Todos hemos experimentado alguna vez el pensamiento catastrófico y debo señalar que es una muy desagradable experiencia. Se trata de momentos especialmente difíciles, en donde nos parece que todo está irremediablemente mal y en donde estamos seguros de que las consecuencias de estos desagradables eventos, serán aún más espantosas de lo que podemos imaginar. 

Es el momento cuando experimentamos que todo va “de mal en peor” y que —como diría Murphy y sus leyes– si algo puede empeorar…seguro empeorará.

Lo más catastrófico de este tipo de pensamientos es que, creo, muchos mexicanos los estamos teniendo y que por momentos creemos que los eventos desafortunados que vivimos son inevitables, absolutos, irresolubles, fatales y que por lo tanto ni siquiera vale la pena buscar soluciones o salidas. Todo está perdido, esa es la sensación.

No, no padezco de idiocia sonriente, ni creo que en el 2020 o en el 2021 estemos en el valle del verde jengibre ¡que va! las cosas en el mundo y decididamente en México, hay que reconocerlo, casi todo está de la tostada, no lo puedo negar. Por lo que ahí les va una serie de desastres que me permiten documentar mi pesimismo:

  • El Covid, digan lo que digan, no esta controlado, ni los indicadores van a la baja. Tienen un año diciéndolo y los contagios y las muertes son aún muy altas.
  • Desde luego, es inexistente y desarticulada la estrategia de gestión del Covid.
  • La campaña de vacunación contra el Covid se ha hecho con pura improvisación y con biológicos insuficientes, con falta de planeación y una gran incapacidad para la distribución y aplicación de las vacunas contra el virus.
  • Faltan medicamentos de todo tipo, ya no se hacen campañas de vacunación (polio, tuberculosis, tétano, sarampión, etc.) por falta de ¡vacunas!, fracasó el INSABI en la atención a la población más vulnerable, tenemos falta de personal médico capacitado y/o desgastado y mal protegido, además del desmantelamiento del sistema de compra y distribución de medicamentos. 
  • La situación económica es pésima. Empresas golpeadas, negocios cerrados, desempleo, 10 millones más de pobres, una caída del PIB del 9%, crecimiento de la economía informal, y, muy importante: existe una gran falta de confianza de los capitales privados nacionales o extranjeros para invertir en nuestro país.
  • Vivimos en la inseguridad, es aún mayor que antes del 2018, donde la cosa ya iba mal. Hemos visto el aumento de homicidios dolosos y feminicidios, también de secuestros y el narco al no ser combatido con abrazos y no balazos, se ha despachado con la cuchara grande. Tortura, desapariciones, fosas comunes, migrantes asesinados, entre otros horrores. Y todo esto en medio de la más grande militarización del país, desde hace décadas. ¡Uf!

No quiero seguir agobiándome y preocupándolos, todo lo que enumeré antes es terrible, pero hay más, ahora también apagones, escasez de gas, resucitación del uso de energías sucias como el carbón y el combustóleo para medio remediar la crisis eléctrica de estos últimos días.

Y la cereza del pastel: una reforma eléctrica que dañará más la maltrecha economía nacional, que seguramente violará tratados internacionales y dará como resultado tarifas más altas para todos y perdidas millonarias para México. Eso sí, no se le tocará “una coma” a la iniciativa preferente presidencial y pronto estará aprobada sin más ni menos.

Sí, todo catastrófico.

Pero…con todo y lo lastimada que se encuentra nuestra democracia, no nos debemos rendir, todavía podemos levantar la voz y combatir con razones, valentía, datos y decisiones firmes lo que no creemos que sea bueno para México ni para los mexicanos.

No seamos cómplices de la catástrofe, no la hagamos crecer. El 2021 es y será un año decisivo para los que pensamos que las cosas pueden cambiar. Como dijo Fito Páez: ¿Quién dijo que todo está perdido?

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.

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