Pocas situaciones más incómodas que presenciar el berrinche de un niño y la incapacidad de unos padres de controlarlo. La pena ajena se mezcla con cierta solidaridad con los progenitores, quizá inexpertos, que deberán aprender a disciplinar a su criatura. Pero cuando la escena se repite con el niño convertido en adolescente rebelde e incluso violento, la empatía original hacia los padres se vuelve reprobación ante la evidente incompetencia para poner límites al vástago.

La reflexión viene a la mente cada vez que uno recorre las noticias y descubre ciudadanos eternamente adolescentes chantajeando a unas autoridades temerosas de ejercer su papel.

Basta ver a los maestros disidentes de Oaxaca que impidieron el levantamiento del censo educativo a cargo del Inegi y que han bloqueado sistemáticamente la reforma educativa. A pesar de haber quedado deliberadamente fuera de la nómina, resulta que sí van a recibir pago gracias a la negociación paralela que han llevado en Gobernación.

O el caso de los trabajadores de la extinta Luz y Fuerza del Centro, que rechazaron la liquidación a la que tenían derecho y las alternativas de empleo que se les dieron. No obstante ello, ahora parece que van a ser reubicados por un acuerdo con la propia autoridad.

Y los pseudomaestros de la CETEG que se dedican a vandalizar oficinas de gobierno, instalaciones del INE, agredir a particulares y hasta atacar un plantel militar, sin consecuencia alguna.

Ejemplos sobran a nivel federal y local. Desde luego, las causas del descontento pueden ser válidas y atendibles, pero en un régimen democrático las vías para el reclamo deben ser institucionales y, en todo caso, pacíficas. Negociar la aplicación de la ley o, peor aún, dar carta blanca al vandalismo no apaciguará los ánimos, sino todo lo contrario.

Tomar al otro en serio no significa que siempre debas darle la razón en lo que reclama o en lo que hace , dice Savater a su hijo Amador. Lo mismo aplica para estos ciudadanos que insisten en hacer valer sus derechos a costa de los derechos de los demás. La recomendación para padres y autoridades es poner límites.

Y no es broma. Cómo aspirar a una sociedad de adultos responsables, sujetos de derechos y obligaciones, si la autoridad insiste en tratarlos como adolescentes rebeldes. El mensaje para el resto de la población es terrible.

vortiz@eleconomista.com.mx