Berlín.- A diferencia de la vuelta al mundo en 80 días de Julio Verne, el recorrido del mundo en los próximos 80 días será más un largo y arduo camino que una aventura, pero culminará en un evento con consecuencias mundiales e históricas.

En menos de tres meses, Estados Unidos tendrá su elección presidencial cuatrienal número 59. Debido a que Estados Unidos aún es más poderoso económica y militarmente que sus dos principales competidores (Rusia y China) juntos, sus elecciones siempre tienen impacto a nivel mundial, pero nunca antes hubo una que implicara una amenaza tan importante para el resto del mundo.

No hay dudas de que la reelección del presidente Donald Trump pondría en peligro tanto a Estados Unidos como al mundo. Además, hay muchos motivos para temer que una elección reñida podría sumergir a Estados Unidos en una profunda y prolongada crisis constitucional, y tal vez en la violencia civil.

De manera similar, si Trump solo consigue una victoria en el colegio electoral y pierde con el voto popular —como ocurrió en 2016— no es muy probable que su contrincante, Joe Biden, ni la mayor parte del país que se opone a él acepten el resultado tan fácilmente como lo hicieron Hillary Clinton en el 2016 y Al Gore en el 2000. Y si la Corte Suprema vuelve a intervenir para elegir al ganador, como ocurrió cuando escogió a George W. Bush en vez de a Al Gore, es casi seguro que habrá masivas protestas en todo el país.

En respuesta, Trump casi seguramente enviaría a las tropas de las fuerzas del orden federales, como ya lo hizo en Portland, Oregon y otras ciudades de ese país.

Otra opción, ya que Joe Biden sistemáticamente obtiene mejores resultados que Donald Trump en las encuestas de opinión, es que el actual presidente de Estados Unidos y candidato republicano podría intentar usar la pandemia del Covid-19 como pretexto para posponer o corromper de algún otro modo las elecciones. Ya dedicó el verano a denigrar la validez de los sufragios por correo para deslegitimar por anticipado las votaciones del próximo 3 de noviembre. Aunque estas acciones encontraron una fuerte resistencia en varios sectores de la sociedad, Trump está preparando el terreno para movilizar a sus partidarios y aferrarse a la Casa Blanca independientemente del resultado de las elecciones.

Los disturbios y saqueos como los que se registraron recientemente en ciudades como Portland y Chicago ayudarán inevitablemente a Trump en términos políticos mientras adopta esa estrategia. Ya estuvo dispuesto a desplegar las fuerzas del Departamento de Seguridad Nacional en el centro de Portland para intimidar a grupos relativamente pequeños (y, en su mayoría, pacíficos) de manifestantes. El resultado predecible (y probablemente buscado) fue la expansión de las protestas y la escalada de la violencia. El mensaje de Trump a los estadounidenses blancos de clase media que habitan en los suburbios es claro: en este país hay un presidente que mantiene la ley y el orden.

El uso de recursos federales para intimidar a la población también alimenta la narrativa trumpista de que no puede haber elecciones justas y en calma sin que sus opositores las manipulen a través del fraude electoral. Las imágenes de las milicias de extrema derecha fuertemente armadas que asistieron a las protestas pacíficas presagian lo que le espera al país este otoño.

Esta versión de Estados Unidos, cuyas divisiones internas se han derramado cada vez más hacia la política exterior tal vez sea la mayor amenaza a la seguridad que enfrenta el resto del mundo en la actualidad. En una época de crecientes riesgos en el planeta —desde pandemias y cambio climático hasta la proliferación de armas nucleares y la reafirmación china y rusa— la implosión política de Estados Unidos multiplicaría al máximo las amenazas. Estados Unidos es sencillamente demasiado importante en términos económicos, políticos y militares como para tomarse un descanso o, peor aún, convertirse en un saboteador impredecible en los conflictos mundiales porque su gobierno necesita presumir ante un electorado local limitado.

Solo nos queda esperar que la elección tenga un ganador claro tanto en el colegio electoral como a través del voto popular. Sin embargo, incluso en ese caso, el recuento para obtener el resultado final puede llevar tiempo, debido al enorme aumento de los votos por correo que se espera. Se considerarán válidas todas las boletas con timbres postales del 2 o 3 de noviembre (según el estado), por lo que no se conocerá el resultado final hasta después del día de las elecciones. Durante ese lapso de incertidumbre, cualquiera de los rivales, o ambos, pueden tratar de reclamar la victoria según el recuento de votos a la fecha.

En todo caso, no hay ninguna probabilidad de que Trump espere cortésmente en el Despacho Oval durante días o semanas hasta que esté listo el recuento final. Incluso ya ha insinuado vagamente, durante algunas entrevistas, que incluso si perdiera las elecciones no abandonará la Casa Blanca; de hecho, parece estar preparándose activamente para ese escenario. Si sigue ese camino, la principal superpotencia del mundo se encontrará frente a una prolongada —y tal vez inextricable— crisis constitucional.

La antigua alianza de los países occidentales democráticos e industrializados ha cometido muchos errores en los últimos años y eso ha afectado su reputación internacional, pero ninguna institución es más fundamental para mantener el atractivo general de Occidente que las elecciones libres y justas. Si el anterior líder de facto de Occidente no es capaz de defender siquiera este principio, el resto del mundo bien puede optar por otros sistemas políticos.

El autor

Sigmar Gabriel, ex ministro de Relaciones Exteriores de Alemania y líder del Partido Socialdemócrata, es presidente de Atlantik-Brücke, miembro de la junta de supervisión de Deutsche Bank y redactor de medios de Holtzbrinck Publishing Group.

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