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Ganar y ganarle al tiempo

Un día como hoy. Nació Isaac Asimov pero se murió Ovidio, la ciudad de Yerbabuena fue rebautizada como San Francisco, Martín Lutero fue excomulgado, pero en Guanajuato nació el Pípila. Foto: Especial
La historia, dijo el sabio Tucídides, es un incesante volver a empezar. Y no fue el único que llegó a tan portentosa conclusión. Acuérdese de Heráclito y su Eterno Retorno, de Borges cuando dijo aquello de “quien se aleja de su casa ya ha vuelto” y de que el camino es sólo uno, el que viene y el que va, pero también es uno el recorrido. Muy bueno el porvenir, pero a veces aterrador por desconocido. Más ya lo sabe, lector querido, para acudir a las certezas y darle un buen empujón a nuestros propósitos todavía hay tiempo y formas.
Quizá, no tarda en llegar el momento en que nuestros sueños sean una agradable realidad, los vicios habrán desaparecido, las manías serán graciosos aderezos del carácter y el horóscopo dejará de interesarnos. Tal vez ya no falta nada para que muchas de las frases hechas sean una maravillosa verdad y no una invitación a la ignominia. (Aquellas que aseguran que “el tiempo lo cura todo”, “la intención es lo que cuenta”; “la impunidad ya no existe” y vale más el fondo que la forma).
Por si acaso, apenas ayer, que fue el primer día del año y muchos cambiaron de calendario, calzones y cartera y practicaron todo tipo de acciones extrañas sin fundamento científico -como atragantarse de uvas y correr con una maleta alrededor de la cuadra para asegurarse la fortuna y la prosperidad- quizá hayan modificado su actitud y ya saben hoy que nada asegura tan buen resultado como el trabajo y la constancia.
Es cierto que no a todo el mundo le fue bien el segundo día del año. Benito Juárez, por ejemplo, se levantó casado y se fue a dormir viudo, y hasta el día de su muerte hubo de padecer la ausencia de su esposa, Margarita Maza. Falleció el 2 de enero de 1871 después de una triste agonía en su casa de San Cosme y Juárez entró en tal tristeza (sobria y republicana) que cambió la cama matrimonial por una individual (que hoy puede contemplarse en el museo de sitio Recinto a Juárez ), emprendió con más ahínco el estudio del francés para leer una historia de la evolución política de las naciones en el galo idioma, comenzó a escribir todo lo que comía y cenaba, y cuando falleció un año después en sus habitaciones de Palacio Nacional había trabajado el día completo sin dejar pendientes importantes. Piense que esta fecha, como todas, ha estado teñida de alegrías y dolores: nació Isaac Asimov pero se murió Ovidio, una preciosa ciudad californiana dejó de llamarse Yerbabuena pero fue rebautizada como San Francisco; Martín Lutero fue excomulgado, pero en Guanajuato nació el Pípila y muchos, que no dejaron de fumar, comer, despilfarrar y enfiestarse hasta el primero de enero (como es nuestro caso, dejemos de fingir) deben saber que el dos de enero, o hasta el tres, todavía no se ha perdido nada y siguen siendo días perfectos para volver a empezar. (Y por cierto, ¿usted qué proteína vegetal desayunó?).
No se arrepienta ni avergüence: además de los rituales paganos que usted realizó ayer, todavía se antoja una acción más efectiva, acogerse a la protección de los cielos. Piense que cada profesión, petición, gremio y actividad tienen su santo patrono, lector querido. Para el trabajo, San José; para encontrar novio, San Antonio; los músicos le rezan a Santa Cecilia; los actores a San Juan Bosco, los escritores a San Francisco de Sales; los panaderos a San Honorato; los políticos a Santo Tomás Moro; los oculistas, a Santa Lucía y los abogados a San Raimundo. Y afortunadamente, la protección celeste también ha avanzado con los tiempos: los boyscouts, tienen a San Jorge; los aseguradores (y los funcionarios de Hacienda) a la Virgen del Perpetuo Socorro; los banqueros a San Carlos Borromeo; los contralores (y demás censores) a Santa Anastasia y los payasos a San Ginés. Hasta los cibernautas y fanáticos de decir y hacer todo moviendo un solo dedo -es decir, digitalmente- pueden encomendarse para protegerse de los virus, de las equívocas velocidades, los falsos mensajes, las conexiones inconexas y los terroristas de la red- a Carlo Acutis, el primer santo milenial, un joven londinense de 15 años que falleció en 2006 de una leucemia repentina y que en octubre de 2020 fue elevado a los altares al beatificarlo y considerarlo el patrón de los cibernautas.
Decida usted lo que más le plazca, queridísimo lector: ocuparse de asuntos más sensatos, empáticos, saludables y alegres, incluso con amuleto, velas de colores, el chupamirto y el feng shui, si limpian el espíritu, acallan su conciencia, le aseguran dormir tranquilamente y lo ponen feliz. Serán los adecuados y más que suficientes. Escoger el propio tiempo es ganar tiempo. Ya que si ninguna de estas cosas le provocan esperanza, respeto y optimismo, ni piense ni vacile: al final todo le parecerá lo mismo. Mejor convénzase de que el 2023 será uno de los mejores años de este siglo XXI y uno de los mejores de su vida. (Y que del porvenir que ignoras, ¿para qué contar las horas?).