El monstruo Harvey Weinstein logró sortear el pedregoso camino que lleva hacia el Despacho Oval para depositar en él un sustancioso gramaje de escándalos. En efecto, la Casa Blanca se ha convertido en una especie de bodega de polémicas que, al parecer, poco importan a su inquilino, el presidente de Estados Unidos.

Salma Hayek, en un artículo en The New York Times, calificó al productor hollywoodense como monstruo, el acosador que detonó la pandemia de sucesos sexuales en entornos variopintos, espectáculo, política y noticias.

El lunes, la senadora demócrata por Nueva York, Kristen Gillibrand pidió la renuncia de Trump por la docena de casos en su contra sobre acosos sexuales; lo mismo hizo con el senador de su partido, Al Franken, quien con una mínima dosis de pudor, ya avisó que está por preparar sus maletas.

La reacción de Trump no fue la de un presidente de Estados Unidos: “La senadora de peso ligero Kristen Gillibrand, lacaya de Chuck Schumer y alguien que venía a mi oficina suplicando apoyos para su campaña no hace mucho tiempo (y que haría cualquier cosa por obtenerlos), está ahora en la arena peleando en contra de Trump”.

Para Trump, ¿qué significa “hacer cualquier cosa”? Paul Waldman, en The Washington Post, escribe lo que realmente pasó por la cabeza de Trump: “No nos engañemos a nosotros mismos. Todos sabemos lo que dijo el presidente. En pocas palabras, Trump le gritó “¡puta!”, a una senadora de Estados Unidos”.

Sobre las reacciones que han tenido los personajes que han sido señalados como acosadores sexuales, desde que más de 30 actrices señalaron a Weinstein como a uno de ellos, se pueden catalogar en dos: los que lo aceptan, piden disculpas y subrayan la necesidad de respetar a las mujeres; y los que lo niegan, pero subrayan la necesidad de respetar a las mujeres. Trump no forma parte de ninguno de los dos grupos.

Un presidente también es un símbolo; el de la cohesión. La imagen de un personaje que no es discrecional frente a la población. El que no divide. Un mandatario debe de ser experto en la producción de señales semióticas. François Hollande visitó la sala de espectáculos Bataclan en París, el 13 de noviembre del 2015, dos o tres horas después del atentado terrorista. Era necesaria la presencia del estado francés para generar empatía en un momento de histeria colectiva.

¿En qué momento el presidente de Estados Unidos ha tenido un discurso conciliador, lo mismo con las mujeres o con los negros? Si una mujer lo acusa de acoso sexual, la respuesta de Trump es la más ramplona y fácil: negar y señalar a la mujer de mentirosa. ¿A caso nos hemos olvidado del audio en la que se ufana de su atractivo sexual sólo por ser “famoso” y millonario? De esa manera, a las mujeres, dijo Trump, se les puede “agarrar del coño”.

Insistimos en utilizar herramientas políticas para trabajar un análisis crítico de la presidencia de Trump; insistimos en evaluar las negociaciones del TLCAN a través de los ángulos político y comercial; insistimos que todo presidente se debe comportar como tal. Sin embargo, a pocos días de que Trump cumpla un año como inquilino de la Casa Blanca, es tiempo de buscar otro tipo de herramientas para interpretar sus decisiones.

Como un avión que surca el cielo a baja altura, el presidente de Estados Unidos, de manera peligrosa, está comportándose como un soldado que le ha declarado la guerra a su país.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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