La economía experimentó hacia finales del año pasado una significativa desaceleración. Así, por ejemplo, en diciembre, el IGAE sólo creció 0.2% respecto de diciembre del 2017; en relación con noviembre experimentó una caída de 0.4. Asimismo, el crecimiento del PIB del último trimestre (en relación con el tercer trimestre) fue de únicamente 0.2 por ciento.

Esta evolución ha llevado a una revisión a la baja en las expectativas de crecimiento. Así, el Banco de México pronostica que éste se situaría entre 1.1 y 2.1% (puntual de 1.6 por ciento). Por su parte, el consenso (la mediana) de pronósticos realizados por diferentes instituciones del sector privado y consultados por el propio banco central lo sitúa en 1.68%, una disminución respecto de 1.8% que estos mismos “especialistas” esperaban en enero. (Mi pronóstico, por si es de su interés, es de un crecimiento menor a 1.5 por ciento). Es importante apuntar que cuando se elaboró el presupuesto público, en el documento de Criterios Generales de Política Económica, el rango de crecimiento se estableció entre 1.5 y 2.5% y los estimados de ingresos tributarios se calcularon con un crecimiento puntual de 2%, por lo que la desaceleración proyectada, de materializarse, tendría un impacto negativo sobre las finanzas públicas, lo que pondría en riesgo la meta de alcanzar un superávit primario equivalente a 0.5% del PIB (lo que influyó, en parte, en la decisión de S&P de poner en perspectiva negativa la deuda soberana).

Aunque hay indicadores de desaceleración en otros países, la experimentada por la mexicana fue significativamente mayor, lo que apunta a causas internas y que dan pie a los pronósticos de un menor crecimiento esperado para este año. Después del discurso que pronunció AMLO en el hotel Hilton la noche del 1 de julio y que generó una relativa sensación de confianza, en octubre hubo un quiebre. La cancelación del aeropuerto en Texcoco “sustentada” en una consulta ilegal y amañada cambió significativamente las señales hacia diferentes agentes económicos. A esta cancelación han seguido diferentes decisiones de política pública, actos y pronunciamientos por parte del propio presidente así como de miembros del gobierno que han impactado negativamente en las expectativas. Destacan la cancelación de facto de la reforma energética en sus dos vertientes (hidrocarburos y eléctrica), la decisión de construir el tren Maya sin que exista una evaluación social del proyecto que muestre una tasa de rentabilidad social positiva, el despido de funcionarios públicos con capital humano específico, el plan de negocios sinsentido de Pemex, la decisión de no aplicar el marco legal relevante ante el bloqueo a las vías férreas, el ataque a diferentes órganos autónomos, etcétera. Un cambio que ha repercutido en menores expectativas de inversión por parte de las empresas y de adquisición de bienes de consumo duradero por parte de las familias.

AMLO ha generado desde los meses de campaña electoral una ilusión: altas expectativas de rápida mejora en diferentes aspectos de la vida nacional para un gran número de individuos (principalmente de la economía del país y familiar, la corrupción y la inseguridad) y de ahí su contundente victoria electoral y los altos porcentajes de aprobación en las más recientes encuestas. Sin embargo, ante la notable desaceleración de finales del año pasado y las menores expectativas de crecimiento para este año, un daño autoinfligido, vale la pena acudir al diccionario para encontrar el significado de ilusión: “concepto o imagen que surge por la imaginación o a través de un engaño de los sentidos, pero que no tiene sustento en la realidad”. Si la economía no crece más, para lo cual se requieren señales de confianza así como reglas claras y eficientes, la ilusión desaparecerá y la decepción será mayúscula.

IsaacKatz

Economista y profesor

Punto de vista

Profesor de Economía, ITAM. Caballero de la Orden Nacional del Mérito de la República Francesa. Medalla al Mérito Profesional, Ex-ITAM.