La verdad, no lo sabemos. Sospechamos, eso sí. Cada vez más seguido y más profundamente. Los tiempos de creer que, cuando de  Historia se trata, por ejemplo, hay que aceptar exactamente lo que se escribió al respecto, parece que han pasado. No sólo porque ignoramos si es lo que verdaderamente sucedió –no hay video, youtuber o podcast que lo pruebe– sino porque para ello deberíamos tener libros. Y haberlos leído, por añadidura. Maestros también y algunas horas dedicadas al estudio.

Decía Galileo, seguramente porque era un genio y no porque estaba prediciendo el futuro cultural de nuestro mundo, que existían dos tipos de mentes “poéticas”: una apta para inventar fábulas y otra dispuesta a creerlas. Tampoco sabemos si estaba hablando estrictamente del género literario preciso –aquel que, a base de un pretendido comportamiento animal, inventó Esopo para retratar a los hombres– pero, de todos modos, harta razón tenía.

(En este punto y para discernir de lo mismo, lector querido, hagamos un alto necesario. “Fábula “, según el diccionario, es un “breve relato ficticio, en prosa o verso, con intención didáctica o crítica frecuentemente manifestada en una moraleja final, y en el que pueden intervenir personas, animales y otros seres animados o inanimados”. Pero también es una  trama argumental, un rumor, una habladuría, una relación falsa, mentirosa, de pura invención o la ficción artificiosa con que se encubre o disimula una verdad).

Regresemos al tema. Dicen que Jean de la Fontaine, autor de todas las fábulas de las que usted se acuerda, lector querido –la cigarra y la hormiga, el ratón y el león, el cascabel del gato, la zorra y la urraca– no estaba tan preocupado por las moralejas, sino por escribir y ganar cierta fama. Nacido en Chateau-Thierry, Francia,  el 8 de julio de 1621 –hace 400 años–  era un representante exquisito de la burguesía provincial. Tras una juventud despreocupada, fue nombrado Maître des Eaux et Forêts  (Maestro de Aguas y Bosques) y conoció específicamente  otras distracciones, las de frecuentar los salones y leer toda las tardes a los escritores antiguos. Aunque todo parecía hedonista, aquellas lecturas modelaron su propia obra. Su poema heroico inspirado en Ovidio, Adonis, por ejemplo, le proporcionó la protección de Fouquet, ministro de Luis XIV.

En1668 aparecieron sus seis primeros libros de fábulas, y gracias a la protección de otros aristócratas y fascinados fanáticos salieron la segunda y la tercera colección, esperadas por un ansioso público lector. Las Fábulas en su prólogo, estaban descritas como una adaptación corregida de las de Esopo y dedicadas a Monseigneur le Dauphin (el Delfín de Francia) que tenía entonces 7 años. Se decía que era literatura para niños. Después, algunos se dieron cuenta que el bestiario empleado, era un retrato fiel de la sociedad humana y sus defectos. Sin embargo, como los hombres, los animales no estaban reducidos a un papel constante: el león, por ejemplo, aparecía como un ser brutal, injusto y tiránico y después como sensato y generoso. Pero todo fuera como eso, La Fontaine no se engañaba, en el fondo, sabía que todos los hombres eran iguales. En su  fábula “La mochila” lo demuestra:

“Cuentan que Júpiter, antiguo dios de los romanos, convocó un día a todos los animales de la tierra. Cuando se presentaron les preguntó, uno por uno, si creían tener algún defecto. De ser así, él prometía mejorarlos hasta dejarlos satisfechos.

–¿Qué dices tú, la mona? –preguntó.

–¿Me habla a mí? –saltó la mona–. ¿Yo, defectos? Me miré en el espejo y me vi espléndida. En cambio el oso, ¿se fijó? ¡No tiene cintura!

–Que hable el oso –pidió Júpiter.–Aquí estoy –dijo el oso– con este cuerpo perfecto que me dio la naturaleza. ¡Suerte no ser una mole como el elefante!

–Que se presente el elefante...–Francamente, señor –dijo aquél–, no tengo de qué quejarme, aunque no todos puedan decir lo mismo. Ahí tiene al avestruz, con esas orejitas ridículas...

–Que pase el avestruz…”

Y así, se siguió hasta comprobar que el león cree que todos son de su condición y nadie reconoce tener defecto alguno.

Para terminar la página y comenzar esta última mitad de año, lector querido, una moraleja: las abuelas y las fábulas, desde Esopo hasta Monterroso, siempre tienen razón. La paciencia y el tiempo logran más que la prisa y la violencia y faltan más días por transcurrir que los que ya se han ido. Respire hondo. Hable de otra cosa. Otórguese un tiempo y reflexione. Después agradezca.

Tiene la  fabulosa suerte de estar aquí justo en este momento.