En torno a los impuestos al refresco y bebidas azucaradas, México es el caso más emblemático porque fue el primero, como país completo, donde se aplicó el gravamen.

En los últimos años ha sido el ejemplo más observado y analizado dado su poco orgulloso liderazgo en incidencia de obesidad y diabetes, y dada su posición como uno de los primeros lugares en consumo per cápita de refrescos con 137 litros por persona promedio anual; aunque a últimas fechas nos están rebasando Argentina y Chile.

Los ojos de analistas y académicos universitarios siguen puestos en las acciones de México para ver cómo resuelve su grave problema de salud pública, en particular de diabetes mellitus y obesidad infantil.

Pero el ejemplo de México ha ido en paralelo a otras ciudades y países. Dicho gravamen se extiende gradualmente: Hungría, Francia, Gran Bretaña, Australia se han ido sumando. En América Latina Chile ya lo aplicó y Colombia lo sigue evaluando.

Por su lado, Estados Unidos tiene sus propios ejemplos: la ciudad de Berkeley, California, lo empezó a aplicar en el 2014. Y ya se publicó el respectivo estudio que demuestra su efectividad.

Hace unos días estuvo en México Kristine Madsen, la investigadora que coordinó el estudio recién publicado en la revista de la Asociación Americana de Salud Pública http://ajph.aphapublications.org/doi/abs/10.2105/AJPH.2016.303362 que informó que al comparar el periodo antes y después del impuesto la reducción del consumo fue de 7.3% per cápita de bebidas azucaradas (muy similar al 6% registrado en México); y aparte detectaron un aumento de 5.2% en compras de agua simple.

Este estudio que aborda el primer impuesto al refresco en EU determinó que el gravamen de 1 centavo por onza (16% del precio promedio) redujo en 17% el consumo de bebidas azucaradas en vecindarios de bajos ingresos y de población mayormente latina y afroamericana. Incluyó un comparativo con Oakland y San Francisco donde no se aplica el impuesto y, por tanto, no hubo baja de consumo de bebidas azucaradas como en Berkeley donde sí se aplicó el gravamen.

Es interesante que en los segmentos de bajos ingresos tanto en México como en Berkeley hubo resultados similares: la reducción de consumo de 17% que reflejó el estudio del INSP en México fue menor pero cercano a la baja de 21% en el de Berkeley.

Ahora el campo de batalla en Estados Unidos está en San Francisco donde se evalúa el impuesto; por lo pronto a los anuncios ahí recién se les empezó a poner etiquetas de advertencia. En Philadelphia se acaban de gravar con 3 centavos por onza todas las bebidas endulzadas con azúcar, y en Oakland se sigue analizando, al igual que en Albany, New York, y en Boulder, Colorado.

Total que sí hay una tendencia internacional hacia aplicación de impuestos a bebidas azucaradas, con todo y que la industria está dando su batalla por evitarlo.

Donde no se ve claro es si las cuantiosas recaudaciones estén realmente destinándose a atacar la epidemia de obesidad y diabetes.

Las autoridades deben tener claro que no pueden dejarle toda la carga a un impuesto; no es la panacea para resolver un grave problema de salud pública. Es primordial que en México haya transparencia sobre el destino de los millonarios y crecientes recursos recaudados por dicho impuesto. Nos sigue faltando una estrategia integral que jale a la gente a hacer ejercicio y procurar hábitos saludables.

Además, ¿no se tendría que desincentivar también el consumo de pasteles, galletas, tamales, tortas y demás antojitos altamente calóricos que forman parte de la economía informal? Lo que pasa es que en estos sectores sería más difícil de aplicarlo, el del refresco es el más fácil y sencillo de administrar.