La juventud nos ha hecho ser aventureros, osados y necios. Es en este periodo que muchos, a costa de la economía personal, salen huyendo de casa en busca de una vida independiente, libres de las ataduras tradicionales y orgullosos de la capacidad para subsistir por sus propios medios. Por supuesto, un hecho que varía conforme a la cultura y a las oportunidades que tienen unos jóvenes frente a otros; sin embargo, pocos podrán negar que la intención independentista ha latido alguna vez en su corazón.

Ese impulso hoy lo siente poco más de 50% de los habitantes de la región de Cataluña, quienes con pancartas, manifestaciones y consultas se han levantado para exigir y proclamar su independencia. Esto plantea dos interrogantes que siguen hoy vigentes: ¿Puede Cataluña ser independiente? ¿Le conviene?

El estado de Yucatán vivió varias fiebres independentistas impulsadas por la ferviente economía local generada por la producción de henequén. Los movimientos yucatecos se plantearon sobre una lógica económica vinculada a las élites de la zona. No había un fondo cultural o indígena, siendo que, en ese entonces, las haciendas tenían reprimida a la población nativa. El caso catalán es todo lo contrario: un movimiento que se pinta de racional, con bases económicas, pero que en el fondo es empujado por la emoción. Esto lo demuestra un reporte de El País al encontrar una correlación entre que, a mayor linaje familiar catalán, mayor es la intención independentista.

Entonces, ¿puede Cataluña ser independiente? La respuesta es sí, pero jamás bajo el consentimiento del gobierno español. Primero, porque su independencia es ilegal y segundo porque una España racional, o ningún país racional, regalaría 20% de su economía. Pero, por si fuera poco, Cataluña no tiene fuerza armada que le permita establecer una guerra con España. El caso está envuelto en una fórmula que hace fantasiosa la idea de una Cataluña independiente.

Por tanto, ¿le conviene a Cataluña ser independiente? Aquí hay más puntos encontrados, pero la respuesta predominante sigue siendo el no. La Unión Europea ya se dijo indispuesta a aceptar a Cataluña como país, con lo cual la región perdería el uso del euro y las facilidades comerciales que hoy tiene. Sumando a ello, no hay motivo para que las empresas, hoy asentadas en Cataluña, se queden tras una independencia. Es decir, una independencia bajo las condiciones actuales no dejaría rastro de la riqueza con la que hoy se justifica la secesión.

La solución podría estar en una actitud moderada del movimiento, exigiendo al gobierno español la posibilidad de que Cataluña pueda tener control sobre los impuestos que recauda. De lo contrario, los catalanes deberán esperar una catástrofe o gran conflicto que, debilitada España, les permita retirarse sin mayor resistencia; asumiendo que Cataluña no se vea afectada por dicho conflicto.

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