Gobiernos alrededor del mundo están ocupados en diseñar políticas con un objetivo dual; la reactivación económica en respuesta a la recesión que trajo la pandemia y cumplir con los compromisos de reducción de emisiones de dióxido de carbono (CO2). Esto implica un aumento considerable de inversiones en digitalización y en las llamadas tecnologías verdes, pero también un mayor uso de recursos naturales como metales.

Las tecnologías verdes, incluidas las energías renovables y vehículos eléctricos, y la expansión de redes de telecomunicaciones, requieren de más metales que sus contrapartes basadas en carbón y petróleo.

En un reporte publicado en mayo de este año, la Agencia Internacional de Energía (IAE por sus siglas en inglés) señala que desde 2010 la cantidad promedio de minerales necesarios por una nueva unidad de capacidad de generación de energía ha aumentado en un 50% a medida que ha aumentado la proporción de nuevas inversiones en energías renovables.

De acuerdo con la IAE, un auto convencional usa 33.5 kg por vehículo de metales, principalmente cobre y manganeso, mientras que un auto eléctrico usa en total más de 200 kg por vehículo de al menos 6 metales distintos. Para producir un megavatio con gas natural se necesita de 1,150kg de metales mientras que para producirlo con energía eólica marina se necesitan más de 15 toneladas de metales. 

Minerales como litio, cobalto, manganeso y grafito son cruciales para el rendimiento y durabilidad de las baterías. Redes eléctricas y de telecomunicaciones, al centro de una economía digital, necesitan grandes cantidades de cobre y aluminio. Metales raros son importantes componentes en la producción de imanes y convertidores catalíticos usados en las turbinas de viento.  

La adopción de fuentes de energía con una menor huella de carbono está incrementando tanto la demanda por minerales que ya se habla de un súper ciclo en el mercado de materias primas posiblemente más pronunciado que el detonado por el rápido crecimiento económico en China en este siglo. Si la oferta de minerales no se ajusta adecuadamente a la demanda es posible que veamos un aumento sostenido en los precios y una desaceleración en la transición energética. 

Sin embargo, una subida en los precios de los minerales y la necesidad de diversificar en los portafolios de las industrias dedicadas a los combustibles fósiles no deberían ser la única preocupación. La extracción acelerada de minerales para satisfacer la demanda generada por las tecnologías verdes conlleva un incremento en el uso de energía que proviene de los hidrocarburos y, como en el caso del litio, de un uso descomunal de agua en zonas, como en Sonora, donde el recurso ya está en niveles de crisis. 

Además, muchos de los productores de estos metales tienes sus propios retos sociales y económicos como la Republica Democrática del Congo y su asociación con la producción de cobalto usando trabajo infantil.

Los esfuerzos para reducir las emisiones de carbono requieren de un mejor entendimiento de como calcular la huella de carbono en el desarrollo de tecnologías alternativas y del impacto social y ambiental de este proceso. Las políticas energéticas deben ser consistentes con los problemas ambientales que se supone deben resolver.  Si la fabricación de tecnologías verdes produce mayores niveles de emisiones de carbono que las que se evitarían por su funcionamiento, el beneficio no sería para el ambiente ni la sociedad, sino para la  industria involucrada en el desarrollo de estas tecnologías.  El problema climático es muy complejo y está relacionado directamente con el uso de energía, debemos empezar por reducir aceleradamente la demanda de energía a través de cambios en nuestros patrones de consumo e incrementar nuestro entendimiento para escoger alternativas que realmente generen menores emisiones.

Lucía Buenrostro

Actuaria por la UNAM

Columna invitada

Lucía Buenrostro es Maestra en Economía por El Colegio de México y Maestra en Matemáticas y Finanzas por el Imperial College (Reino Unido). Es Doctora en Economía por la Universidad de Warwick (Reino Unido). Ha desempeñado labores de docencia e investigación en la UNAM, en la Universidad de Warwick y en la Universidad de Oxford.

Cuenta con una amplia y sólida trayectoria en el sistema financiero internacional donde laboró por casi 15 años en Londres como responsable de áreas de administración de riesgos en la banca de inversión.

Lee más de este autor