En una ocasión dirigí un programa piloto de televisión que no tuvo la suerte de salir al aire. Era una comedia que sucedía en la selva africana. Los extras -comparsas o figurantes- tenían que ser de raza negra. No sin dificultades conseguimos entre 20 y 30 mujeres y hombres de diferentes edades con las características raciales requeridas. Ninguno de ellos tenía experiencia para actuar. Fueron contratados porque, en última instancia, para ser extra no es necesario haber estudiado arte dramático. (Lo mismo ha sucedido con algunos actores y famosas actrices).

Los extras son para una película o para una historia televisiva lo que los acarreados para un mitin político: parte esencial del ambiente, participantes que con su presencia le dan verosimilitud al asunto. Con la diferencia que a los extras jamás se les ha dado de comer arroz con huevos podridos. Sé de un caso sucedido en un filme de bajo presupuesto en el que 150 extras atacaban una fortaleza donde eran repelidos a balazos por el protagonista y sus compañeros. Para ahorrar dinero, el productor tuvo la idea de usar balas de verdad.

Regreso a mi anécdota. Por lo general, cuando dirijo un programa donde se requieren extras me auxilio con un asistente que se encarga de marcarles su quehacer escénico al tiempo que yo me concentro en los actores. A menudo sucede que uno de los comparsas con ánimo de quedar bien conmigo -por ser el director, no por otra cosa- cual niño aplicado que se sabe la lección, me diga por ejemplo: Señor, entonces yo camino y luego saludo a la señora . Cuando esto sucede simulo estar de mal humor y en voz alta le expreso: A mí no me diga nada, cualquier duda diríjase al señor y señalo a mi asistente. Esto lo hago para darle su lugar y no menguar la autoridad de mi auxiliar y para que en lo sucesivo ningún figurante se atreva a distraerme con cuestiones inoportunas.

Sin embargo, en la producción a la que me refiero, en la que los extras eran de raza negra, actué de forma distinta.

Cualquier pregunta que éstos me hicieran, por obvia o irrelevante que fuera, yo la contestaba a cabalidad y de manera muy amable. Al terminar la jornada del primer día de trabajo, mi asistente me hizo ver mi desacostumbrada manera de proceder. Reflexioné y encontré la respuesta: Mi deferencia y gentileza en el trato se debía a que los figurantes eran de raza negra. Subconscientemente, con el fin de no ser percibido como racista, adopté una posición radicalmente opuesta a la habitual. Una especie de racismo al revés.

Esta anécdota tiene un símil con el trato que algunos comentaristas le están dando, por su condición de mujer, a Josefina Vázquez Mota. Para no parecer machistas se han convertido en sus defensores de oficio.

El periodista Álvaro Cueva, en su reciente columna dominical en Milenio, escribió: Más se tardó Josefina Vázquez Mota en convertirse en la precandidata del Partido Acción Nacional a la Presidencia de la República que sus peores enemigos en hacerla garras en Internet . (¿El sustantivo enemigos puede ir acompañado del adjetivo peores? ¿Existen los mejores enemigos?) Por otro lado, el hacerla garras en Internet sólo es una intención, no un hecho consumado. Intención a la que la precandidata panista y su equipo, del que Antonio Solá -especialista en guerra sucia- forma parte, seguramente ya implementaron un recurso para contrarrestarla.

El precitado columnista continúa: ¿Ya se puso usted a pensar en lo difícil que debió haber sido para esta señora llegar hasta donde llegó? Su vida debe ser un infierno . (No es para tanto. Vida infernal la de los tarahumaras, la de los partidarios de las Chivas Rayadas y la de Ernesto Cordero). Estamos hablando de México, país de machos. Del PAN, partido donde ser mujer es ser parte del viejerío -el mujerío dijo el clásico-. Y de una sociedad donde las primeras enemigas de las mujeres son las mismas mujeres . (Por defender a una de ellas se llevó a todo el género femenino nacional entre las patas de su crítica).

Quién

El señor Cueva, en su escrito, relata cómo la revista de sociales Quién publicó un reportaje con la familia de la candidata blanquiazul. En la portada apareció una fotografía de Josefina con su marido y dos de sus tres hijas. La ausencia, en la imagen familiar, de Celia María, tal es el nombre de la omitida, fue aprovechada por una mano amiga que -según la descripción de Álvaro- comenzó a hacer ruido en las redes sociales con un video donde, de la manera más obvia, barata y descarada del mundo, acusa a la señora Vázquez Mota de estar ocultando a esa muchacha que no salió en la foto... ¡por gorda! .

Busqué en Internet el mencionado video -www.youtube.com/watch?v=YOUnj-AX3RM-. En efecto, dotados de una dosis de malaleche y con el título de La hija incómoda de Josefina Vázquez Mota , los emisores de la pieza audiovisual preguntan a los potenciales receptores del mensaje: ¿Por qué no apareció en la portada de Quién la tercera hija de Josefina? A continuación muestran una composición fotográfica de las tres hermanas, muy parecidas entre sí, una de ellas más robusta que las otras. Tras informar que el día del reportaje de marras la hija descartada de la foto no estaba enferma ni en el extranjero, lanzan otros cuestionamientos: ¿Por qué Josefina Vázquez Mota excluye a su hija que tiene sobrepeso? ¿Por qué le da pena mostrar a su hija? ¿A qué madre de familia le da pena mostrar a sus hijos? Los malquerientes de la panista concluyen con la leyenda: Sólo a Josefina Vázquez Mota. (El acento en sólo es cortesía del transcriptor, o sea yo, que aprovecho el paréntesis para responder una de las interrogantes planteadas en el audiovisual de referencia: A la virtual candidata a la Presidencia de la República no le da pena mostrar a su hija. Simplemente, la corpulenta Celia María, no cupo en la composición fotográfica).

El video que aquí he resumido concluye con la promesa de la candidata panista: Y voy a defender a sus hijos y a sus nietos como he defendido también a mis hijas , de lo que se infiere que si la voluntad electoral la lleva a la Primera Magistratura sólo defenderá a 30% de la población mexicana. El otro 70% padece sobrepeso.

Bromas aparte -sello de esta columna-, vuelvo a citar al periodista de Milenio que con vehemencia escribió: Ahora resulta que la mujer que cambió la historia de las elecciones en México -no se adelante mi estimado, apenas estamos empezando- es algo así como una villana de telenovela básica a la que le da vergüenza mostrar a una de sus hijas (...) Aquí ya no estamos hablando de un asunto de color, estamos ante una campaña de desprestigio perfectamente bien orquestada . De acuerdo, como también están perfectamente bien orquestadas las campañas de descrédito en contra de los otros dos precandidatos: Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, campañas en cuya confección, le aseguro, no es ajena Josefina ni su beligerante equipo.

Este textoservidor reconoce objetivamente, sin distinción de su condición femenina, que la señora Vázquez Mota es una persona fuera de serie.

De no ser así, no estaría en la posición en la que se encuentra. Pero ese sitio implica entrar a una guerra donde el género no cuenta. Se trata de una lucha política a sangre y fuego. El hecho de que una mujer esté entre los combatientes no exime de bajezas y de ruindades a la batalla. Ella lo sabe, lo acepta y participa sabedora del dicho popular: Juego que tiene desquite ni quien se fije.

Victimizar a la candidata por los ataques de los que es objeto, me parece que es subestimarla. Defenderla, al considerarla vulnerable por ser mujer, es algo parecido a lo que me sucedió con los extras de raza negra. Es una manifestación de machismo al revés. Esto es lo que me atrevo a opinar.