A todos les ha sucedido alguna vez: todos hemos perdido momentos por esperar lo que viene o por lamentar lo que fue, pero quizá no nos habíamos percatado de que esta actitud, típicamente adolescente, también se aplica al colectivo. No sólo eso: ahí hay vivales que sacan ventaja de ello, que piden dejar de ver la mesa vacía y voltear hacia la tierra prometida. Ojo: la que ellos traerán, no la que uno puede construir.

Esa y no otra es la razón por la que el cierre del año llega con altos niveles de aprobación para el Presidente al que le han tocado más muertos que a ningún otro desde que la revolución arrancó las vidas de millones de mexicanos a principios del siglo 20. 

No me malinterpreten. Los muertos de este año no los tiene directamente en su conciencia el actual mandatario, pero libre de culpa tampoco está su administración. Las víctimas de asesinatos y los enfermos claramente no vivieron en un país con un autoridades eficientes en materia de seguridad ni en el ámbito de la salud. 

Hace mucho que un Presidente no enfrentaba desafíos como los que le tocaron a Andrés Manuel López Obrador, y también hace mucho que un gobierno federal no mostraba tales niveles de ineptitud en sus tareas esenciales. Sin embargo, López Obrador va bien, pero no sólo eso: es querido. ¿Por qué pasa eso? Tengo dos hipótesis. La primera es por el pescado que regala. La segunda es por la promesa que entrega. 

Empecemos por el pescado. Hace tiempo que un gobernante no mostraba tal inclinación por hacer de la caridad una virtud pública y eso tiene su lado ganador. En un país en donde la mayoría de la población tiene carencias, tiene enormes dividendos entregar mojarras a quienes no pueden pescar o no saben hacerlo. 

Y un pescado, claramente, quita el hambre, aunque no saque de la pobreza a nadie. Y si además del pescado se entrega una promesa, tenemos el combo completo para el aplauso. Aguanta el hambre, querido mexicano, ten esta mojarra pequeña, esta que no alcanza a nutrirte, pero todos sabemos que algo es algo y después vendrá la felicidad. Antes te desfalcaban, hoy no tienes resuelto tu problema, pero mañana, ah mañana… mañana todo será distinto. ¿Qué cuando llegará mañana? Pues mañana. Mañana si nadie nos lo impide. No dejes que nos lo impidan. Defiéndenos, mexicano, aunque no tengas nada, sólo por esta mojarra, pero sobre todo, por esta promesa. 

Nos piden que anhelemos futuro. Que no veamos que el hambre sigue ahí, que no veamos que aumenta, que no veamos que se pierden trabajos, que no veamos que faltan medicinas, que no veamos que los hospitales se cuartean, que no veamos que las escuelas no sirven, que no hay aeropuerto, que nadie vende un avión, que no hay canallas castigados, que hay menos ingresos, que los mexicanos mueren, que los poderosos siguen siendo poderosos. Nada de eso es significativo ante la promesa de un futuro que llegará en algún momento con la sola condición de creer en él. No es preciso poner ningún ladrillo, lo único que hay que hacer es confiar y esperar a que ese futuro se manifieste. Si no ha llegado es por falta de fe, por las críticas y porque los adversarios se esconden en las sombras para poner el pie. 

Ah pero llegará, llegará. Y es fácil creerlo. O es tranquilizador creerlo, porque el hoy está del carajo pero la mojarrita está buena y las promesas están mejores. 

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.

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