Las personas se envuelven en sus creencias. Y lo hacen de tal manera que no puedes liberarlos. Ni siquiera la verdad los liberará.

Michael Specter, periodista estadounidense especializado en ciencia y tecnología.

Recientemente en México y el mundo hemos presenciado un proceso de descalificación, cuestionamiento y, en algunos casos, ataque a la ciencia, a quienes generan el conocimiento científico y a las instituciones encargadas de su promoción.

Escuchamos argumentos que desde el “sentido común” intentan cuestionar el conocimiento científico y su importancia, en temas tan diversos como los cultivos genéticamente modificados, las vacunas o los fenómenos relacionados con el cambio climático, pero también en asuntos relacionados con la naturaleza de la economía y lo público.

Esta discusión entraña diversos problemas y riesgos, tanto para la comprensión de temas muy relevantes para el mundo y para nuestro país, como para el impulso a ciencia e innovación, factores, ambos, clara y demostradamente relacionados con el potencial de crecimiento y desarrollo de una economía.

Parte del problema estriba en que, ante la amplia disponibilidad de medios para la expresión de las opiniones, se ha llegado a generalizar la idea de que todas las opiniones son igualmente válidas y que todas tienen el mismo mérito. Pero siendo opiniones en las que se busca validar o invalidar el conocimiento científico, esto no se trata de un ejercicio democrático en el que a cada opinión corresponde un voto. La ciencia, los datos duros y verificables pesan mucho más que opiniones basadas en supuestos sin comprobar, en falsas suposiciones o especulaciones, en supuestos estudios sin base científica. Pero hoy vemos a personas que creen que la tierra es plana o que las vacunas matan o causan autismo creer que están en el mismo nivel de discusión que científicos con estudios y evidencia contraria abundante.

Tampoco contribuye a la comprensión de la naturaleza de los problemas o incluso tan sólo a su discusión. Es establecimiento de lo que se conoce como falsos dilemas, en los que la opinión se expresa de tal manera que se proponen, frente a un problema o una decisión, sólo dos alternativas, cargándose a una todos los elementos negativos (reales o supuestos) y, en contraposición, a la otra los beneficios.

Un ejemplo de este falso de dilema se aprecia por ejemplo cuando hoy, en el debate de lo público en México, frente a alguna crítica hacia el gobierno actual se rebate diciendo: “entonces tú preferías que volviéramos a la corrupción de antes”, siendo implícito entonces que sólo hay dos alternativas y que la crítica implica un apoyo a la corrupción del pasado, cuando evidentemente existen matices que hacen que existan muchas más alternativas que sólo esas dos.

Se ha tratado de caracterizar a la ciencia, en muchos casos, como un conjunto de conocimientos que responden a intereses de grupos, y a los científicos como personas que pueden estar al servicio de ciertos intereses. Quienes atacan a los científicos bajo esta argumentación evidentemente no conocen a ningún científico. El científico real sólo responde a un amo, el conocimiento y la búsqueda de explicaciones verificables y permanentemente cuestionables de lo que ocurre en su entorno.

Cuando cuestionamos el trabajo que realizan los científicos del país, cuando se recortan recursos a su labor y se limita el trabajo que realizan a través del intercambio de información, conocimiento y de experiencias con la comunidad científica internacional, realmente no sólo no entienden la importancia de la ciencia, sino que se desconoce cómo se genera el conocimiento científico. También aquí se plantean falsos dilemas: ¿qué preferimos, mandar científicos a congresos en el mundo y a estudiantes de intercambio a otros países o darles que comer a los niños indígenas? Como si ésas fueran las únicas alternativas posibles y como si ambas cosas no fueran relevantes.

Limitar los recursos a la ciencia genera un efecto de corto y largo plazo profundamente perjudicial para el desarrollo del país. Existe abundante evidencia que muestra la relación entre la capacidad de un país para generar conocimiento e innovar y la posibilidad de acelerar el desarrollo económico y el crecimiento. Y dicha innovación nunca se produce de manera aislada y encerrada en una falsa visión nacionalista. Una pretendida soberanía científica es absurda, porque el conocimiento es universal.

De lo que se trata, al final de cuentas, es de encontrar mecanismos que permitan, a partir del conocimiento generado en todo el mundo, provocar en nuestro país procesos de innovación que mejoren las condiciones de vida, amplíen la capacidad de generación de riqueza y contribuyan así a un desarrollo económico más integral y sustentable.

El autor es politólogo, mercadólogo, especialista en economía conductual y profesor en la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y presidente del Consejo para el Fomento de Fondo de Ahorro Educativo de Mexicana de Becas.

Síguelo en Twitter: @martinezsolares

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Raúl Martínez Solares

CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo

Economía Conductual

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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