Esta semana, dos países europeos dieron muestra de la complejidad que existe para entender, no se diga para prever, el camino que emprenderá Europa y si ambos serán un pilar de estabilidad o factor de desorden en el mundo.

Irlanda e Italia tienen mucho en común, empezando por sus banderas que son muy similares. Los dos fueron países muy pobres, con fuerte influencia de la iglesia católica y con muchas dificultades para construir un sistema democrático estable.

Ambas naciones apostaron con entusiasmo a la construcción europea y, a pesar de su atraso económico y de las dificultades que esa decisión implicaba, se adhirieron al euro. Finalmente, ambas pagaron muy caro su falta de preparación al tomar la decisión. En el 2009 tuvieron una graves crisis económica y financiera.

Mientas Irlanda parece salir de la crisis y recobrar su energía de “dragón céltico”, Italia está a un paso de convertirse en el principal problema económico del continente.

En días recientes, los dos países tuvieron eventos políticos trascendentales cuyos resultados apuntan en direcciones distintas. El resultado del referendo sobre el aborto en Irlanda (66.4% decidió que sí hay que derogar la enmienda que lo prohíbe) demostró la voluntad clara de sus ciudadanos por entrar a la modernidad y estar a la par con los países europeos más liberales. El primer ministro calificó el resultado como una verdadera revolución.

Más allá del debate de fondo, donde cada uno puede tener su propia opinión, Irlanda, que hace algunos años aprobó con sorpresa general los matrimonios entre personas del mismo sexo, no se conforma con los valores comunes de la Unión Europea en materia de derechos humanos y más concretamente de libre circulación de personas.

En cambio, los electores italianos prefirieron dar un paso atrás al elegir a dos partidos antisistema que se caracterizan por su xenofobia y antieuropeísmo, para formar gobierno.

La decisión está hundiendo al país en una crisis política sin precedente justo en el momento en que debe reconstruir su economía. Los electores deberán regresar a las urnas en los próximos meses, pero nada garantiza un resultado que permita una mayor estabilidad política para sanear la economía nacional. Los populistas italianos, como sus homólogos en el resto de Europa, llegaron para quedarse.

Lo que hace el caso italiano aún más preocupante es el avance del euroescepticismo en este país fundador de la Unión Europea y tercera economía de la zona.

Este fin de semana se publicó un sondeo del Eurobarómetro que revela que nunca, en 30 años, los europeos habían estado tan agradecidos con la aportación que ha realizado la integración europea a sus respectivos países (67%); en Irlanda el porcentaje fue de 81%. En Italia, sólo 39%, menor al del Reino Unido (ya de salida de la Unión) con 47 por ciento.

Los acomodos políticos temporales no bastarán para salvar a Italia del populismo. Las próximas elecciones italianas y, sobre todo, las elecciones europeas de junio del 2019 demostrarán si el bello proyecto europeo es obsoleto en su forma actual o resiliente.