El feminismo, en su multiplicidad, busca la emancipación de las mujeres en una sociedad en que el ejercicio de derechos y libertades sea real, donde la igualdad no quede en retórica vana y donde el derecho a una vida sin violencia no suene a cliché vacío. Por eso quienes son y actúan como feministas o están comprometidas con la causa de las mujeres y niñas no pueden callar ante los abusos de los dominantes, ni tolerar las mentiras del gobierno y sus seguidores, ni justificar las manipulaciones de partidos que quieren usar ciertas demandas y escamotear otras, ni creer las falsas promesas de falsos líderes que pretenden justificar oportunismos en nombre del “pueblo”, figura vacía que algunos quisieran moldear a su antojo.

La transformación del muro del miedo en homenaje a las víctimas de violencias machistas y feminicidio y la participación de miles de mujeres en las manifestaciones del #8M en la capital y otras ciudades, pese a la pandemia, demuestran  la continuidad y el empuje de una causa feminista cada vez más diversa y visible que, aun en sus fracturas y contradicciones, representa el movimiento más justo  y autónomo en busca de la igualdad y en defensa de las libertades. De ahí la incomodidad e irritación del gobierno, la frustración de los partidos políticos ante la imposibilidad de cooptarlo, y los afanes de algunos medios y personas por estigmatizarlo.

De ahí también, en contraste, la multiplicación de voces que,  pese a los efectos corrosivos de la pandemia en la vida de las mujeres, se han pronunciado en estos días contra la institucionalización de la violencia sexual y contra las nuevas y añejas complicidades que han sostenido y sostienen el ocultamiento de relaciones incestuosas en las familias; la impunidad del acoso y la violencia en el espacio laboral y educativo; la complicidad institucional con las redes de explotación y trata, la pornografía infantil o el turismo sexual.

En este contexto el encumbramiento de un presunto violador a uno de los puestos más importantes del país, como posible gobernante de un estado bajo alerta de violencia de género, en un país feminicida y atravesado por violencia social y criminal, es la corroboración del desprecio del partido en el poder y del Ejecutivo hacia las mexicanas. Contraponer, como lo hizo ayer el líder de Morena, el feminismo a la voluntad del pueblo es una burla a las mujeres; es  también la justificación de agravios y conductas (presuntamente) criminales en nombre de una voluntad popular de la que se erigen en voceros él, su partido (y el presidente). Es, sobre todo, la reafirmación de que para este partido (con más contundencia que para otros) las causas de las mujeres son moneda de cambio, las mujeres objeto de deseo y botín político, y las niñas carne de cañón, todas a merced de hombres abusadores y fiscalías negligentes que dejan impunes violaciones, feminicidios y desapariciones.

La podredumbre que estas violencias toleradas o institucionalizadas sacan a la luz no afecta a un partido exclusivamente. Es sistémica. Así lo demuestran, por desgracia, las denuncias contra candidatos y funcionarios de distintos colores implicados en abuso sexual infantil, violencia de pareja o familiar, difusión de pornografía en redes, entre otras. Estas conductas no son nuevas. Hoy se denuncian más porque muchas mujeres están hartas y decididas a exigir sus derechos y otras muchas las respaldan. Mal harán los partidos de oposición en desoír estas voces y mal harán también en fingir un discurso feminista cuando sus prejuicios o intereses son contrarios a la causa de las mujeres.

La 4T nunca ha sido feminista ni puede serlo, aunque algunas así pretendieran presentarla. Los demás partidos tampoco han respondido a las exigencias de igualdad y justicia de las mujeres. Quizá sea el momento de preguntarnos qué viabilidad puede tener un sistema político que sistemáticamente maltrata a las mujeres y desprecia sus causas.

@luciamelp

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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