En estos tiempos en que a diario escuchamos sermones, quiero compartir con ustedes un sermón dicho por el venerable Sariputta, discípulo de Buda, sobre el dolor y el sufrimiento humano: “Nacer es sufrir, envejecer es sufrir, morir es sufrir, no conseguir lo que se anhela es sufrimiento” y sigue: “El deseo que conlleva goce y pasión es finalmente la raíz del sufrimiento”. Cuánta sabiduría en estas palabras y cuán lejos de mi humanidad están. Los budistas dicen que es tan arrolladora la fuerza del deseo que incluso desear no desear impidió la iluminación de Buda por mucho tiempo. Pero, a pesar de lo dicho y de lo que aconseja la razón, los humanos somos una maquinaria diseñada para desear y nos resulta casi imposible dejarnos llevar y aceptar la vida como viene y nada más. Curiosamente, las definiciones psicológicas de la inteligencia se parecen bastante al pensamiento budista. Ahí les va.

Muchos colegas y estudiosos de la mente están de acuerdo con que una de las características de la inteligencia es la adaptabilidad. Esto es, las personas con mayor capacidad son las que comprenden rápidamente los cambios de su entorno (el cambio en lo único permanente, para seguir con Buda) y son capaces de solucionar problemas en su contexto, por adverso que este sea. 

Se dice fácil, pero esa resiliencia y entereza demandan una gran madurez intelectual y emocional. Hoy el Covid-19 y las difíciles condiciones económicas, sociales y políticas de nuestro entorno demandan de nosotros esa clase de reciedumbre. 

¡Que más deseáramos!, que hubiera una cura para el coronavirus, que la vacuna se estuviera ya distribuyendo, que los apoyos hubieran llegado a tiempo y no quebraran tantas empresas, que el PIB de este año no cayera tan estrepitosamente, que se respetara la ley, que no aumentara la inseguridad…y desde luego, que nuestros niños pudieran recibir sus clases en la escuela. Ah, pero la cochina realidad se impone y por el momento nada de esto sucederá. O sea, tenemos que lidiar con lo que hay. No tenemos por el momento de otra.

A mi en lo personal, como mamá y psicóloga, no me encantan las clases a distancia. Los niños necesitan adultos a su lado, pero también necesitan de otros niños y de sus maestros, de la escuela.  Además, los papás están ya muy cansados de trabajar baja mucha presión, llevar la casa y por si faltara algo apoyar en los estudios a sus hijos, todo esto lo entiendo perfectamente. Pero… creo firmemente que, dadas las condiciones de la epidemia en nuestro país, la medida responsable y difícil de implementar de las clases por tele o internet debemos de celebrarla, y valorar que se haga este gran esfuerzo por la salud de nuestros niños. Si, ya sé: hay muchos problemas por resolver, muchos niños no tienen tableta o computadora, no hay televisores suficientes en casa, no se logrará la mejor calidad en la educación que todos queremos para nuestros hijos, seguramente no se conseguirá bajo este esquema el aprendizaje perfecto, ni siquiera el modesto aprovechamiento que teníamos antes de la catástrofe, así es. Pero como me decía un amigo: es lo que hay. 

¿Acaso alguien tiene una solución mejor? ¿Qué hacer cuando en estas terribles circunstancias el presidente de la república decide recortar el 75% del presupuesto de todas las dependencias, incluida la SEP? ¿Suspender el año escolar? ¿Exponer a los niños asistiendo presencialmente a las escuelas? A Esteban Moctezuma y a todo su equipo les ha tocado bailar esta danza macabra con la mas fea. Y con el cubrebocas bien fajado, ahí van. 

El desafío que hoy tenemos los mexicanos es adaptarnos a lo inevitable, sobrevivir, aceptar el reto, no desear lo que no podemos tener y al mismo tiempo no perder las agallas para luchar por lo que si podemos evitar o cambiar. Dignidad y valentía, aceptación y coraje, creo que así se llaman estos valores, budistas o no, que hoy necesitamos.

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.