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La neutralidad en Venezuela
“Fomentamos siempre, desde el principio, el diálogo y la solución pacífica de la crisis que experimenta Venezuela. No nos duelen prendas: no somos neutrales. No somos neutrales”, señaló con firmeza el presidente Tabaré Vázquez el pasado 1 de marzo en su rendición de cuentas en el Antel Arena.
Esto no es lo mismo que la cancillería uruguaya dice sobre la posición de Uruguay. Concretamente en el comunicado fechado el 30 de enero del 2019, en el que Uruguay y México invitan a la conferencia internacional sobre la situación en Venezuela, nuestro país se presenta con una “posición neutral frente a Venezuela”.
Más allá de la clara contradicción en el seno del ejecutivo sobre un tema tan sensible para nuestra política exterior, centrémonos en cómo una gran parte del mundo percibe hoy a la actitud de Uruguay frente a Venezuela: neutral ante las violaciones a los derechos humanos del régimen de Nicolás Maduro.
¿Acaso alguien se opondría a dialogar para solucionar un conflicto? ¿Quién se opondría a promover la paz en lugar de la violencia? En nuestros tiempos, estas opciones parecen incuestionables cuando se las presenta sin más preámbulos. Sin embargo, el sentido de estas preguntas cambia cuando se le incorporan variables que describan más detenidamente a la disputa en cuestión.
Ilustremos esto con un ejemplo básico: por un lado, un hombre adulto agrede a otro de su misma edad; por otro, un hombre adulto agrede a un niño. En los dos casos podemos hablar de un conflicto, pero fácilmente podemos percibir que el tipo de conflictividad en ambos casos es muy diferente. El nivel de un conflicto lo podemos entender mejor cuando tenemos más elementos para comprender el grado que lo puede describir. De aquí que una inmensa parte de la historia la escribieron los testigos.
La crisis en Venezuela y la forma en que el régimen de Maduro reprime a quienes se manifiestan contra su gobierno, ya está hoy sobre la mesa de la Corte Penal Internacional. Tarde o temprano, la cúpula que hoy integra este régimen tendrá que dar la cara ante ese tribunal con sede en La Haya.
Como jamás había pasado en la historia de esa Corte, estados parte del Estatuto de Roma pidieron abrir un procedimiento contra otro estado miembro. Esto fue lo que hicieron en septiembre del 2018 Canadá, Argentina, Chile, Colombia, Paraguay, Perú y Canadá.
Es imposible mirar para otro lado cuando hay tanta claridad y contundencia sobre la existencia de una crisis humanitaria en crecimiento.
No debemos olvidar que la neutralidad política en contextos de clara violación a los derechos humanos esconde una comodidad políticamente cruel: si nada pasa, y todo sigue igual, seguirán pidiendo diálogo (mientras miles seguirán muriendo en manos de la violencia del régimen y el fracaso de sus políticas); si algo pasa y la violencia extranjera se intensifica, declararán victoria con una nota que en resumen dirá “yo les dije, era mejor dialogar”. Ambos escenarios contienen violencia.
En cambio, cuando los neutrales se atreven a denunciar a un régimen, no sólo le estarán haciendo perder un aliado “pragmático” y sumando mayor presión para que desista continuar reprimiendo al pueblo. También estarán salvando su propia historia. Pensemos en qué lugar de la historia queremos estar.