El primer partido de extrema derecha que ha llegado al Parlamento español en cuatro décadas se llama Vox.

Es un partido machista, como el estadounidense Donald Trump. Xenófobo, como el italiano Matteo Salvini. Homófobo, como el brasileño Jair Bolsonaro. Autoritario, como la francesa Marine Le Pen. Entre otros muchos excesos, sus dirigentes han asegurado que los inmigrantes pueden traer “pandemias como el ébola”; que la homosexualidad “no es amor, sino vicio” y “se puede curar con terapias”; que la prostitución es “la forma más segura” de tener sexo y evitar una denuncia por violación si eres hombre, y que las feministas son “feas como las hermanastras de Cenicienta”.

Vox nació el martes 17 de diciembre del 2013, a partir de que su fundador y líder, Santiago Abascal, se quedó sin trabajo tras años de vivir de distintos cargos políticos en los que lo había colocado el Partido Popular (PP, el principal partido conservador de España).

La irrupción de Vox ha radicalizado el discurso conservador.

España ha sido de los últimos países europeos donde un partido como Vox ha llegado al Parlamento, pero también ha sido de los primeros donde esta ideología ha alcanzado importantes cuotas de poder.

En Francia y en Alemania los conservadores se han negado a pactar con la extrema derecha y la han aislado. En España no ha sido así. Vox es socio del PP y del segundo partido de la derecha, Ciudadanos, en tres gobiernos regionales y en los ayuntamientos de decenas de grandes ciudades, empezando por la capital.

La relación entre derecha y extrema derecha es tan cordial que el PP abrió la puerta a Vox para participar en una candidatura conjunta de “unidad nacional” si se repiten las elecciones en noviembre. El discurso de Vox se está normalizando en España.