La recaudación tributaria en México, casi 17% del PIB, es notoriamente baja. En gran medida esto se explica por la alta tasa de informalidad que prevalece en la economía, tanto por el número de empresas que operan sin registro fiscal y laboral como por el elevado número de individuos que ahí trabajan. A esta baja recaudación contribuyen, por una parte, el problema de elusión y evasión fiscal por parte de algunas empresas y por otra tratamientos tributarios especiales, particularmente no gravar con el IVA alimentos y medicinas.

Aún considerando que una parte del gasto gubernamental se lleva a cabo de manera ineficiente e incluso en rubros en los que el gobierno no tiene porqué gastar, es claro que la recaudación obtenida no es suficiente para ofrecer servicios públicos (incluidos educación, salud y seguridad) en la cantidad y calidad demandada por la población. Y aquí es donde surge, de manera recurrente, la propuesta de establecer un impuesto a las “grandes” herencias (¿Cuánto es grande? ¿1 millón, 10, 100, 1,000 millones de pesos?). Se argumenta que este impuesto, además de su impacto recaudatorio tendría como objetivo lograr “justicia distributiva”, término imposible de definir. Tres ejemplos de que por qué este impuesto, además de injusto, es un impuesto al crecimiento.

Suponga un individuo que labora en el sector formal de la economía por lo que se le retiene, por concepto de ISR, una parte de su salario. Este individuo decide ahorrar una parte de su salario neto y se le retienen impuestos sobre los intereses recibidos. Logra, después de un tiempo, juntar lo suficiente para pagar el enganche de una vivienda y contrata un crédito hipotecario a 10 años. A lo largo de este periodo el individuo paga puntualmente sus mensualidades (amortización e intereses) y finalmente, 10 años después, es propietario íntegro de su inmueble. Suponga que el día que se libera el crédito, en medio del festejo, el individuo fallece por lo que sus legítimos herederos (cónyuge y/o hijos) son ahora los dueños de la vivienda. Además de que tienen que pagar un derecho por la adjudicación del inmueble, imagínense que también tengan que pagar un porcentaje del valor de la vivienda. ¿Justo? Además de un robo sería también, para efectos prácticos, una doble tributación.

Supongamos ahora a un individuo que es propietario de una empresa y cumple puntualmente con todas sus obligaciones fiscales y los de seguridad social de sus empleados. Otra vez, porque en esta vida hay dos cosas inevitables, pagar impuestos y morir, el empresario fallece y sus hijos son ahora los propietarios de la empresa. ¿Es justo grabar la herencia sólo porque los hijos tienen la propiedad y un flujo de ingresos (sobre los cuales pagarán impuestos) sin haber hecho algo más que ser sus herederos legítimos? Además, volvería a ser un caso de doble tributación.

Tercero. Un individuo decidió ahorrar una parte de su ingreso neto para financiar sus gastos durante su retiro. Pero nuevamente la fatalidad se hace presente y fallece antes de acabarse el saldo del ahorro financiero, por lo que sus hijos lo heredan. El individuo ya había pagado ISR sobre su ingreso bruto y sobre los intereses recibidos de su ahorro. Gravar la herencia sería nuevamente una doble tributación.

Y así podríamos dar más ejemplos. Un impuesto a las herencias desincentiva la generación y acumulación de riqueza y por lo mismo el crecimiento económico. México es un país con una muy alta desigualdad de la riqueza por no haber tenido en el pasado (sigue sin tenerlo), un arreglo institucional que garantizara igualdad de oportunidades de acceso a todos los mercados (empezando con educación de alta calidad) y que además impulsará el crecimiento. Esto no lo soluciona un gravamen a las herencias, impuesto que tampoco resuelve el problema de la baja recaudación total.

ikatz@eleconomista.com.mx

Isaac Katz

Economista y profesor

Punto de vista

Caballero de la Orden Nacional del Mérito de la República Francesa. Medalla al Mérito Profesional, Ex-ITAM.

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