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Opinión

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La primera fiesta de Vicente Guerrero

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Vicente Guerrero

Eran tiempos de esclavitud y silencio. Acababa de cumplirse la primera mitad del año 1782 y en la enorme provincia que algunos llamaban Zihuatlán —como los abuelos nahuas— y otros, Zacatula, precisamente en el pueblo de Tixtla, la familia Guerrero preparaba una gran fiesta. Sin embargo, los nombres de la región poco importaban porque todo el territorio, desde donde alcanzaba a verse, hacia arriba o hacia abajo, por la derecha o la izquierda, a lo largo y a lo ancho y hasta donde llegaba el mar, eran propiedad del rey de España y todavía nadie había gritado reclamando nada.

En el número 59 de la calle Arrabal, se celebraría un bautizo. Para festejar el inicio de la “vida verdadera”, como había dicho el cura, del pequeño Vicente, hijo menor de Juan Pedro Guerrero y su segunda esposa María Saldaña, que había nacido el 10 de agosto. La casa se vestiría de antojos y de fiesta, y todos los invitados, que eran muchos, celebrarían que el niño Vicente Ramón Guerrero Saldaña, recibiera, por gracia de Dios, el nombre que lo acompañaría toda la vida.

Los Guerrero, que estaban registrados en el censo de Tixtla como “españoles americanos”, tenían permiso del virrey para hacer negocios y no pagar ciertos impuestos; eran una de las familias más respetadas. Su fama los precedía: casi todos se dedicaban a la arriería y eran parte esencial para que los productos que llegaban desde la Nao de la China alcanzaran buen destino. Se afirmaba que solamente ellos podían atravesar los caminos inaccesibles de la zona, no temían a lodazales o barrancos, jamás su voluntad se había derretido con los calores y ninguno se había despeñado de un desfiladero. Todo ello, aunado a que sabían manejar recuas independientes y trabajar con los muleros de la región para nunca llegar tarde y jamás habían perdido un cargamento. Por ello, el nacimiento de Vicente, el más pequeño de los Guerrero, había sido causa de gran contento en casa y enorme felicidad para la Comandancia del Sur, pues todos estaban seguros de que aprendería rápido y su sangre nueva daría continuidad a aquel negocio que aseguraba la prosperidad mercantil del virreinato.

El bautizo fue largo, concurrido y se celebró con la adecuada pompa y circunstancia.  Durante mucho tiempo, los habitantes de Tixtla vivieron en santa paz. El niño Vicente, como se esperaba, aprendió rápido cuales serían sus deberes jugando a ser arriero con sus primos y los niños Bravo y desde su muy temprana juventud supo que, de junio a octubre, durante la temporada de lluvias, le iba a tocar transportar mercancías para los productores de la región —cargando maderas preciosas, algodón para mantas y ropajes, cuero para zapatos, seda y fruta— y que en enero y febrero recorrería largos caminos para atender la feria mercantil de Acapulco y quizá hasta negociar contratos para distribuir los productos que traía el galeón de Manila.

Todo estuvo tranquilo y en su sitio hasta que el mar y la tierra parecieron colapsarse. Por barco, llegaron las noticias sobre el secuestro de Fernando VII y la destitución del virrey. Por tierra las llamas del descontento, con sus gritos de libertad e independencia, comenzaron a incendiarlo todo. Vicente supo que una conspiración contra la Corona había sido descubierta, que la idea de tomar las armas para acabar con el mal gobierno había triunfado y simpatizó de inmediato con la causa. Se enteró que el ejército insurgente de Miguel Hidalgo iría a tomar el puerto de Acapulco y se olvidó de la feria mercantil, de las piedras brillantes y las sedas preciosas y quiso participar. Su padre, Juan Pedro Guerrero, se opuso rotundamente. Leal a la Corona española, incrédulo de que una revolución a cargo de curas excomulgados fuera a restablecer el buen gobierno detestaba la idea de que su hijo se convirtiera en militar. Le repugnaba la idea de que Vicente, junto con los jóvenes Bravo y los Galeana, vecinos de Chilpancingo, fuera a seguir los pasos de un grupo de sediciosos para convertirse en un criminal.

No hubo nada qué hacer. Enterados y chismosos juraron que cuando el cura Morelos reclutaba hombres habilitados a los rigores de la Tierra Caliente, para atacar el puerto de Acapulco, el indomable e intrépido Vicente Guerrero había bajado desde Tixtla para presentarse en el cuartel del Veladero. Y que había pedido que lo destinaran al cuerpo militar insurgente que por aquellos días comandaba el jefe Galeana. También dijeron que cuando Guerrero escuchó por primera vez a José María Morelos, creyó todas sus ideas y se dispuso a luchar con él por ganar la independencia, juró convencer a los descreídos y usar toda su fuerza y estrategia, prometiendo estar siempre al servicio de una nación que ambos formarían.

Ni el padre de Vicente, ni ninguno de los invitados a aquella fiesta de bautizo de hace 240 años, se imaginaron que, a la muerte de Morelos, el integrante más pequeño de la familia Guerrero, sería el caudillo más fuerte de la revolución insurgente y, eventualmente, acabaría convirtiéndose en el máximo gobernante de un país que no existía y nadie imaginaba.

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