Los juegos olímpicos de invierno de PyeongChang y las hazañas de los atletas olímpicos nos recuerdan la cultura de “superarse a uno mismo”, que es una característica de la concepción del deporte y la actividad física en tiempos contemporáneos.

La vida de los atletas de alto rendimiento es extraordinaria en muchos sentidos: con una disciplina a prueba de tentaciones, los hábitos de alimentación, descanso, entrenamiento y recuperación física están centrados en el objetivo de autosuperar sus propias marcas para poder ser los mejores del mundo en el deporte que practican.

Los especialistas en los planes nutricionales de los atletas saben que, incluso, el momento del entrenamiento en el cual se encuentran es crucial para determinar qué alimentos van a consumirse según las necesidades para “dar potencia” o para iniciar la recuperación de un esfuerzo físico intensivo. Una gran mayoría de los atletas olímpicos no conoce otro estilo de vida y estas disciplinas forman parte de su cotidianeidad, puesto que fueron captados en edades tempranas para la preparación de alto rendimiento. Incluso, en muchas disciplinas el pico de rendimiento atlético se alcanza antes de que estos atletas cumplan siquiera la mayoría de edad.

Pero, ¿qué es lo que existe detrás de todo esto? ¿Será que siempre hemos aplaudido el esfuerzo de superar los propios límites y alcanzar marcas de velocidad, fuerza o resistencia?

Muchos especialistas de las ciencias sociales se han dedicado a estudiar estos fenómenos desde el punto de vista de lo social. ¿Por qué los atletas olímpicos nos representan héroes? Sin duda, el elemento que reconoce la disciplina y preparación para llegar a ese momento influye en el reconocimiento que se les da. Pero esas alabanzas podrían resultar en detrimento de los deportistas, cuando muchos de ellos no pueden manejar el estilo de vida que cambia radicalmente con el retiro de los circuitos de alto rendimiento que, en muchas ocasiones, se da a edades muy tempranas. Los hábitos de alimentación, que alguna vez eran lo que necesitaban para poder alcanzar su potencial, se vuelven en detrimento de ellos, en muchos casos, incluso ocasionándoles padecimientos y trastornos de la conducta. A este hecho se suma que el héroe alabado luego es denostado por caer en desgracia, abusar de la comida o de los analgésicos para aguantar los dolores físicos, consecuencia del desgaste y sobrecarga de la vida deportiva.

Dice la historiadora Isabelle Queval, analista de los procesos ideológicos alrededor de la actividad física y el deporte a través de los tiempos, que en la época contemporánea es cuando más que nunca se aplaude el esfuerzo físico individual para traspasar los propios límites, cueste lo que cueste y aun a costa del bienestar físico, en un afán de perfeccionamiento constante, al contrario de otras épocas donde la cuestión del perfeccionamiento no era un tema, como en la Grecia antigua, donde todo lo natural era considerado perfecto, incluido el cuerpo humano. En la vida cotidiana este esfuerzo de perfección se traduce en muchas ocasiones en las búsquedas incesantes de un tipo de cuerpo que nunca será suficientemente perfecto a través de medios y estilos de vida que pongan en riesgo la salud de las personas, como una dieta rigurosa o una actividad física inadecuada.

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