Es un proceso casi natural que tanto la regulación como los órganos reguladores en todo el mundo, corren en sus acciones atrás del fenómeno del progreso tecnológico y de sus impactos en la oferta y la demanda en el mercado. En estos días, el Instituto Federal de Telecomunicaciones ha convocado en anticipo a analizar y proponer escenarios y estrategias sobre la importancia de los datos en la economía digital que crecientemente vivimos en nuestras sociedades.

Efectivamente, la evolución tecnológica y su efecto en los mercados digitales han puesto a nuestra disposición una nueva forma de interacción social, basada en nuevos servicios y varios de los previamente existentes, revolucionados.

Como una consecuencia lógica de la evolución del ecosistema digital surgen nuevas preocupaciones en diversas materias, como privacidad y seguridad de datos, transparencia, competencia en los mercados, entre otras.

Hoy operamos cada vez más intensivamente con servicios de comunicación, entretenimiento, información, relacionamiento, transporte, entre muchos otros, que, sirviéndose de herramientas informáticas, operan en línea, en donde nos hemos convertido en ciudadanos digitales, con huella digital, registro de transacciones comerciales digitales, etcétera.

Para ello, un elemento importante ha sido el ejercicio de generación, recopilación, clasificación, recopilación, análisis y eventual aprendizaje proveniente de extensos conjuntos de datos recolectados de los usuarios de estos mismos servicios que, con cada interacción, generan microinformación continua sobre sus hábitos, gustos y necesidades de cada uno de nosotros.

Es esto lo que define a una operación económica y social impulsada por los datos (data-driven economy), cuyo insumo esencial es la concentración de datos para provisión de servicios.

¿Cuál es ahí el insumo esencial? En este sentido, los datos son elementos cuya característica intrínseca es su dificultad para ser sustituibles o replicables, además de que, para su recolección, guarda, procesamiento y análisis involucran costos fijos relativamente altos. Por esta razón, esta industria se asemeja a aquellas de infraestructuras, cuyos elevados requerimientos e intensidad para la entrada en operación requieren elevados montos de inversión, registran lentos retornos de utilidad, así como largos periodos de maduración del capital.

Asimismo, la recolección de grandes conjuntos de datos, su análisis y posterior transformación en productos presenta marcadas economías de escala y de alcance. Estos procesos habilitan a las empresas incumbentes su explotación para establecer una posición de ventaja frente a la de sus competidores subsecuentes.

Estas circunstancias abren el riesgo de generar barreras de entrada a competidores. Tal ha sido la relevancia de los datos que autoridades en materia de competencia alrededor del mundo analizan ya su capacidad para otorgar poder de mercado a las empresas digitales.

La Autoridad de los Mercados y la Competencia de Reino Unido, la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos, la Oficina Federal de Carteles de Alemania, la Autoridad Catalana de la Competencia y la Comisión Europea ya han emitido reportes e incluso iniciado investigaciones sobre los efectos y retos que la concentración de datos impone la gestación y dinámica competitiva.

Si bien la configuración y desarrollo de los mercados digitales continúan siendo materia de estudio, la evidencia teórica y empírica apunta a que la concentración de datos en manos de uno o pocos jugadores abre una ventana potencial de riesgo al ingreso y fortalecimiento de empresas competidoras y consecuentemente, de condiciones de optimización social de estos servicios crecientemente transversales.

El continuado análisis de estructuras y dinámicas de estos mercados gana importancia para seguir renivelando asimetrías entre nuestro país y economías más avanzadas en términos de desarrollo e investigación tecnológicos. De no seguir atendiendo este asunto como ahora se hace, condenaríamos al país y la industria digital nacional a seguir en un papel de consumidor, no de productor, en el mejor de los casos.

Ernesto Piedras

Director General de The Competitive Intelligence Unit

Inteligencia Competitiva