encontraba su familia. Su abuelo don Evaristo era banquero y, por ende, conservador y porfirista.

Madero escribió un libro —La sucesión presidencial en 1910— publicación con la que alcanzó gran popularidad entre los antirreeleccionistas del país, quienes tras fundar el Partido Nacional Antirreeleccionista, lanzaron la candidatura de Madero para presidente contra Porfirio Díaz para el periodo 1910-16. Ya como candidato inició una gira en la cual fue aprehendido, acusado de incitar a la rebelión, y confinado en una prisión en San Luis Potosí.

Se celebraron las elecciones con uno de los candidatos en la cárcel. ¡Qué paradoja! Obviamente don Porfirio fue el ganador. Pero Madero ganó gran popularidad. Una vez fuera de prisión se refugió en el estado de Texas, concretamente en San Antonio, donde, paradójicamente, redacta el Plan de San Luis, en donde expresó: “El día 20 de noviembre, a las seis de la tarde —conocedor de nuestra impuntualidad puso el horario a las 6 para empezar por ahí de las nueve y media—, todos los ciudadanos de la República tomarán las armas para arrojar del poder a las autoridades que actualmente gobiernan”. Avisar la hora del inicio de las hostilidades no es una paradoja, es una pendejada.

Manuel Ajenjo

Escritor y guionista de televisión

El Privilegio de Opinar

Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros.