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Opinión

Lectura 4:00 min

La ignorancia, el asesino sutil

No es raro que mi hijo pequeño se enferme levemente cuando salimos de vacaciones. De hecho son las únicas ocasiones en que se enferma. Creo que el día más laboral en que le hemos hablando a la pediatra para intercambiarle síntomas por sus sabias instrucciones fue un viernes en la tarde hace un par de años.

Así las cosas, el pasado sábado estábamos en unas cabañitas cercanas a la carretera México-Puebla, disponiéndonos a pescar algunas truchas, cuando hubo que hacer una llamada de emergencia.

Tras el diagnóstico, había que encontrar una farmacia que tuviera las medicinas. Fuimos a una población cercana en la que había varios establecimientos con más dulces que medicinas y una farmacia propiamente dicha.

Cuando entré al establecimiento, una pareja con una niña, casi una bebé, en brazos estaba comprando medicinas. Tenían su receta y hacían preguntas al dependiente.

- ¿Tiene Bactrim?

- Sí -dijo él después de buscar por los estantes.

- ¿Y ésta qué hace?

- Es como esta otra –dijo el presunto farmacéutico tocando con cierto desdén la cajita del Mucosolvan que ya estaba ante el trío-. Ayuda a limpiar los pulmones.

- ¿Y cuánto cuesta?

- Treinta y cinco pesos.

La pareja contó, seguro por enésima vez, el dinero que tenía sobre el mostrador.

- Mejor ese no nos lo dé. Le pagamos lo demás.

Cuando el otro se disponía a hacer la cuenta, comprenderán ustedes, tuve que intervenir. Pedí disculpas (quizá lo que tenía que decir y ofrecer resultaría ofensivo), así que les expliqué brevemente a todos que la única verdadera medicina que estaba en la receta era el Bactrim, el antibiótico, el que mataría a los bichos que estaba enfermando a la niña. Les dije que lo demás ayudaría a expulsar flemas y a bajar la fiebre, cosas, sobre todo esta última, importantes también, pero no tan fundamentales como el Bactrim, mismo que me ofrecí, si me lo permitían, pagar.

No es que sepa mucho de medicinas, pero soy biólogo de formación y padre desde hace once años, lo que significa que les he dado Bactrim a mis hijos sin saber exactamente de que sustancias está compuesto y si la dosis que les doy es la óptima, pero muy consciente, eso sí, de que Alexander Fleming descubrió la penicilina después de observar que en los cultivos de ciertos mohos no crecían bacterias.

Sí, la mía es una posición privilegiada, pero lo que quiero resaltar aquí es que esa posición es mucho, muchísimo más privilegiada por saber de Fleming y sus mohos que por tener 35 pesos de sobra para regalarles a unos extraños.

Infinitamente más. De no haber estado yo presente, un poco, un poquitito de cultura general de parte de la pareja o la más mínima preparación del farmacéutico (que luego supe no era tal sino que estaba cubriendo a una amiga lo que ante mis ojos no le quita el papel de asesino imprudencial en potencia), los hubiera hecho dejar el Mucosolvan y llevarse el Bactrim, cuyos precios eran similares. Total, que la niña tenga mocos y flemas y no duerma bien un par de noches no es nada comparado con la neumonía en la que puede complicarse toda infección bacteriana de las vías respiratorias mal cuidada.

Los padres de la niña (por no hablar del irresponsable que atendía), sabían sumar, restar y leer con fluidez nombres raros de medicinas. No me cabe duda de que al menos fueron a la primaria, pero ¿qué demonios les enseñaron ahí? ¿El sujeto y el predicado? ¿El complemento directo?

¿Cuándo entenderemos que la enfermedad más grave, por mucho, que se padece en este país es la ignorancia?

No sé decirles cómo está la niña, pero mi hijo está bien. Gracias. Pescó dos truchas y sabe qué es el sistema inmune y más o menos cómo funciona.

Les mando saludos, es decir, les deseo salud... pero también cultura general.

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