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La bomba que nos acecha

"Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos."
Robert Oppenheimer sobre la explosión de la prueba atómica en el desierto de Nuevo México, 16 de julio de 1945.
Además de ser objetivo uno de los actos más violentos de la historia de la humanidad, Hiroshima y Nagazaki son ejemplo y resultado de la doble moral que marcó el siglo XX y que en buena medida sigue definiéndonos.
La historia es más sofisticada de lo que parece: si bien es innegable que existieron otros factores y eventos, como el odio que motivó el genocidio de más de 10 millones de personas por parte de los nazis, las columnas de humo que arrasaron esas tierras japonesas, marcaron el inicio de la Guerra fría y el reacomodo internacional que situó a los Estados Unidos y a la U.R.S.S. -siempre en pugna y con la necesidad de derramar su ideología-, a la cabeza de las grandes potencias, claro, antes de que cayera el comunismo y la fuerza comercial de China llegara para modificar todas las predicciones.
Al igual que la mayoría de las personas que vieron la película “Oppenheimer” de Christopher Nolan, he reflexionado sobre el impacto de la bomba. El problema es que nunca podré aproximarme lo suficiente, ni entender el sufrimiento de las víctimas de esa desgracia. No cuento con las herramientas necesarias para empatizar con un trauma de esa magnitud y jamás lograré dimensionar el dolor de los testigos de la explosión y la desolación y la muerte que llegaron con ella. Tampoco seré capaz de comprender las implicaciones emocionales y la culpa de los que sobrevivieron, a pesar de padecer las secuelas de la radiación por el resto de sus días.
Como los conocedores de las contradicciones de la naturaleza humana, Nolan estructura su narrativa a partir del interior de sus protagonistas. Así, el director nos abre a la sensibilidad infantil y a la rebeldía juvenil de J. R. Oppenheimer (Nueva York, 1904 - Princeton, 1967), sin dejar de registrar su paso por las más notables universidades de Inglaterra y de la Alemania de entre guerras, sus iluminadas entrevistas con Albert Einstein, lo mismo que el “Proyecto Manhattan” y el dilema que tortura al investigador cuando comprende el peligro de su prodigioso invento.
Quizá por eso nos parece lógico que, tras las presiones de varios integrantes de su equipo, el científico le pida al presidente Truman reconsiderar el uso de la bomba y que éste casi lo corra del salón Oval ante la cerrazón que le impide entender que para lograr la paz, se debía escarmentar al enemigo con “el sacrificio de unos pocos miles de civiles japoneses”.
El saldo de las bombas Little boy y Fat man, ascendió a más de 150,000 muertos y una cantidad similar de heridos, muchos quemados por los rayos térmicos producidos por la explosión. Con estos desgarradores datos, Hiroshima, Nagazaki y los civiles ahí masacrados, pasaron a la historia como víctimas de una política internacional desleal y poco comprometida con el valor de la vida humana.
Sin dilemas, paradojas, ni división en las opiniones de dirigentes que se debaten entre sacrificar o no, a cientos de miles de civiles con el beneficio de poner fin a una guerra, en México los muertos y desaparecidos sobrepasan los números del evento que marcó el fin de la Segunda Guerra Mundial. Lo triste es que sus muertes no tienen ningún fin superior, ni razón de ser. Lo que nos desanima es la falta de su reconocimiento, que los crímenes sucedan todos los días y en todas partes, presentándose en distintas modalidades ante la impunidad de los perpetradores y la pasividad e ineficiencia de las autoridades.
Es triste que todo lo reprobable nos recuerde lo que vivimos hoy. Ojalá hubiera un atisbo de responsabilidad y la voluntad para acabar con tanta violencia. Sólo así se empezará a cambiar.

