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God bless America!, ¡Viva México!
Recién vi el discurso de Felipe Calderón en el Capitolio en sesión conjunta del Senado y la Cámara de Representantes de Estados Unidos.
Al principio, lo inevitable, el detector automático de lugares comunes y la mofa, también automática, a la pésima pronunciación en inglés del Presidente de México.
Entonces, la sorpresa: el de Calderón fue un muy buen discurso.
Fue claro, directo, novedoso, y hasta emotivo.
Detrás de la lectura, aburrida por partes, y su acentazo, el discurso de Felipe Calderón envió la señal más clara de redefinición de la relación bilateral que le he escuchado a un Presidente mexicano en mucho tiempo.
No soy un entusiasta del gobierno de Calderón, ni siquiera voté por él. De ahí mi asombro y de ahí la necesidad de escribirlo.
El discurso de Calderón fue redondo y coherente. En un tono firme, y al tiempo, conmovedor (sí, dije conmovedor... y dije bien), el Presidente mexicano planteó la relación bilateral más importante para ambos países en estos términos: estamos condenados a la vecindad y la interdependencia; por tanto, a la cooperación y, si nos lo permitimos, una integración más profunda. Hemos dejado de ser animales de distinta especie.
En específico Calderón planteó que:
- Tenemos por historia, un origen común; por geografía, problemas en común; y por elección, un destino en común.
- Estados Unidos y México forman parte de una zona cuya prosperidad depende justamente de asumirse así, como una 'zona' de actores desiguales, pero masivamente integrados e integrables.
- Los temas ríspidos en la agenda común, abren espacios para la profundización de la cooperación.
- México simpatiza con la nueva política anti-drogas de Obama que se basa en una perspectiva de salud pública, y no una estrategia meramente punitiva.
- El control del tráfico de armas pasa por el trabajo legislativo, y con respeto a la segunda enmienda constitucional de los Estados Unidos, hay mucho que los legisladores estadounidenses pueden hacer para evitar que sus arman lleguen a manos de narcotraficantes mexicanos. Somos su espejo.
- México no es un país que celebre el éxodo de sus ciudadanos; tampoco es una país que celebre la violación de las leyes locales y nacionales de su vecino del norte. Pero la solución al problema migratorio pasa por la prosperidad económica mexicana que pasa, inevitablemente, por la prosperidad de Estados Unidos.