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Inventario antes de que acabe enero
Además de tratar temas como la ciudad y el tiempo, el amor y sus zoológicas criaturas, de habernos regalado letras talladas en mármol o impresas en papel, de su poesía magnífica y definitiva, José Emilio Pacheco inventariaba. No sólo por aludir al nombre de su más célebre columna periodística, tampoco porque hiciera listas de todo lo que existía y lo mucho que faltaba; menos por la inmensidad de sus intereses –literarios, artísticos, culturales, estéticos- ni por la cantidad de páginas que salieron de su pluma. Tal vez nada más porque al leerlo siempre aparece una suerte de inventario que tiene que ver con todo lo encontrado y lo perdido de uno mismo.
Nacido en la Ciudad de México en 1939 y fallecido justo en este mes- apenas el 26 de enero de 2014, lector querido- poco importa la fecha exacta o contar los días de que ha estado ausente. Porque nueve años han pasado y es imposible resistir la tentación de reinventarlo, releerlo e incluirlo otra vez en el más querido de nuestros inventarios. Repasemos, pues. Hagamos de la memoria otro homenaje antes de que acabe enero.
José Emilio Pacheco experimentó el reconocimiento muy pronto. Ya en la década de los cincuenta figuraba en antologías al lado de grandes poetas de Latinoamérica y los críticos lo nombraban miembro distinguido de la generación de Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Sergio Pitol y Carlos Monsiváis. De manera inevitable, muchos conocieron primero al poeta y luego se interesaron por su prosa. Sin embargo, -él mismo lo decía-, escribió relatos desde muy temprano y no hizo versos sino hasta los dieciséis. Antes de cumplir veinte años publicó su primer libro La Sangre de Medusa y otros cuentos marginales. En aquel momento, año de 1958, formó parte de los Cuadernos del Unicornio que publicaba Juan José Arreola. Reconoció influencias de Borges, haberse inspirado en Plutarco y haberse aliado a otros dos libros: Las vidas Imaginarias de Marcel Schowb y la Metamorfosis de Ovidio. El primer cuento comenzaba así: “Cuando Perseo despierta, sus primeras miradas nunca son para Andrómeda. Prefiere salir a su jardín y ahí lavarse el sueño en la fuente de mármol.”
Así, la combinación entre tradición y vanguardia se dieron la mano desde el principio. Temas, obsesiones y otras maravillas y sorpresas se configuraron en su obra desde entonces y aparecieron durante toda su vida. Desde la solidaridad con los condenados de la tierra (“Mira a los pobres de este mundo. Admira su infinita paciencia, con que maestría han rodeado todo, con cuánta fuerza miden el despojo, con qué certeza saben que estás perdido”) hasta el huracán implacable de la Historia (“El poderoso virrey, emperador, sátrapa hizo de los lagos y bosques el desierto”); incluyendo la ciudad de repente derruida (“mudo alarido de este desplome que no se acaba nunca”); lo definitivo y engañoso del recuerdo (“no tomes muy en serio lo que te dice la memoria, a lo mejor no hubo esa tarde”); la infancia como territorio del descubrimiento y anticipo del futuro desastre y, por supuesto, el tiempo todo el tiempo. (“Para matar las horas déjalas que se embistan y se aneguen y luego se despeñen y destrocen”).
Además de libros como Batallas en el desierto, El viento distante, Tarde o temprano y otros tantos, José Emilio Pacheco inventó el “inventario” (así con minúsculas), una columna que comenzó a publicarse todos los domingos en el suplemento cultural Diorama, del periódico Excélsior. Apareció por primera vez el 5 de agosto de 1973 y estaba dividida en cinco partes: “Las mariposas son libros”, “Boquitas selladas” (sobre Collín Tellado), “Poesía y verdad” y “Juego de cartas” (sobre la agonía de la conversación y la correspondencia) y “Making It” (sobre la actriz Marilyn Monroe). Se publicó primero como una columna miscelánea y, posteriormente se convirtió en monográfica. La literatura y sus autores fueron el tema recurrente y aunque durante algunos meses apareció sin firma, después estuvo signada con sus iniciales, JEP, al final del texto. El inventario se publicó en Diorama cada domingo hasta el 8 de julio de 1976, cuando Julio Scherer fue obligado a dejar la dirección de Excélsior, pero después reapareció en la revista Proceso y continuó publicándose hasta enero de 2014, justo en la semana cuando falleció el poeta.
Escribiendo, sin importar el género o destino y más allá de su columna semanal, Pacheco hizo inventarios de todo lo posible y lo imposible: las noches que serán y las que han sido, el amor que puede ser oxígeno o asfixia y el desamor como padre de todos los monstruos, también del terremoto, de murciélagos y pulpos, el principio del placer, el final de los tiempos y el invierno que nos va a llegar a todos.
Antes de su partida, tuvo un homenaje nacional y recibió el Premio Miguel de Cervantes. En su última entrevista dijo que la poesía que buscaba escribir era como un diario donde no habría proyecto ni medida. No me preguntes cómo pasa el tiempo, lector querido.