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Opinión

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El enojo

Un presidente enojado es siempre un indicador de frustración, incapacidad y ausencia de resultados en su gestión. Acusar a sus opositores de ser los causantes de su fracaso no es una buena fórmula para obtener la confianza de la ciudadanía. Por el contrario, es una muestra de la falta de capacidad política para negociar y así obtener resultados tangibles para sus adeptos.

La estrategia de la burla, el insulto y la descalificación constante de críticos y miembros de la oposición política, termina por definir a un dirigente como la figura autoritaria molesta por la ausencia de un reconocimiento absoluto de todos y cada uno de los miembros de la sociedad, en esa aspiración propia de dictadores e iluminados.

Cuando en 1982 el país se le derrumbó a López Portillo, sus exabruptos y acusaciones contra banqueros, cajeros de los bancos y en general cualquiera que intentara proteger sus ahorros ante la catástrofe económica provocada por él y sólo por él, llevaron al entonces primer mandatario a utilizar el término de traidores a los denominados “sacadólares” en una cacería de brujas contra ahorradores , empresarios y cualquiera que pretendiera evidenciar el fracaso del presidente.

Hoy López Obrador se encuentra en la misma ruta. Su retahíla de insultos  contra los organizadores y participantes de la marcha del pasado domingo, es la demostración patente de que su intento por golpear al INE a través de una reforma electoral regresiva recibió un fuerte rechazo ciudadano que se fue fortaleciendo en la medida en que el enojo presidencial se hizo patente en su terapia matutina denominada “conferencia mañanera” y cuyo resultado fue una movilización masiva que obligó a los propios partidos de oposición a incorporarse al contingente dominical y generar un movimiento de masas con un objetivo común: parar la reforma electoral antidemocrática de AMLO.

De una protesta en defensa del INE a una demostración de rechazo a la gestión de gobierno de Morena, la marcha evolucionó así fundamentalmente atizada por los  insultos e improperios lanzados por el presidente una y otra vez. El enojo del caudillo, que radicalizó a sus bases y envalentonó a su golpeadores profesionales, también solidificó a una ciudadanía heterogénea y presionó a los partidos opositores a pronunciarse sin limitación alguna.

Dice el dicho que el que se enoja pierde, y Andrés Manuel está sumamente molesto por los malos resultados de un gabinete inoperante, y la reacción cada vez más constante de una sociedad inconforme con sus desplantes autoritarios. La popularidad de un mandatario no sirve para justificar abusos o excesos de concentración de poder. Con un presidente enojado pierde su partido y al final del camino perdemos todos.

@ezshabot

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