Tras meses de denuncias, paros, manifestaciones y algunos actos de violencia, el rector de la UNAM, Enrique Graue, dio el viernes pasado un mensaje a las universitarias que puede marcar el inicio de una verdadera transformación en la universidad más importante del país y una de las principales de América Latina. El anuncio de cambios significativos para lograr la igualdad y la erradicación de la violencia de género en sus planteles, más allá de reformas a la legislación universitaria, demuestra una toma de conciencia de la máxima autoridad universitaria y rompe con la inercia de medidas insuficientes y la, por lo menos aparente, incapacidad de funcionarios de menor nivel. Sin embargo, como lo reconoció el propio doctor Graue, estos cambios encontrarán resistencias de diversos grupos de poder, que, ojalá, sean superadas con el apoyo mayoritario de la comunidad.

La búsqueda de mecanismos para promover la igualdad de mujeres y hombres en la UNAM no es nueva. Se han hecho antes campañas por la igualdad, se instrumentaron medidas de acción afirmativas para favorecer la inclusión de más mujeres en las ciencias, y existe un protocolo para prevenir y atender la violencia de género. No obstante, el acoso y la violencia machista no se han enfrentado hasta ahora de manera eficiente, como lo demuestran los paros en las facultades de Filosofía y Letras o Ciencias Políticas, y en CCHs donde se han denunciado agresiones graves contra las estudiantes sin que las autoridades de los planteles y de Ciudad Universitaria reaccionaran con la prontitud y la sensibilidad adecuadas. Es de esperarse que la intervención directa del rector insufle una actitud más proactiva y comprometida en quienes deben garantizar el funcionamiento del protocolo, asegurar la profesionalización del personal que da seguimiento a las denuncias y garantizar los derechos de las denunciantes. Ojalá también se instrumenten medidas de prevención adecuadas para asegurar que actos como la brutal agresión a una estudiante en un baño del CCH Azcapotzalco el mes pasado no se repitan y sean siempre castigados, lo mismo que la omisión institucional.

Por otra parte, sin duda es de aplaudirse la decisión, también anunciada, de modificar todos los planes de estudio para incluir, de manera transversal, la perspectiva de género y el principio de igualdad, reforma largamente esperada por quienes, dentro o fuera de la UNAM, sabemos que seguir formando a profesionales en derecho, salud, desarrollo urbano, y cualquier otra disciplina, carentes de un conocimiento sólido en estudios de género es dañino para el país. Esta tarea, de mediano y largo plazos, será quizá la más ardua, ya que no faltará profesorado que se aferre a contenidos y formas de enseñanza que reproducen la desigualdad estructural de género, por inercia o machismo. Este cambio, sin embargo, es una medida urgente que mucho beneficiará a la universidad y a la sociedad.

La universidad no puede por sí misma erradicar la violencia de la vida de sus integrantes, pero debe garantizar que sus planteles sean propicios al desarrollo personal e intelectual. En un acto de coherencia inicial, además de instrumentar estas reformas, deberá investigar, entre otros casos, las agresiones a estudiantes de la Facultad de Derecho que protestaban en un mitin del presidente del tribunal universitario, y sancionar a los responsables. Mientras que contra este funcionario existen denuncias de acoso y se le considera cómplice de acosadores, en esta facultad no se ha integrado la PEG y se ha marginado a quienes la han promovido. Además, se han denunciado añejas y persistentes prácticas machistas inadmisibles en sus aulas. Urge pues que se aclaren estas agresiones y se promuevan denuncias formales contra personal y alumnado acosadores, asegurando que no haya represalias contra las ofendidas y que el tribunal funcione.

La universidad nacional puede ser un ejemplo para que la educación media y superior del país contribuya a una vida sin violencia y en igualdad para todas y todos.

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

Lee más de este autor