Llevo casi 90 días de confinamiento. A lo largo de estos meses he salido de mi casa sólo en un par de ocasiones, las dos al banco por asuntos que no podía evitar. No he contado cuántas veces me he lavado las manos en estos tiempos de encierro, pero haciendo un cálculo aproximado creo que unas cuatro o cinco mil veces, sin exagerar. Me he puesto gel otras tantas y mis ojos se han desgastado por los cientos de horas trabajando en el Zoom. He cumplido hasta el día de hoy con la misión que decidí aceptar: no contagiarme y no contagiar a nadie.

Dicen que las cosas —sin ninguna razón médica que lo avale— van a cambiar, que supuestamente vamos a entrar en una “nueva normalidad” y francamente no me siento preparada. Siendo honesta, me da mucho miedo enfermarme y terminar mis días sin mis seres queridos y conectada a un respirador. Esto es: mejor no salgo. Han sido tan contradictorios; en los mensajes ha habido tal confusión y, si me lo permiten, manipulación en la información que nos han dado las autoridades que, como dicen en mi pueblo, no hago confianzas. De plano no salgo y háganle como quieran.

Desde luego yo soy una privilegiada y me puedo dar el lujo de ganarme la vida desde mi casa, y probablemente por eso y porque hay algo en los mensajes de los altos funcionarios que no acabo de comprender que afianza mi necedad.

A pesar de que se repite hasta la saciedad, no veo que se haya aplanado la curva de contagios —quizá las neuronas de algunos funcionarios sí—, tampoco encuentro en medio de todo lo que nos han dicho que las estampitas del Sagrado Corazón o las “nanopartículas” de cítricos hayan espantado a la pandemia. Probablemente porque soy una mujer de poca fe, después de recordar estas inolvidables declaraciones con más razón me quiero quedar en mi casa.

Trato de entender qué me está pasando y hago un ejercicio profundo e introspectivo (jungiano, de preferencia) para descubrir qué hace que esté tan aferrada a quedarme guardada. ¿Qué tendré?

La verdad es que allá afuera todo es un desastre y debo reconocer que soy una cobarde y no tengo ni tantitas ganas de ver la realidad. Prefiero quedarme con la idea de que no han quebrado más de 2,000 restaurantes en México, no quiero reconocer que de menos 262 hoteles nunca volverán a abrir sus puertas. Me encanta la fantasía de que los teatros están abiertos y puedo escoger en la cartelera cuál obra ir a ver; soñar que me como mis palomitas en el cine, que existe el Fonca, que las estancias infantiles están abiertas, que Taibo no dirige el FCE, que hay medicamentos para los niños con cáncer, que el aeropuerto de Texcoco se convertirá en el gran hub de Latinoamérica, que México forma parte de los 25 países que generan más confianza para invertir, que habrá un Museo de Ciencias Naturales y Mamuts en Santa Lucía, que el Ejército ya no está en las calles, que se combate al crimen organizado con la ley en la mano, que Chumel debate en el Conapred. Deja eso: que el presidente sabe qué es Conapred y, más aún, que Conapred no discrimina ni participa en linchamientos mediáticos. Que el PIB crece un mediocre 2%, que la comunicación social del Conacyt no la manejan astrólogos, que nadie dice tonterías como el que los ventiladores eólicos afean los campos, que terminaron los feminicidios en México… en ese mundo quiero vivir y estar.

Esa realidad, la que quiero para los mexicanos, la tengo dentro de mí y dentro de mi casa. Sí, estoy muy neurótica, ni modo. Al reconocer mis males no me queda más que gritar: ¡viva la cuarentena! Después de mucho reflexionar llego a una conclusión atroz: qué bien estábamos cuando estábamos mal. Y de aquí no me muevo.

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.