MADRID – Una inquietante idea parece haberse adueñado de Occidente: que nos estamos adentrando en una nueva Guerra Fría. Esta narrativa comenzó a popularizarse, a raíz de la disputa comercial entre China y Estados Unidos, y la crisis del Covid-19 ha proporcionado el impulso definitivo. Según algunas voces, es mejor estar preparados que ignorar ingenuamente el choque hegemónico que marcará la “nueva normalidad”.

Pero estas llamadas de alerta disfrazan de realismo lo que no es más que fatalismo, y nos presentan como inevitable lo que no es más que una elección. Puede que Estados Unidos y China se encuentren inmersos en una contienda entre superpotencias, pero no necesariamente en una recreación de la Guerra Fría.

Al parecer, las referencias a la Guerra Fría se están haciendo lugar incluso en documentos oficiales, aunque sea implícitamente. Según un informe presentado por la Casa Blanca en mayo, donde se detalla el enfoque estratégico de EU con respecto a China, “Beijing reconoce abiertamente que su intención es transformar el orden internacional para alinearlo con los intereses y la ideología del Partido Comunista de China” (PCC). El sistema chino, añade el informe, “está afianzado en la interpretación que Beijing hace de la ideología marxista-leninista y combina una dictadura nacionalista y de partido único; una economía dirigida por el Estado; la puesta de la ciencia y la tecnología al servicio del Estado y la subordinación de los derechos individuales para servir a los fines del PCC”.

Esta engañosa caracterización de China puede suscitar sobrerreacciones y falsas equivalencias. A pesar de sus guiños retóricos al socialismo, hace tiempo que Beijing adoptó un sistema capitalista, como argumenta convincentemente el economista Branko Milanovic. Por supuesto, esto no ha eliminado por completo las diferencias entre el modelo occidental (más liberal) y el chino (más estatista), ni excluye la competición entre ambos. Pero salta a la vista que, desde la reforma y apertura que auspició Deng Xiaoping, la influencia ideológica ha seguido un canal fundamentalmente unidireccional, de Occidente a China. En cambio, la impronta ideológica que dejó en su día la Unión Soviética en el mundo fue mucho más marcada.

Como haría cualquier potencia ascendente, no cabe duda de que China tratará de configurar el escenario global de acuerdo con sus intereses. También tratará de congraciarse con ciertos grupos de población allende de sus fronteras. Pero no tratará de moldear a otros países a su imagen y semejanza, como hizo la Unión Soviética, y como EU ha continuado haciendo.

China se enorgullece de ser inimitable, y su historia de subyugación al imperialismo extranjero la ha predispuesto en contra de injerencias desenfrenadas en los asuntos internos de los demás Estados. A ello se suma que, por mucho que los partidarios del “iliberalismo” en Occidente y otros lugares se vean tentados de replicar algunos aspectos del sistema chino, el poder de atracción de China sigue siendo relativamente limitado.

Esto nos lleva a otra diferencia esencial entre la Unión Soviética y China: la segunda carece de una esfera de influencia propiamente dicha. La lista de aliados chinos es muy escasa; de hecho, puede argumentarse que tan solo Corea del Norte y Pakistán forman parte de la misma. Por descontado, es probable que el ascenso de China termine provocando que otros países decidan arrimarse a su sombra. Pero, en general, los países asiáticos desconfían de un vecino cada vez más poderoso y nacionalista, involucrado además en múltiples disputas territoriales, con lo que prefieren forjar equilibrios entre China y EU.

Por otra parte, tildar al orden internacional actual de “bipolar” ningunea a la Unión Europea (UE), que constituye un polo en sí misma. Evidentemente, la UE no es un Estado y ha sufrido graves conmociones internas en los últimos tiempos, entre las que destaca el Brexit. No obstante, el proyecto europeo ha experimentado importantes avances desde la Guerra Fría, como la finalización del mercado único.

Hoy, la UE es el mayor bloque comercial del mundo y el principal socio comercial para 80 países. Asimismo, pese a sus imperfecciones, la UE es un referente global en materias como Derechos humanos, la privacidad individual, el bienestar social y la conciencia medioambiental. Aunque el politólogo Andrew Moravcsik no va del todo desencaminado cuando se refiere a la UE como “la superpotencia invisible”, su influencia es de hecho nítidamente visible en muchas cuestiones trascendentales y muchas partes del mundo.

La UE no participará pasivamente en un tira y afloja entre Estados Unidos y China, sino que tratará de explorar sinergias con ambos. Este espíritu aperturista debería guiar la era pos-Covid a nivel global. Mucho se está hablando estos días sobre la necesidad de que los Estados aumenten su autosuficiencia —que podría haber evitado la escasez de cierto material esencial— y sobre un posible repunte de las tensiones comerciales entre EU y China. Es cierto que las cadenas globales de valor no siempre son tan resistentes y reactivas como convendría, y que la interdependencia económica es susceptible de ser usada como arma por algunos Estados, según demuestran Henry Farrell y Abraham Newman. Pero los mismos autores consideran que un desacoplamiento económico de EU y China sería inviable. Nunca antes dos superpotencias globales habían estado tan interconectadas ni tan expuestas a que el perjuicio ajeno redunde en perjuicio propio.

En cierto modo, la noción de que la interdependencia puede ejercer de elemento disuasorio también estaba presente durante la Guerra Fría; es más, la doctrina de la “Destrucción Mutua Asegurada” se sustentaba precisamente en dicha noción. Cabe recordar, sin embargo, que la Guerra Fría fue en realidad muy caliente en muchas regiones del mundo, y que un cataclismo nuclear no estuvo lejos.

Hoy, afortunadamente, una guerra nuclear se antoja una posibilidad remota. Tampoco estamos presenciando una carrera armamentística como la de la Guerra Fría. Tanto el gasto militar chino como el estadounidense permanecen relativamente estables, y las capacidades militares de China —pese al elevado ritmo de crecimiento del PIB que venía manteniendo—  son todavía minúsculas en comparación con las de EU.

No obstante, la situación podría cambiar si comenzamos a adoptar una retórica innecesariamente hostil. Abusar de analogías basadas en la Guerra Fría podría dar lugar a una “profecía autocumplida” y empujarnos a terrenos resbaladizos. Ya existen indicios de que, en los meses previos a las elecciones presidenciales estadounidenses, demócratas y republicanos se forzarán mutuamente a endurecer sus posturas respecto a China. Y, pese a que China es tradicionalmente reacia a establecer paralelismos con la Guerra Fría, el hecho de que su peso económico sea superior al de la Unión Soviética puede hacer que Beijing incurra en excesos de confianza. Su actitud desafiante en Hong Kong y el mar de la China Meridional, por ejemplo, no es un presagio excesivamente halagüeño.

Pero no es demasiado tarde para optar por una desescalada que beneficiaría a todos los países, empezando por China y EU. La mentalidad de la Guerra Fría no nos permitirá abordar los grandes desafíos de nuestros tiempos, como combatir la actual pandemia del Covid-19, asegurar una recuperación económica robusta y mitigar el cambio climático. Las relaciones entre grandes potencias no están predestinadas a desembocar en un enfrentamiento, y explorar avenidas de cooperación todavía es posible.

Una cosa está clara: de terminar produciéndose una Guerra Fría entre China y EU, no sería por necesidad, sino por elección. Y se trataría de una elección nefasta.

Los autores

Javier Solana, ex Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, secretario general de la OTAN y ministro de Asuntos Exteriores de España, es actualmente presidente del Centro de Economía Global y Geopolítica EsadeGeo y miembro distinguido de la Institución Brookings.

Óscar Fernández es investigador principal en EsadeGeo - Centro de Economía Global y Geopolítica.