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El fenómeno Chile
Chile fue uno de los primeros países en consolidar una democracia estable en la región, después de las dictaduras...
Chile fue, durante un buen tiempo, el supuesto ejemplo del país en el que mientras se tuviera cierta prosperidad y estabilidad económica, la desigualdad en realidad no importaba. En todo caso habría que reducir la pobreza. Desde el inicio de los años 80, poco antes que el resto de América Latina, Chile tuvo un profundo programa de reajuste económico, promovido por la dictadura, para estabilizar sus finanzas, abrir la economía y hacer reformas de mercado incluso en sectores que no fueron tocados en otras naciones, como salud y educación. Chile tiene enormes ventajas comparativas frente al resto del subcontinente, buen capital humano y empresarial, un sofisticado sistema financiero, una eficiente explotación minera, un sólido sistema universitario, turismo y una industria agrícola que genera productos de alto valor agregado. Después de las reformas económicas, Chile definitivamente generó prosperidad, pero mantuvo las enormes desigualdades post coloniales, propias de la región, pero acentuadas por la dictadura y las instituciones de mercado en los servicios sociales.
Chile fue uno de los primeros países en consolidar una democracia estable en la región, después de las dictaduras. Una coalición de partidos de centro derecha y centro izquierda, conocidos como los de la concertación, ganaron el referéndum que terminó con la dictadura y dominaron el panorama electoral, que después compartieron con la formación de derecha del actual presidente Sebastián Piñera, cuando ya renegaban del pinochetismo. Era una de esas democracias “aburridas” en las que la derecha e izquierda se alternan el poder. Pero, al parecer, el pecado original de la enorme desigualdad provocó una reacción tal de la sociedad, contra la desigualdad, que obligó a un constituyente en donde el resultado electoral borró a los representantes de los partidos de la transición.
Los ganadores fueron los candidatos independientes, 103 de los 155 (77 mujeres gracias a que desde la elección se establecieron cuotas de género) no tienen militancia, y las formaciones de jóvenes políticos de izquierda, surgidos de las protestas universitarias, el Frente Amplio y el Partido Comunista. Los partidos tradicionales no tendrán siquiera poder de veto, ya que no alcanzan ni la tercera parte de los asientos en el Constituyente que tiene que aprobar las enmiendas con dos terceras partes de la asamblea. Las comunidades más populosas de Santiago, y de otras ciudades del país, serán gobernadas por jóvenes izquierdistas que apenas superan los 30 años, pero que tienen un amplio trabajo en las comunidades. Llama la atención el caso de Irací Hassler, una joven economista, del partido comunista, dirigente política universitaria, que ganó la elección del centro de Santiago a Felipe Alessandri, la quintaesencia del político de abolengo, con el tipo de apellido que ha dominado la política de ese país.
Ariel Dofman señala que se espera que en la nueva constitución, que va a sustituir a la de Pinochet, se realicen reformas importantes en temas como la violencia policiaca (endémica desde la dictadura), en gravar y limitar a las grandes fortunas (seguramente con impuestos al patrimonio, a la herencias y límites a los monopolios y a las concesiones públicas), recobrar el carácter público de servicios de educación y salud, medidas ambientales, combate a la corrupción y reconocimiento de los derechos de la comunidad de la diversidad sexual y de las de los pueblos originarios.
Se espera incluso que en uno de los países donde la iglesia ha tenido mayor influencia en la política pública, se avance en la despenalización del aborto, otros derechos sexuales y reproductivos. Una muy buena noticia es que, por medio del voto, Chile ha podido dar cause institucional y ordenado a la demanda de construir una sociedad más justa, por medio de cambios profundos al sistema político y de gobierno. Se trata de un resultado muy alentador para la democracia.
Twitter: @vidallerenas

