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La docena sucia o cómo sobrerreaccionar a los pesticidas
Cada año, la organización no gubernamental Environmental Working Group publica una lista llamada The Dirty Dozen (La docena sucia) en donde se enlistan las 12 frutas y verduras más contaminadas por residuos pesticidas.
Es una realidad que el acceso a alimentos frescos, entre ellos los productos de la tierra, es inequitativa alrededor de todo el mundo. Esto no sólo depende de los recursos naturales de un país, sino también de la distribución de la riqueza y de la forma en la que se rige el mercado. De esta forma, parecería que el acceso a alimentos supuestamente más inocuos o menos contaminados por pesticidas, en el caso de frutas y verduras, es un bien que sólo está reservado para aquellos que pueden costear el precio de los alimentos orgánicos. Al menos en México, ésta no es la realidad de la mayoría de la población.
Lo que sucede con las listas del tipo de La docena sucia es que, lejos de ocasionar un bien manteniendo a la población alerta sobre evitar el consumo de ciertos alimentos, crea un sentimiento de impotencia e insatisfacción. Históricamente, la concepción de las frutas y verduras como la apuesta segura cuando se habla de alimentación sana es un concepto reciente, puesto que en otras épocas estos alimentos estaban asociados a otras cuestiones como a un menor estatus social, o a un papel secundario en la composición de la dieta. Hoy, una de las cuestiones en la que la mayoría de científicos estudiosos de la composición de la dieta se ponen de acuerdo es en la necesidad de incluir el consumo de frutas y verduras dentro de una dieta saludable que ayuda a prevenir no solamente enfermedades crónico-degenerativas, sino padecimientos gastrointestinales y de diversas índoles.
Existen muchas recomendaciones nutricionales que resultan contradictorias, o que se emiten en función a un efecto específico sobre determinada función del cuerpo. Sin embargo, hasta ahora una de las recomendaciones más conocidas (que no practicadas) por la mayoría de la población es el consumo de frutas y verduras. Por eso, varios científicos e instancias de salud pública en Estados Unidos salieron a declarar sobre lo alarmante y contraproducente que es alertar a la población en general en este sentido. Sobre todo cuando se habla de que, según estadísticas de consumo, la mayoría de estadounidenses tiene un consumo mucho más bajo de lo aconsejado en cuestión de frutas y verduras. Además, el cuerpo de datos científicos sobre los que se basan para determinar si unas fresas o unas espinacas son las que pudieran tener más residuos de pesticidas es complejo, difícil de interpretar y determinar. Se agrega una complejidad mayor cuando incluso algunos científicos determinan que es mayor el beneficio que el daño que se obtendría consumiendo estos alimentos, aunque tuvieran trazas de ciertos pesticidas. Se ha observado que en cierto sector de la población, esta lista sí influye en sus consumos de frutas y verduras.
Una de las concepciones de la alimentación más generalizada hoy en día es ese sentimiento de impotencia al creer que todo lo que comemos conlleva potencialmente un daño. La publicación de este tipo de listas es un ejemplo más de cómo esta tendencia acentúa las grandes diferencias en cuanto al acceso a alimentos y la forma en que se emiten mensajes de salud pública.

