Hay razones éticas para poner ciertos grupos en la lista de prioridades, pero el presupuesto es finito y la lista de necesidades para el país es infinita.

El optimismo es como el consumo del alcohol. En dosis moderadas es bueno. En exceso, hace mucho daño: empieza por alterar la percepción de la realidad y entorpecer los sentidos. Luego estropea la comunicación y, después, provoca los accidentes. Llevamos menos de una semana del nuevo gobierno y ya empieza a oírse el canto de las sirenas. Algo del ambiente recuerda a lo que pasaba en el tercer año de Carlos Salinas. Otra parte, al arranque del gobierno de Vicente Fox.

Estas comparaciones son odiosas. Lo sé. Hemos madurado en los últimos años. No somos el mismo país que éramos en 1991 ni en el 2000. Esta vez puede ser diferente, pero el optimismo es más útil si se le ponen unas gotas de prudencia. No se trata de arruinar las buenas vibras, sino de asumir una actitud más mesurada. Un presidente y su equipo no necesitan un país de cheerleaders.

Quiero, como casi todos, que le vaya bien a México. Estoy seguro de que podemos crecer más de lo que lo hemos hecho. Romper el techo de 4% del PIB y aspirar a tasas de 6 o 7% sostenidas. Coincido en que es necesario terminar con la inercia e intentar grandes cambios en el sector energético, en materia hacendaria y en el campo. Poner al día la política social y acabar con la pesadilla de la inseguridad.

El optimismo que viene de afuera es difícil de controlar, pero no hay que mezclarlo con el propio. México se ha convertido en el tuerto en la tierra de ciegos de la economía mundial. Los observadores internacionales nos han revalorado en un contexto en el que gran parte del mundo se ha devaluado.

México está casi en el mismo lugar en los ranking que valen la pena. Revisen el PIB per capita; los índices de competitividad del Foro Mundial de Davos; el reporte de Doing Business del Banco Mundial y los informes sobre Desarrollo Humano de la ONU. En ninguna de estas tablas estamos en los primeros 50 del mundo. Tampoco figuramos a la cabeza en América Latina. Seguimos siendo los mismos. Entonces, ¿por qué tanto optimismo?

Lo mejor del gobierno entrante es que está imponiendo la idea de que los cambios son inevitables. Al discurso anterior de la imposibilidad de cambiar, está oponiendo un mensaje de la urgencia de la transformación. ¿Cambios? Están los cambios posibles y los necesarios, ¿de cuáles tendremos?

De las críticas que se han hecho a la Presidencia de Calderón, la más generalizada es que comenzó una gran guerra sin estar preparado. La justicia moral de su causa no le hacía candidato al triunfo porque, en las grandes causas, es más importante ser eficiente que tener razón.

Son muchas las propuestas del gobierno entrante y sería imposible abarcarlas todas en un artículo. Me quedo con un puñado de ellas para cerrar este texto. ¿Está listo el gobierno de Enrique Peña para hacer una redistribución masiva en favor de las personas mayores de 65 años, las jefas de familia y los trabajadores que pierdan su empleo? Hay razones éticas para poner estos grupos en la lista de prioridades, pero el presupuesto es finito y la lista de necesidades es infinita.

La duda es si el gobierno tiene la fórmula para pasar del discurso a las buenas intenciones, sin subir impuestos y sin aumentar déficit fiscal.

Quiero ser optimista, pero prefiero ser prudente. Las cuentas del Presupuesto 2013 nos darán una primera inmersión a la realidad.

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