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Opinión

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El oscuro proceso de doña Josefa

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"Viva de ingenio, gentil de maneras, verbosa de palabra, nutrida de entendimiento, ágil de imaginación, resuelta de carácter y enamorada apasionadamente de los ideales que podían hacer la gloria de México”, doña Josefa Ortiz Domínguez, decían, tenía una personalidad fuerte y majestuosa. No como la de las emperatrices –aseguraban— sino como la de las “matronas romanas”, las “auténticas señoras de su hogar”.

Sin embargo, y según su propia voz, cuando la detuvieron la trataron como si ella fuera "el reo más facineroso”, el criminal más vulgar. A la dos de la mañana, destruyendo su casa y apenas con unas horas de diferencia de que Miguel Hidalgo aprovechara que era domingo, y en lugar de sermón y misa, diera a sus feligreses discurso y motivos para luchar contra el mal gobierno. Se iniciaría así el movimiento insurgente, pero también la etapa más negra en la vida de María de la Natividad Josefa Ortiz Girón, mejor conocida como la Corregidora.

Su marido, Miguel Domínguez, y los demás conspiradores también habían sido descubiertos y aprehendidos. Y es que, igual que en Valladolid, en Querétaro se había extendido el espíritu libertario y, con el pretexto de tratar sobre temas culturales y artísticos, los conspiradores habían cambiado de sede para reunirse en la pretendida Academia Literaria del clérigo José María Sánchez. A ellas, asistían “el maduro corregidor de la ciudad” y su esposa doña Josefa, los oficiales Allende y Aldama, los licenciados Lasso y Parra y los hermanos y los comerciantes, Epigmenio y Emeterio González, entre otros. La llama y las denuncias fueron creciendo, pero las tertulias también. En caso de necesidad, las reuniones podían llevarse a cabo en la casa del licenciado Parra, en la de la madre del boticario y, hasta triunfal y definitivamente en la residencia del mismo Corregidor, perfectamente atendidas y motivadas por su entusiasta esposa.

Involucrada en el movimiento independentista a través de Allende, de quien "se sugiere estaba comprometido con una de las hijas”, doña Josefa, debido a "su alma ardiente y tierna” que confundía en un mismo sentimiento a la familia y a la patria”, no tenía problema en convertir las sesiones artísticas en juntas secretas donde discutía la situación política del virreinato y los caminos para acabar con él. A través de ellas Allende informaba a Hidalgo sobre los acontecimientos políticos y los acuerdos del movimiento y Josefa tomaba nota.

Cuando fue detenida, según consta en actas, en su declaración, doña Josefa "se ha expresado y expresa con la mayor locuacidad contra la nación española y contra algunos dignos ministros...y es claro que el torrente de esa señora ha conducido a los depravados fines que he anunciado y no tiene empacho a concurrir en juntas que forman los malévolos".

La Corregidora fue encerrada en el convento de Santa Clara y su marido don Miguel en el de Santa Cruz. Poco después, el Corregidor fue puesto en libertad, mientras que doña Josefa siguió recluida y no fue sino hasta el año de 1813 cuando el gobierno volvió a ocuparse de ella. José Mariano Beristaín, funcionario de la corte que acudió a Querétaro para atender las denuncias sobre la influencia del clero en la revolución, escribió al virrey Félix María Calleja, que había en la prisión “un agente activo, descarado, audaz e incorregible, que no perdía ocasión ni momento de inspirar odio al rey, a la España, a la causa, determinaciones y providencias justas del gobierno legítimo de este reino”, y que éste traidor era doña Josefa, la mujer del corregidor, y terminaba calificándola como una Ana Bolena.

Después de tal informe, doña Josefa fue trasladada a la Ciudad de México y recluida en el convento de Santa Teresa. Desde ahí escribió al virrey solicitándole una audiencia y la libertad, debido a su mal estado de salud, por lo que fue enviada a una casa particular por un corto lapso. Más tarde se le transfirió al convento de Santa Catalina de Sena, a donde ingresó el 16 de septiembre de 1816.

Durante todo aquel tiempo se solicitó su liberación, pero la causa contra doña Josefa continuó. El auditor de guerra, Melchor Foncerrada, opinó que "padecía de enajenación mental, según la extravagancia de sus procederes". Finalmente, a la llegada del nuevo virrey Juan Ruiz de Apodaca, éste, a solicitud de don Miguel Domínguez, le concedió la libertad por decreto de 17 de junio de 1817.

Tras la consumación de la independencia doña Josefa rechazó el nombramiento de dama de honor de la emperatriz durante el primer imperio, así como rechazó cualquier recompensa que se le quisiera hacer por sus servicios. Si bien ya no tuvo una participación activa en la política, siguió manifestando su opinión ante hechos como la matanza de la Alhóndiga, la expulsión de los españoles y el fusilamiento de sus compañeros de lucha.

Después de injurias, prisiones e injusticias, Josefa Ortiz de Domínguez, murió, afectada de tisis, el 2 de marzo de 1829 en la Ciudad de México. Póstumos y tardíos llegaron los elogios, nombramientos y medallas. Se dijeron palabras muy pequeñas donde se reconoció que su valor y arrojo habían sido la chispa de la lucha libertaria.

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