Permanece con un líder cuando esté en lo correcto, pero déjalo cuando ya no lo esté.

 Abraham Lincoln

El aumento en las tensiones en diversos ámbitos de interacción social en todo el país afecta a cada vez más personas, más familias, más poblados y prácticamente a todos los sectores de la sociedad con espirales de violencia que se traducen en asesinatos, secuestros, desplazamientos forzados y polarización.

Parece ignorarse que todos tenemos derecho a una vida libre de violencia. 

El ambiente de polarización prevaleciente ha transformado a las personas en agentes que contribuyen, desde sus respectivos espacios de influencia, a fortalecer la práctica del abordaje destructivo de los conflictos. Ello se debe, en mucho, a las posiciones radicales, el egocentrismo y la agresividad que forman parte del quehacer cotidiano del inquilino de Palacio Nacional.

Por un lado, el Presidente ha declarado que la delincuencia organizada "se portó muy bien" durante la reciente jornada electoral, misma que hace caso omiso a su petición de "que no se hagan daño", pues afirmó que no se resuelve nada con enfrentamientos. Por otro lado, descalifica y denosta de manera generalizada a la clase media por no haber votado por su partido y a quienes protestan y plantean legítimos reclamos, los trata como si fuesen disidentes o golpistas. 

Esas acciones, que no las únicas, revelan una grave y creciente ausencia de liderazgo nacional y revelan como se diluyen importantes obligaciones del gobierno: proteger la vida, la seguridad, la salud y los bienes de las personas de todos los mexicanos. 

Para un líder, en cualquier nivel de responsabilidad, desde la familia, la escuela, la comunidad, el sindicato, el municipio y el gobierno, entre otras organizaciones, una de las tareas primordiales y más difíciles es la resolución de los conflictos que pongan en riesgo la armonía, la cordialidad y la sobrevivencia del tejido social de que se trate. Resulta impensable que, en vez de ello, se dedique a propiciarlos. No es casual que la polarización que genera el Presidente se traduzca en cada vez más fuertes ataques de quienes se han visto forzados a responder las agresiones.

La ausencia de liderazgo se denota cuando el líder o quien aspira a serlo, pierde o carece de autoridad, de generosidad de espíritu y de capacidad de respetar otros puntos de vista y a los demás; cuando se construye una división entre “nosotros” y “los otros” hacia adentro de la organización social a la que debe servir y cuando fomenta la polarización, el resentimiento y el odio. 

Sería conveniente que el inquilino de Palacio Nacional reconociera que los gobernados no son sus súbditos y que disentir de sus ideas, propuestas y acciones no hace que sean disidentes, golpistas, influenciables, egoístas ni son los que no tienen razón. 

El egoísmo traducido en una actitud ante los conflictos en la que “los otros” solamente son aceptables en la medida en la que se ajusten al pensamiento e ideas de “nosotros” propicia conflictos innecesarios. El egoísmo es el principal “cáncer social” de nuestra época y fuente de controversias y de conflictos.

Un verdadero líder nacional, sobre todo si es Presidente de la República, está obligado a atender, gestionar y salvaguardar los intereses de todos sus connacionales sobre los intereses de grupo, para hacer compatibles las diferencias para construir unidad, para propiciar un gobierno de calidad que se dirija al desarrollo económico, la estabilidad política y la seguridad, todo ello para alcanzar un mejor nivel de vida para todos, un bienestar generalizado. Debe asumir que no todo gira en torno a su persona y evitar el uso de los instrumentos del Estado para amedrentar a sus opositores.

Ser Presidente no es sinónimo de ser el líder nacional, para alcanzar esa posición ha de actuarse como estadista y no limitarse a ser el líder de un partido. Conviene que se muestre respeto por todo aquello que es valioso para “los otros”, aunque desde su perspectiva puedan estar equivocados o simplemente le desagraden. 

Ese es el primer paso hacia la búsqueda de soluciones a las diferencias. 

Es necesario y conveniente enfilar sus fuerzas en manejar la creciente brecha entre las expectativas que tiene la ciudadanía y la realidad abrumadora, que resulta ser desfavorable para cada vez más mexicanos.

Es urgente evitar las distracciones y evasivas para abordar los serios problemas que afectan al país, como la pérdida de territorio por parte del Estado ante el crimen organizado, que empuja el desplazamiento forzado de comunidades; la aparente ausencia de estrategias gubernamentales de seguridad pública; los problemas de salud pública, como la falta de medicamentos, y la crisis económica. 

Es indispensable que el gobierno exponga públicamente y con veracidad los resultados de su gestión en la diversidad de temas que preocupan a la sociedad mexicana y, en su caso, las acciones para corregirlos.

Insistimos en que uno de los pilares para actuar con visión de futuro es la utilización del diálogo para superar la polarización, los desencuentros y los conflictos que se han propiciado, principalmente, desde Palacio Nacional. 

El aprovechamiento de la mediación, que es un movimiento humanizador y democratizante que impulsa la cultura de la paz, puede propiciar de manera creciente la solución sana de los conflictos que agobian a todos. 

Es muy recomendable que hagamos de cada conflicto una   oportunidad para ser mejores y en consecuencia para consolidar la concordia. 

Son tiempos de acabar con las disputas.

Nuestra pretensión es la consolidación y expansión de la mediación, que es justicia consensuada, es democracia y es diálogo, es un poderoso vehículo para recuperar la paz.

Donde hay mediación, no hay violencia.

*El autor es abogado y mediador profesional.

phmergoldd@anmediacion.com.mx

Twitter: @Phmergoldd

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada

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