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Opinión

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La última y nos vamos a otra fiesta

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Entrada triunfal del Ejército Trigarante a la Ciudad de México en 1821. Foto: Especial

Todavía no acaba. Tal vez falta más de lo que sobra, aunque quede una semana de septiembre. Creíamos que ya habíamos cumplido con los festejos de la Independencia y que al mes de la patria no le debemos nada. Craso error: no hemos celebrado la verdadera, oficial e histórica consumación de la Independencia. Y es que el Grito, lector querido, nada más marcó el principio de una sangrienta y cruenta guerra contra el imperio español. Hubieron de pasar once años y once días, después de los tañidos de la campana de Dolores, para que los insurgentes pasaran de revoltosos malhechores a héroes que nos dieron patria. Y para que el almanaque nacional se convirtiera en calendario cívico y consignara que el triunfo de la Independencia de México tiene una fecha precisa: el 27 de septiembre de 1821.

Una vez aclarado el hecho de que Miguel Hidalgo no fue quien recibió los vítores del pueblo liberado, puede usted elegir entre resignación o alegría y quitarse la culpa de todavía querer pozole como sopa; para beber, tequila y de plato fuerte otros chiles en nogada. Mientras decide, he aquí un recuento de la Historia de aquel tiempo.

Comenzaba el año de 1821 y parecía que la guerra no iba a acabarse nunca.  El movimiento insurgente, comandado por Vicente Guerrero, poco a poco tomaba el control y el ejército enemigo, a cargo de Agustín de Iturbide, afinaba estrategias para acabar con ellos. Los enfrentamientos entre ambas tropas habían subido de intensidad y tono y las bajas fueron terribles. La inferioridad militar de los insurgentes ya no parecía ser una realidad y la balanza parecía inclinarse a favor de quienes pretendían la independencia. Muchos relatores posteriores afirman que las ideas libertarias de la Ilustración, el rechazo al absolutismo, los movimientos emancipadores que comenzaban a surgir no eran extraños ni para Guerrero, ni para Iturbide y que ambos compartieron el sueño de lograr que todos envainaran sus espadas con honor para lograr que los que habían sido enemigos, se vieran ahora como hermanos con vínculos indisolubles. Y que por ello consideraron que la mejor estrategia era pactar una alianza, ponerse de acuerdo en que había llegado el tiempo de la paz y comenzaron a escribirse para acordar las condiciones de su unión y redactar un plan.

Así se hizo. Conocido como el Plan de Iguala o de las Tres Garantías, tal escrito perseguía tres objetivos principales: establecer la independencia de México, declarar la religión católica como única y absoluta y asentar la unión de todos los individuos declarando la igualdad entre americanos, españoles, africanos, asiáticos y todos quienes hubieran nacido o vivieran en nuestro territorio. Se componía de una proclama inicial, veinticuatro “bases sólidas” numeradas y una proclama final. Agustín de Iturbide fue el encargado de presentarlo y en su discurso dijo así:

“No teniendo enemigos que batir, confiemos en el Dios de los ejércitos, que lo es también de la paz, que cuantos componemos este cuerpo de fuerzas combinadas de europeos y americanos, de disidentes y realistas, seremos unos nuevos protectores, unos simples espectadores de la obra grande que hoy he trazado, y que retocarán y perfeccionarán los padres de la patria. Asombrad á las naciones de la culta Europa; vean que la América Septentrional se emancipó sin derramar una sola gota de sangre. En el transporte de nuestro júbilo decid: ¡Viva la religión santa que profesamos! ¡Viva la América Septentrional, independiente de todas las naciones del globo! ¡Viva la unión que hizo nuestra felicidad!”

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Firmado y rubricado por Iturbide, el Plan de Iguala también propuso la creación del Ejército Trigarante que, unido a las fuerzas insurgentes de Vicente Guerrero, llegaría a la Ciudad de México justamente el 27 de septiembre. Cuentan las crónicas que la impresionante fuerza militar, entró por diferentes rumbos, formando una columna principal. Se contaron 7,616 infantes, marchando junto a 7,755 elementos de caballería, seguidos por 763 artilleros con todo y sus 68 cañones. Y que Iturbide  – que además ese día cumplía 38 años–  iba al frente.

El reloj todavía no marcaba el mediodía cuando el cumpleañero avanzó por el Paseo Nuevo hasta llegar a la avenida de Corpus Christi, deteniéndose en la esquina del convento de San Francisco bajo un soberbio arco triunfal que se le había fabricado de antemano. Fue recibido por el alcalde más antiguo, José Ignacio Ormaechea, quien le entregó las llaves de la ciudad (que ni puertas, ni cerraduras, ni nuevo nombre tenía) mientras los gritos de ¡Viva Iturbide!, ¡Viva el Ejército Trigarante!, no dejaban de escucharse.

Una vez terminado el desfile, las diligencias que faltaban se fueron veloces como corceles. Iturbide no quiso esperar absolutamente nada para que México fuera declarado de una vez por todas un país soberano y al día siguiente, el 28 de septiembre de 1821, instaló una suprema junta provisional gubernativa que redactó y firmó el Acta de Independencia.

Otra efeméride patriótica, lector querido, que le apuesto pocas veces ha tocado su memoria y no sabía que ya es la última para acabar con las celebraciones de septiembre.

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