Así se llama la tercera entrega de mi novela favorita, la trilogía de Los gozos y las sombras, del gallego Gonzalo Torrente Ballester. La trama es larga, pero resulta que uno de los personajes principales, doña Mariana Sarmiento, muere en la Pascua de Resurrección, en su suntuosa casa en un pueblo ficticio en Galicia, Pueblanueva del Conde, en tiempos de la III República española, antes de 1936. Lo singular del personaje de doña Mariana no era sólo el hecho de que una mujer —que se había atrevido a ser madre soltera a fines del siglo XIX— ejerciera el poder por ser la última descendiente de una aristocrática familia que por siglos había dominado la región, ni que fuera la dueña de una flota de barcos pesqueros que daba de comer a la mitad del pueblo, sino que se rehusaba en redondo a que el ejercicio del poder local pasara al adinerado hijo de unos simples burgueses que quería instaurar la modernidad en el pueblo. Doña Mariana era odiada por una buena parte del pueblo y respetada por otra. Amada sería mucho decir, aunque los tres parientes que aún le quedaban cerca la veneraban porque en ella veían la grandeza de tiempos idos.

Otra singularidad del personaje es que en su casa no había la luz eléctrica; a pesar de ser una casa con todas las comodidades, doña Mariana prefería la luz de las velas, porque su juventud, el mundo entrañable que había pasado de largo, no dependía de la electricidad y el no utilizar la luz eléctrica le parecía absolutamente necesario para reforzar su estatus. En cambio, era dueña de uno de los coches más modernos de la época y un gramófono de cuerda. Además, apoyaba la sindicación de los pescadores sólo por fastidiar a su joven rival, Cayetano Salgado. La total ambivalencia frente a la modernidad.

Doña Mariana dispuso del destino de sus herederos, todos parientes lejanos —al hijo lo desheredó porque le parecía demasiado apegado a los convencionalismos—, mediante un testamento demencial que respondía a la percepción de la realidad de una señora aferrada a la tradición o lo que quedaba de ella. Más que nada, doña Mariana buscaba que su voluntad fuese respetada por la eternidad. En cuanto murió, su heredera instaló luz eléctrica y toda clase de comodidades modernas en una casa que apenas ocupó un año, el tiempo preciso para llevarse la herencia y poder dedicarse al canto. El personaje de doña Mariana me parece paradigmático porque nos presenta la tensión entre modernidad y tradición, entre una visión corporativa de dominio político, económico y social, frente a un liberalismo económico ejercido por su rival. Para doña Mariana, la servidumbre feudal no había fenecido.

La lucha de doña Mariana por mantener a su clan —los Churruchaos, esos sí completamente históricos y documentados en Galicia desde el siglo X— termina con su muerte por haberse empapado. Uno de los barcos pesqueros de doña Mariana naufragaba por una tormenta feroz y el único remolcador disponible era el de Cayetano Salgado. Las esposas de los pescadores le piden a doña Mariana que hiciera algo, pero la condición era que ella le pidiera personalmente a Cayetano que prestara el remolcador. Doña Mariana, envalentonada, a pie, bajo una lluvia torrencial y a la cabeza de una manifestación popular, le pide a Salgado rescatar a los pescadores. Salgado no sólo presta, sino que pilotea personalmente el remolcador, mientras que doña Mariana pesca una pulmonía fulminante que termina matándola en Pascua, lo que, en términos de la percepción del pueblo, constituye un antes y un después que no podría ser obviado en el futuro.

El fin de doña Mariana constituyó una liberación muy tardía del feudalismo, y aunque se trata de una novela, Torrente Ballester se apoyó en hechos reales para narrar las relaciones de poder en un microcosmos situado históricamente justo antes de que estallara la Guerra Civil Española.

¿Por qué viene todo esto a colación? No estoy planteándome un escenario de guerra intestina, pero sí estoy viendo el ocaso del sistema político mexicano posrevolucionario y creo que puede morir como doña Mariana, de una pulmonía política provocada por un acto irreflexivo.

Llevamos 30 años de reformas electorales, pero a la construcción del entramado legal no corresponde un proceso de maduración ciudadana. El caso de las falsificaciones de credenciales y otros delitos en la búsqueda de apoyos por parte de los independientes nos lleva a 1988 y más atrás.

Me parece que este galimatías electoral que acaba de empezar va por camino sinuoso en tanto hay un interés por parte de todos los involucrados de llegar a la mata, sin importar mucho las transgresiones a las reglas. Pasamos del robo de urnas al robo de identidad sin que la legislación sea eficaz para impedir la comisión del delito ni para sancionarla en caso de necesidad.

Como doña Mariana, el sistema parece empeñado en mantener hasta las últimas consecuencias el statu quo. La lucha por el segundo lugar parece demostrar que no hay límites en el juego sucio.

Pero hay otro elemento. A pesar de la desesperación, desesperanza y desilusión, no parece que la ciudadanía madure. Los memes, videos y mensajes en las redes sociales revelan el mal humor social y los partidarismos irredentos. Las críticas son demoledoras y los argumentos a favor o en contra de uno u otro candidato parecen, en primera instancia, sólidos. El problema es que, en una segunda mirada, no resisten la crítica. Y lo mismo está pasando con los spots oficiales. Cualquier cosa que digan los tres principales candidatos presidenciales va ser criticado o alabado, pero estamos en medio de una lucha de imágenes, propuestas y actos de campañas, aunque esto no significa un ejercicio democrático en sí. Como está planteado el proceso electoral, no sabemos cuál será el resultado de los comicios.

O al menos no va por el mejor camino para garantizar un desarrollo democrático de la ciudadanía y justamente porque la ciudadanía así lo quiere. La reversa es cambio.

La boleta electoral tendrá cuatro candidatos. Las mediciones demoscópicas hasta la fecha señalan que Andrés Manuel López Obrador es el puntero. Incluso resultan enternecedores los esfuerzos por colocar a José Antonio Meade en el segundo lugar electoral y pese a todo, la campaña anti-Anaya no ha surtido el efecto esperado, pues no parece haber subido la intención de voto en favor de Meade. Salvo que acontezca un hecho imponderable que haga mella en la candidatura de AMLO, lo más seguro es que éste sea el ganador del 1 de julio. Quizá no por mucho y si sumáramos los eventuales votos a favor de Meade y de Anaya, nos daríamos cuenta de que López Obrador habría ganado con una minoría.

Apenas empezó oficialmente la campaña el 31 de marzo, pero la sensación es que empezó desde noviembre pasado. Las precampañas y el periodo intercampañas han sido interminables y afortunadamente estamos a menos de 90 días de saber quién ganó y cuál será el rumbo del país.

A diferencia de otras elecciones presidenciales, en esta ocasión, la salida ha sido tropezada para los contendientes. De ello dan cuenta los primeros spots promocionales de campaña. Habrá que ver su impacto.