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En vez de respirar, suspiro

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Foto: CortesíaCortesía

Aparece sigiloso como un gato, un virus, la ventisca. Al principio no pasa nada. El cuerpo es el mismo de siempre, los días se suceden, cómodos, iguales. Pero de pronto un nombre, una imagen o una esperanza de quién sabe qué-se nos aloja en el espíritu. No se sale. No se dice, todavía no estorba. Aún no es demasiado tarde. Apenas la agridulce etapa de reconocer que nos mintieron: el amor no es la paz. Es Troya ardiendo y las flechas de Cupido puntiagudas. Que lastiman, pero a la vez paralizan de dicha. Muy pronto los días, las noches se desdibujarán y cambiarán de luces y de nombre. Ya no podrá respirar, puro suspiro. Toda felicidad podrá ser sufrimiento. Y las derivaciones de tal martirio delicioso serán las de todos conocidas –tarjetas, flores, una nueva afición por los boleros, por ejemplo- o unas ganas locas de bailar y cantar y hacer poesía. Pero todo mal habrá valido la pena si obtenemos el bien de un solo beso. El amor habrá llegado y estaremos viviendo en el lirismo. ¿Cómo liberarnos? ¿Cómo encausar tanta furiosa marea a un tranquilo lago? Cosa de leer a los clásicos, tal vez. Y quizá tal tortura –como muchas otras- hallará consuelo en los libros de otras vidas. Porque no estamos solos ni somos los primeros.

Piénselo, lector querido: Dante paseó por el infierno nada más para llegar hasta Beatriz, el joven Werther de Goethe convirtió todos los cielos nublados en el más puro espejo de su corazón hecho pedazos, Ana Karenina se tiró a las vías del tren antes de dejar de amar lo equivocado y Amaranta Buendía puso su mano en la estufa encendida para no olvidar que en alguna fecha alguien había quemado su alma para siempre. Pero nosotros no somos así –como bien cantó Cri Cri en “La muñeca fea”.

Mejor, ahora que sólo faltan dos días para celebrar, fije en su mente otro lenguaje: en la poesía que, como el amor, es misteriosa, indefinible y aunque se componga de ritmos, rimas, números y versos parece una cuestión divina. Algunas veces, dicen los poetas, hasta dictada por la mano de Dios porque es la perfecta composición del más puro sentimiento. Desde el Cantar de los Cantares (¡Oh, si él me besara con besos de su boca!) , pasando por Aristófanes, Catulo, Lesbos, Shakespeare, Chaucer, Baudalaire, Verlaine y William Blake , hasta todos los poetas del pasado reciente y presente, han utilizado sus dotadas plumas para escribir los más variados lances, festejar la maravillosa sensación de triunfar en la batalla de fundirse en el otro y de la necesidad de hallar un destino que convierta todo en felicidad y cante en lindos versos de los sinsentidos y sentidos de la vida.

¿Definir el amor? Esa es travesía que viaja en otras naves. “Amor es un niño cruel y a menudo experimenté sus rebeldías”, escribe Ovidio en El arte de amar; William Burroughs, al final de sus días, antes de matar a su mujer de un disparo en la cabeza cuando trataba de emular a Guillermo Tell, consigna en su diario que “el amor es mayormente un fraude, una mescolanza de sexo y sentimentalismo vulgar”.

Vale más la pena recordar que poetas mexicanos o de lengua española también han hablado del amor en todos en sus tonos y facetas: los amorosos que callan de Sabines; Villaurrutia en sus décimas, amorosas y lúgubres; un desolado Acuña anunciado su no correspondido amor antes de muerto, la poesía de Alí Chumacero, habitada por la liturgia, el sexo y un hermetismo que raya con la dureza de un diamante (“Porque el tacto ilumina tu desnudo / que a su trémulo encuentro se ha mudado/ en sal, paloma, vuelo, rosa y llama,/y oye cómo por tu piel florece/ y madura la sombra de la muerte.”). La Cleopatra de Díaz Mirón, tendida de espaldas entre púrpura revuelta, toda desnuda ella y aspirándo las esencias del sensual amor o los poemas llenos de erotismo de Tomás Segovia. También están los sonetos obscenos de Salvador Novo y las enseñanzas de Eduardo Lizalde en sus Siete lecciones sobre sexo (“Nada de que el sexo / sólo con amor es sexo / El sexo es siempre amor, / nunca el amor es sexo. / El amor no es amor, /el sexo es el amor. /No hay sexo sin amor / pero hay amor sin sexo, y no lo es. / Todo amor sin sexo es corruptible”) pero usted no debe citar –todavía- a ninguno de los dos.

Para un buen 14 de febrero, supongamos abiertamente correspondido- una relación primaveral, todavía de mariposas (en la panza)-, donde ilumina el solecito (porque se despierta al lado de su amor), todo azúcar y caramelo (manifestados tanto en la báscula como en las dulces palabras de su amada)-, usted puede lograr ambiente inolvidable, el recuerdo perfecto y agasajar de amorosa manera al objeto de sus desvelos. ¿Organizar una cena, buscar un regalito, serenata con mariachi? Deténgase. Considere. ¿Ya se dio cuenta que los animales de peluche sólo hacen ilusión hasta los cuatro años? (Si su amada brincó de gusto con el último osito peludo que usted le regaló, estaba fingiendo). ¿Chocolates? A todo el mundo le gustan, pero pocas ignoran que una barra de 40 gramos equivale, en calorías, a media pizza de salami con extra-queso. (Vuelva a considerar: ¿está ella a dieta? ¿le pregunta todo el tiempo si ve gorda?). Deténgase de nuevo. Recuerde lo que ha leído y acuda a la perenne magia de las palabras. No cuestan y salen del alma. Y ¿qué habremos de decir?

Aquí una breve guía:

Si se trata de explicarle cómo se sintió aquel primer día, hágalo como Ignacio Manuel Altamirano: Era el amor más tímido, inocente, / ráfaga pura del albor naciente, / apenas devaneo / del pensamiento virginal del niño; / no la voraz hoguera del deseo, / sino el risueño lampo del cariño. (Después, ya le explica que “lampo” es un resplandor fugaz y no una grosería).

Cuéntele cómo es la felicidad que siente, acudiendo al buen Amado Nervo (y cambiándole el tiempo verbal): El día que me quieras tendrá más luz que junio, / la noche que me quieras será de plenilunio / con notas de Beethoven vibrando en cada rayo / sus inefables cosas / y habrá juntas más rosas / que en todo el mes de mayo.

¿Despertar su pasión? López Velarde: Antes de que deserten mis hormigas, amada / déjalas caminar camino de tu boca / a que apuren los viáticos del sanguinario fruto / que desde sarracenos oasis me provoca. Luego le explica pronto que las “hormigas” no son más que una metáfora de cómo es que el deseo hormiguea en un cuerpo hambriento.

Pero si no desea entrar en poéticas profundidades, vaya al cancionero popular mexicano (¿qué tal Llorona tú eres mi chunga, me quitarán de quererte Llorona, pero de olvidarte nunca, convenientemente sustituido con el nombre de la interfecta?). Puede usted elegir entre mil ejemplos.

Debe tener mucho cuidado. No le diga nunca me gustas cuando callas porque estás como ausente, sólo porque alguien le dijo que Neruda era romántico; ni haga una cita incompleta de Sabines como Los amorosos andan como locos / porque están solos, solos, solos, si no quiere que la celebración termine en un mar de llanto.

¿Y si mejor le regala un buen anillo?

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