Continúa la entrevista con el escritor español Vicente Molina Foix, realizada durante el pasado Hay Festival en Querétaro (la primera parte se publicó la semana pasada en este espacio).

Así como me encuentro en tus libros personajes muy cercanos al arte, sea a la pintura, sea la restauración o la literatura…encuentro otra cosa. Al mismo tiempo que reconstruyes una época, hay una nostalgia, no sé si a aquel tiempo o a la inocencia del personaje antes de transformarse.

A las dos cosas, y a una tercera que añado: a la edad menor que teníamos. Han pasado muchos años, hemos visto la desaparición dentro de este grupo, aparte de otras desapariciones y pérdidas, de gente con la que tenía mucha proximidad y sobre todo que había dejado una huella.

También está la nostalgia, como el libro de Elena Garro: la nostalgia del porvenir. Esto es la nostalgia del porvenir menguante que uno tiene (ríe). Porque claro, el porvenir es menguante en gente como yo. Por mi edad. Entonces es una nostalgia de cuando la salud, la muerte, el accidente, no entraba en tus previsiones. La gente muere a tu alrededor y con ellos se pierde, no solamente la vida humana, claro, sino también todo un núcleo de conexiones de época. La memoria que tú tienes de esas personas. La vivencia. El haber vivido tiempos interesantes. Como esta famosa frase: dígales que yo he vivido una vida interesante.

Yo llegué a Madrid con diecisiete años, y a través de un amigo que se carteaba con él, y me dijo “tienes que ir porque él recibe”, pues fui a ver a Vicente Aleixandre, que luego ganó el premio Nobel y era un gran poeta, amigo de Lorca y de Cernuda. Y he tenido suerte de vivir esos momentos con gente que admiraba, que me enseñaban sin dar lecciones ni clases, y muchos de ellos, algunos porque ya tenían muchos años, pero otros en prematura edad, han muerto. Bueno…escribo con la nostalgia de lo que se ha perdido. Que es una nostalgia fuerte.

En esa época se formaban grupos, se abordaban pasiones, se sumaba uno a movimientos. Había una pasión por la creación en grupo, algo que prácticamente ya no existe.

Bueno en España no, pero yo no sé si en otros sitios queda. Quizá en México el último grupo sea el de Bolaño: los infrarealistas [ríe]. En España es verdad que no hay grupos. A mí me gustaba mucho estar en complicidad con muchos poetas y novelistas, hombres y mujeres, de mi edad, con los que teníamos una enorme identidad y propósitos, lecturas y gustos muy parecidos, a veces con discrepancias. Te sentías no tanto protegido como estimulado. Había gente, había locos como tú, que en lugar de que les gustara lo que estaba de moda en ese momento, les gustaba un marginal francés del siglo diecinueve. O en vez de leer a Antonio Machado que era el Pope de nuestra literatura, leían a Roberto Arlt o a Macedonio Fernández o a cualquier autor que en España entonces no se conocía…el propio Rulfo, en España Rulfo llegó muy tarde, yo recuerdo haber leído las primeras obras de Rulfo, y no es que fuera un maldito, pero era desconocido. Y muchos de ellos formaban, si no grupos, por lo menos células. Y nosotros teníamos una célula, que luego, a partir de setenta se convirtió en grupo que tuvo mucha repercusión. Nos pusieron verdes, o sea, se metieron con nosotros. Luego se olvidó y pasamos al dudoso papel de “clásicos en vida”. Pero en su momento fuimos vilipendiados.

Es un paso de rigor

Sí. También vilipendiaban a los impresionistas.

El crecer y formarse en un grupo así implica también una gran nutrición. Inspiración mutua, retroalimentación.

Yo aprendí mucho de mis contemporáneos, no solamente de los maestros que ya por edad y por formación eran maestros auténticos como Aleixandre o Benet o Gil de Biedma o de quien fue después mi editor, Carlos Barral. Aparte de ellos, aprendí mucho de contemporáneos míos que eran más sabios que yo. Yo siempre fui muy esponja. Estoy muy atento a absorber lo que haya a mi alrededor que me parezca útil, y eso ha sido una de las grandes suertes de mi vida.

¿Te sientes más cómodo en la novela que en el cuento?

Bueno, yo creo que se puede ir alternando. Yo he escrito bastantes cuentos, pero como no he publicado diez libros, pues a veces se hace un recuento y no aparezco yo en España como cuentista.

Cuando te sientas a escribir una novela, ¿Cuál es tu proceso? ¿Ya tienes claro para dónde va desde un principio?

No, yo nunca tengo claro nada.  Jamás puedo escribir si lo tengo todo sabido. Hay escritores que lo hacen así, y no son malos. No. Yo voy a la aventura. Tengo ideas generales que muchas veces traiciono. El cuento también, aunque quizá es más fácil ahí, pero una novela, hacer eso, cuando llevas ya cien páginas, y además libros como estos últimos míos que son voluminosos.

La gente a veces no se lo cree, pero yo en El abrecartas tenía una foto, una carta y un viaje a Suiza en que tuve que hacer un encargo para una embajada, y a partir de ahí inventé todo. Cuando iba por la página cincuenta no sabía que por la ciento cincuenta Aleixandre iba a conocer una persona en España y esa persona se iba ir al exilio a México. Todo eso nació sobre la marcha.

¿Y te obliga a volver atrás…?

Sí, pero no hago muchos cambios. A veces me tengo que apuntar algún nombre para no equivocarme y llamar a una chica que se llama Manuela, Lola. Yo voy haciendo el libro cada día, y además creo en la inspiración. Cosa que es una maldición, porque para mí la inspiración tiene que empezar por haber dormido bien, y si ese día por alguna razón…por ejemplo, hoy no voy a escribir porque estoy aquí, pero hoy no podría escribir bien, porque anoche hubo un coctel por el festival y estuvieron ahí hasta las tres de la mañana y yo estoy viviendo en ese hotel, al lado de la fiesta.

¿Trabajas en la mañana o por la noche?

 Mañana y tarde, pero tengo que despertarme bien dormido. Y eso ya es la primera inspiración. Si no tengo eso, ya ni me pongo a escribir. Bueno, puedo trabajar un artículo una carta o lo que sea, pero el libro, por ejemplo, novela no. Tengo que estar muy descansado. Escribo dos sesiones, por la mañana y por la tarde, después de una pequeña siesta, pero muy pequeña. A veces, generalmente, sin meterme en la cama, en un sillón.

¿Escribes a mano?

Escribía a mano, pero ya me pasé al ordenador. He mantenido a mano, dos reminiscencias: la poesía, yo sigo escribiendo poesía. He publicado menos que otros poetas de mi generación, pero ahí estoy. Y un diario que llevo, con ya muchas páginas...miles de páginas. Pero hay que buscar papel adecuado, porque yo quiero que sea un un papel de calidad, y no es fácil encontrarlo.

Twitter @rgarciamainou

RicardoGarcía Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).