1. Breve, muy breve, es —casi siempre— lo primero que se dice sobre la obra de Alí Chumacero, poeta nayarita, nacido el noveno día de un mes de julio. Después, uno se da cuenta de que la medida responde a una matemática atroz, de tan simple casi tonta. Breve, dicen, porque nada más tiene tres libros: Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956). Menos mal que no han contado el número de letras de cada poema suyo o la cifra que resulta de sus palabras juntas o la inmensidad de todo lo que escribió. Porque es imposible entender y cuantificar la profundidad y la largueza.

Renuente a exhibirse en la vitrina de los Premios Nacionales y todos los otros que se ganó, como el Xavier Villaurrutia, el Alfonso Reyes, el Amado Nervo y el Nayarit, Chumacero siempre decía haber visto en amigos y colegas escritores los peligros del reconocimiento y cómo se transformaban si se sentían dueños del mundo. Presumían ser tan enormes como Napoleón. Pero él se ocupaba de otras cosas. Usaba poco los espejos y no guardaba ningún secreto. Alguna vez confesó:

“Lo que yo escribo lo voy guardando, lo voy corrigiendo, lo reviso, lo veo con mucho cuidado”, dijo alguna vez al suplemento El Tigre. “Cuando creo que ya está correctamente hecho, de acuerdo con lo que yo pienso, creo y siento sobre lo que es la poesía, entonces lo publico. Eso quiere decir que mucho de lo que yo he escrito no se ha publicado, sino que permanece inédito. Eso quiere decir que todo lo que he publicado, en buena parte, es una selección de todo lo que yo he escrito”.

Como si estuviera oyendo y contestando una pregunta impertinente, también dijo: “Yo no requiero publicar mucho más que eso para ser un escritor constante, con dedicación, sin descanso, metido entre las patas de los caballos, cultivando continuamente las letras”.

Laborando por un amor a lo perfecto fue un creador de poesía donde se enredaba la liturgia con lo cotidiano, la suavidad con la dureza, el hipérbaton con las más simples metáforas y las flores con algún paisaje desolado. Nos regaló, en verso, verdades siempre ciertas: “Más crueles que el amor, el tiempo y el olvido”, por ejemplo.

También explicó como nadie la eternidad del amor:

“Cuando aún no nacía la esperanza/ ni vagaban los ángeles en su firme blancura;/ cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios;/ antes, antes, muy antes./ Cuando aún no había flores en las sendas/ porque las sendas no eran ni las flores estaban;/ cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,/ ya éramos tú y yo”.

Para Alí Chumacero, es cierto, la vida fue breve y el arte largo. El tiempo, cien veces demasiado breve para leer alguno de sus tres libros y toda ocasión fugaz. Léalo. Ahora mismo es el momento. Porque perdimos su voz hace 10 años y no escribirá más.

2. Es cierto. Tiene una voz como de tigre. Grave, de esas que rebotan en las vísceras y hacen que el corazón se dé la vuelta. De tesitura profunda y tono seductor. Es pausada, cálida e impresionante. Como de cantante de ópera. Su otra voz, la poética, la literaria, también describe a Eduardo Lizalde.

Más allá de la metáfora, antes de llamarse Eduardo, le dicen El Tigre, primero por la aparición de recurrente de este animal en su obra poética y después, por el asunto de su timbre y de su tono. Sobre esta cuestión le han preguntado siempre. Y él ha respondido, pausadamente, resignado a la estupidez ajena, que “el tigre es una figura fascinante desde los tiempos bíblicos hasta la etapa actual y no creo que haya un escritor que no haya mencionado nunca al tigre. El tigre es la imagen de la muerte, de la destrucción, y además, de la belleza; es solamente un instrumento metafórico”. Como ejemplo, lector querido, le transcribo unos versos de su poema, quizás el más citado: “Hay un tigre en la casa/ que desgarra por dentro al que lo mira./ Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,/ y sólo puede herir por dentro, y es enorme:/ más largo y más pesado/ que otros gatos gordos

y carniceros pestíferos/ de su especie,/ y pierde la cabeza con facilidad (...)/ Ni siquiera lo huelo,/ para que no me mate”.

Al tratar de averiguar las influencias de Eduardo Lizalde, el poeta no se cansa ni se agobia para tratar de explicar que leyó a casi todos los poetas mexicanos (modernistas, posmodernistas, siglo XIX y XX) y no confirma si cuando encontró a William Blake preguntando en verso: “Tigre, tigre que ardes brillante en los bosques de la noche: ¿qué mano u ojo inmortal se atrevió a delinear tu tremenda simetría?”, cayó mortalmente herido de fascinación y espanto. Lo único seguro es que entre unos y otros tigres halló su propia voz poética: esa que muerde y ruge y destaza y es de una belleza extraordinaria.

Comenzó a publicar poemas en 1948, en el diario El Universal. Poco después apareció su primer libro de poemas titulado La Mala Hora. Vendrían después Caza Mayor (1979), Tabernarios y eróticos, Rosas y Otros tigres, su breve afiliación al partido comunista, la creación, junto con Enrique González Rojo y Marco Antonio Montes de Oca, del grupo del Poeticismo, de brevísima duración y sus trabajos como director de Casa del Lago, Radio UNAM y su trabajo largo e ininterrumpido en el Instituto Mexicano de la Radio compartiendo su sabiduría musical y operística. Todo ello sin abandonar nunca su voz poética, profundamente irónica y aparentemente coloquial escribiendo piezas como “El tigre en la casa”, “La zorra enferma”, “Caza mayor”, “Cada cosa es Babel”, “Nueva memoria del tigre” y “Todo poema está empezando”.

Atestigua el calendario que Eduardo Lizalde vino al mundo el 14 de julio de 1929 en la Ciudad de México. Que su padre fue el ingeniero Juan Lizalde, y su madre Elena García de la Cadena, que uno de sus seis hermanos fue el actor Enrique Lizalde, también es primo del cantante Óscar Chávez y está a punto de cumplir 89 años. No hay edad que le pese o le enmudezca. Su voz sigue siendo erótica y profunda, el amor, el odio, el sexo y la belleza, la destrucción y la grandeza humana, son ya tan habituales en su pluma y pensamiento que, como toda su obra, son eternos. Y sabemos claramente —como él dijo— que hay un inmenso tigre encerrado en todo esto.