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El izquierdista apócrifo
Como bien sabemos los que pasamos por ahí, las maneras de las izquierdas en las décadas de los 60, 70 y 80 no eran suaves. La desconfianza entre corrientes (maoístas, estalinistas, trotskistas, etc.) era algo común y las descalificaciones el pan diario. Los adjetivos “ofensivos” favoritos eran: pequeño burgués, aburguesado, reformista y algunos más por el estilo. A veces vigilábamos a nuestros propios camaradas por si ocurría alguna desviación, listos para saltar sobre el cuello del desviacionista. Dedicamos demasiado tiempo a buscar la pureza ideológica.
Las mañaneras del presidente López me recuerdan los modos de aquella izquierda, plagada de descalificaciones, pero las del mandatario suelen ser una maraña de odios, ideas confusas y lugares comunes. El problema central es que López Obrador nunca pasó por la izquierda, ni antes ni ahora. No es un viejo comunista o socialista ni tampoco un socialdemócrata.
Luego viene el asunto de la disciplina y la militancia. En aquella vieja izquierda ambos asuntos se tenían que vivir como personajes de La madre (Máximo Gorki) o Así se templó el acero (Nikolái Ostrovski). Había abnegación, pocos recursos y grandes esfuerzos dedicados a un objetivo: llegar al socialismo en México. Alimentados por lo que veíamos de la Revolución Cubana, el triunfo de los sandinistas, la lucha de los Tupamaros o los ejemplares luchadores sindicales y sociales del tipo de Lula, Hugo Blanco o Evo Morales creíamos que bastaba ser de acero para lograr los fines. Había mucho de autosacrificio al estilo del cristianismo primitivo. Pero todas las utopías parecen terminar en realidades distópicas. En cambio, la militancia y disciplina del presidente López solo tiene un fin: fomentar el culto a su persona. Su austeridad es de palabra, la impone a otros, pero él vive en un Palacio. Y lo peor, sus resultados son malos en economía, seguridad y salud, entre otros rubros.
También está el tema de qué hacer con el Estado. Al conquistar el poder ¿se deben destruir las instituciones del Estado o reorientarlas? Este no es, por cierto, un debate menor, aunque sí anticuado. Cuando Salvador Allende ganó las elecciones en Chile, muchos miembros de la izquierda lo alentaron a destruir las instituciones. Su argumento era que estaban diseñadas para servir al capitalismo. El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 que terminó con su gobierno y su vida parecieron confirmar la idea de que es necesario “destruir” al Estado y fundar uno nuevo.
Lenin atribuía a Karl Kautsky, que había sido su guía en muchos aspectos, el carácter de “renegado” y “oportunista” por negarse a destruir al Estado para fundar uno nuevo. En la ignorancia de los textos de Kautsky le creímos a Lenin. Lo cierto es que su acusación era falsa. Ambos creían que el mejor modo de conquistar el poder era a través de la democracia burguesa, pero que una vez en el poder había que “desmontar” las instituciones que garantizaban al “Estado capitalista”, como el Ejército.
Actualmente, el debate está superado. Como nos enseña la historia del siglo XX y lo que va del XXI, el costo de desmontar las instituciones es social y financieramente muy costoso, se crean lagunas, se cometen errores, se fomenta la corrupción y, sobre todo, se entronizan líderes mesiánicos y autoritarios. Pero López Obrador es ajeno a todo este debate sobre el Estado y sus instituciones que se dio en la vieja izquierda mexicana. Su propuesta cotidiana de acabar con las instituciones no está basada en teorías, sino en mentiras, suposiciones y el deseo de centralizar el poder. Más cerca de un gobierno bananero que de un viejo estalinismo.
Finalmente, está el asunto de la teoría, el proyecto de nación y el qué hacer para llegar a un cambio de fondo. Marx, Lenin, Trotsky, Luxemburgo y Gramsci, por mencionar solo a algunos de los grandes nombres, eran lectores ávidos y teóricos formidables. Tenían formación, hablaban y leían en varios idiomas y eran poseedores de una prosa rica. Tenían una crítica al mundo y proponían uno nuevo. Podrían tener razón o no, pero los alcances de sus palabras, sus propuestas y su acción cambiaron al mundo. El presidente López no aprendió de ellos, no los conoció. No tiene propuestas teóricas o proyecto de nación, tan solo frases manidas e ideas vagas. Ni siquiera es un recién llegado a ese mundo de ideas porque no se ha acercado a ellas.
La vieja izquierda mexicana debió leer más a Tolstói, Dostoyevski, Stendhal o Víctor Hugo, por citar unos cuantos, y menos a Gorki y Ostrovski, pero en la inmensa mayoría de nosotros latía un corazón sincero, equivocados o no.
Que el presidente López Obrador es de izquierda… a otro perro con ese hueso.