Hungría y Polonia colocan dinamita a las puertas de la Unión Europea demostrando fragilidad en la cohesión que mantiene unidos a 27 países.

Ni la pandemia ni las largas jornadas de negociación han servido para liberar los 750,000 millones de euros, entre subsidios y préstamos, dirigidos a paliar los efectos del azote del Covid-19.

La presidencia de la UE en manos de Alemania ha propuesto condicionar la entrega de los fondos dependiendo de la salud del Estado de derecho de cada uno de los 27 estados. Hungría y Polonia lo consideran un chantaje; no desean que sus estados de derecho sean evaluados por eurócratas.

Hablan de soberanía en medio de un mecanismo (la Unión  Europea) que fue creado para evitar el estallido de las soberanías sobre el terreno bélico, como ocurrió en las dos guerras mundiales del siglo XX; hablan de democracia plena cuando no respetan la división de poderes.

Viktor Orbán es un presidente con rasgos autoritarios y xenófobos. Fue el húngaro el que ordenó colocar líneas de púas en su frontera para impedir que sirios, afganos y eritreos entraran a su país luego de ser expulsados de las guerras civiles que se desarrollan en sus respectivas naciones. Es Orbán el que pidió a los homosexuales “dejar a nuestros niños tranquilos” tras la aparición de un libro infantil que explica la homosexualidad.

Tras el Brexit, regresó a Bruselas el fantasma de varias cabezas, es decir, la posibilidad de una Europa con varias velocidades: países que no se comprometen a ceder soberanía por el miedo a un debilitamiento doméstico; populismos disfrazados de democracias que intentan eliminar la división entre poderes; democracias iliberales que mantienen coaccionada la libertad individual.

“Vamos hacia un choque inevitable”, indicaba una fuente diplomática a El País unas horas antes de que el lunes por la tarde se reunieran en Bruselas el Comité de Representantes Permanentes de los 27 estados miembros para analizar el mecanismo que podría medir la salud de las democracias.

Varsovia y Budapest lo rechazan pero Angela Merkel lo puede aprobar por mayoría cualificada.

El que nada debe, nada teme.

Hungría y Polonia amagan con no aprobar los presupuestos de la Unión Europea para los próximos siete años, más las ayudas para amortiguar los eferctos de la pandemia (1,074 billones de euros y 750,000 millones de euros, respectivamente). A Italia, España y Francia les urge los subsidios por ser los tres países más afectados por el Covid-19 en función del número de muertos.

Fuentes diplomáticas aseguran: “Ya hay contactos entre bambalinas para superar la crisis a la que nos quiere llevar Hungría”. Mañana habrá una reunión virtual entre los 27 líderes y se espera que encuentren una solución a la nueva amenaza que enfrenta la Unión Europea.

Hungría y, en menor medida Polonia, temen que los exámenes sobre el Estado de derecho se utilicen para castigar sus políticas públicas más polémicas, como las relacionadas con la independencia judicial, género u orientación sexual y libertad de expresión.

Solo un perfil como el de Orbán puede enfrentarse a la Unión Europea con argumentos absurdos por autoritarios. Hungría y Polonia tienen abiertos expedientes en el artículo 7 del tratado europeo y se juegan su derecho de voto en el interior de la UE, pero es muy difícil que ocurra porque requiere unanimidad.

“Quien está contra el principio del Estado de derecho está en contra de Europa”, señaló de manera atinada ayer 17 de noviembre, Donald Tusk, presidente del Partido Popular Europeo y ex primer ministro de Polonia.

La Unión Europea es mucho más grande que los populistas que la amenazan. El gran fraude del Brexit es una prueba. Pierde más Reino Unido que la Unión Europea.

fausto.pretelin@eleconomista.mx

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.