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Opinión

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La twitterización de la política o el wifi envalentonado

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Fausto Pretelin Muñoz de Cote

La banalidad wifi se envalentona y sale de las pantallas. El filósofo Alain Finkelkraut fue agredido por miembros de los Chalecos Amarillos el pasado sábado en París.

“Francia es nuestra”, “sucio hebreo”, y “gran mierda sionista”, algunas de las astillas verbales que le lanzaron.

La twitterización de la política es una de las herramientas con la que se ha perfeccionado la polarización social. La semana pasada Israel Katz, ministro de Exteriores del gobierno de Benjamin Netanyahu no cumplía ni 24 horas en el puesto cuando ya había insultado a la sociedad polaca al decirle que “mamaron el antisemitismo de la leche materna”. Macron califica de cínica a la política migratoria de la bicefalia italiana al frente del gobierno, Salvini y Di Maio. “No tenemos nada que aprender de solidaridad, generosidad y voluntariado de nadie”, le responde Salvini.

Manuel Vicent escribe sobre el presidente del Partido Popular español, Pablo Casado, y lo define como un personaje “que habla sin control como si su lengua fuera un motor explosivo, ha batido el récord en el número de improperios por unidad de tiempo contra el presidente de gobierno” (El País, 17 de febrero).

En efecto, hace un par de semanas, Casado aseguró que “la agenda que estamos viendo en Cataluña es la agenda de ETA (...) ceder a los nacionalistas, antes a los etarras, ahora a los borrokas catalanes. Es un error histórico”.

El lenguaje de Casado refleja con claridad su alianza armoniosa con la ultraderecha de Vox. Pero al comparar a ETA con el proceso independentista revienta toda posibilidad de diálogo para solucionar la crisis catalana en caso de que él se convirtiera en el ganador de las elecciones legislativas del 28 de abril, un escenario poco probable por la enorme caída del PP en las encuestas.

Si Donald Trump hubiera cumplido sus amenazas tuiteras probablemente estaríamos viendo varias confrontaciones bélicas. “Fuego y furia” le prometió a “rocket man” (hombre cohete), refiriéndose de esa manera a Kim Jong-un.

El destape de Wikileaks en el 2012 sobre despachos diplomáticos redactados por embajadores estadounidenses y enviados a la Secretaría de Estado generó cierto rubor entre los aludidos: Berlusconi, un personaje “irresponsable e ineficaz” a quien le gustan las “salidas nocturnas”. Sarkozy: un “autoritario”. Vladimir Putin y Dmitry Medvedev: “Batman y Robin”.

Los adjetivos utilizados por los diplomáticos durante la primera década de este siglo hoy parecen de dulce si los comparamos con los utilizados, no desde la privacidad, sino de manera pública, por varias figuras políticas.

Tal parece que Wikileaks ha perdido la exclusividad de la privacidad hecha pública. Las zonas privadas están desapareciendo por el cambio climático de la tecnología y la obsesión por la desconfianza y por el poder.

Chalecos Amarillos y León Blum

En la base sociológica de los Chalecos Amarillos no se encuentran rasgos antisemitas ni su demografía proviene de los barrios musulmanes. Se trata de una clase media francesa degradada financieramente y cada vez más lejana de la élite política de la Ecole Nationale d’ Administration.

“En cierto modo todos tenemos parte de los Chalecos Amarillos: todos tenemos cierto odio por el Estado; por sus regulaciones que nunca terminan; por los problemas que nos impone. Pero detengámonos por un momento. ¿Se puede hacer política a través del odio?”. Así reflexiona el filósofo Gérard Bensussan a través de un artículo publicado en Le Monde el pasado martes.

El antisemitismo puede abrazar al movimiento en caso de que los extremos izquierda y derecha tomen como rehenes a los Chalecos Amarillos.

Para el historiador Laurent Joly, lo primero que le pasó por su cabeza al conocer la agresión contra Finkelkraut fue un pasaje ocurrido el 13 de febrero de 1936 cuando un grupo de seguidores de Action Française agredió verbal y físicamente al político del Frente Popular en el bulevar Saint-Germain.

En nuestra época, las audiencias tuiteras exudan odio a través de más de 140 caracteres.

Una serie de animadores tuiteros a la caza de seguidores se enfrentan a un ejército que dispara odio; analistas se han convertido en payasitos que a través de falsas polémicas son premiados con retuits y corazoncitos.

La twitterización de la política fue el vector que atravesó a los británicos gracias a las mentiras difundidas por Nigel Farage y su UKIP.

O qué decir de Trump gracias al trabajo de big data que le preparó Cambridge Analytica a través de Facebook.

Las audiencias sociales cada vez piden más y más polarización.

Se creen politizadas

Uno de los mejores ensayos de Finkelkraut es “La derrota del pensamiento”, escrito en 1987. Tres décadas después, su autor experimenta de manera literal la derrota del pensamiento.

@faustopretelin

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Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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