Más digno y respetable que cualquier almanaque, más festivo que todo carnet de baile y más importante que cualquier agenda, el calendario nacional señala que el 27 de septiembre, hoy mismo lector querido, es la fecha precisa para conmemorar la consumación de la Independencia, quizá la efeméride más significativa de nuestra Historia.

El camino fue largo, doloroso, sangriento y complicado. Hubieron de transcurrir más de once años, desde el inicio de la lucha insurgente propuesta por Miguel Hidalgo, hasta los acuerdos que reconciliaron a las fuerzas insurgentes y virreinales para abandonar las armas, suspender las agresiones, declarar la unión, formar una sola fuerza y reconocer triunfante a la Independencia. Todavía en aquel mes de septiembre de hace 200 años, hubo que llorar a los últimos muertos, firmar cartas, decir discursos, dar abrazos, superar sospechas, sortear burocracia y diplomacia y empeñar la honra y la palabra hasta que el reino español se declaró vencido.

El 20 de septiembre de 1821 parecía que se había allanado el camino después de la entrega de mando que realizó el comandante General de las tropas españolas en la capital, Francisco Novella, al teniente de los Ejércitos de España y Jefe Político Superior de la Nueva España, el virrey Juan O’Donojú .Iturbide, también el mismo día,  emitió un comunicado en el que informó sobre el logro de la Independencia y la próxima entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México; reconociendo el valor y “entusiasmo patriótico” de los habitantes, así como el de los miembros del ejército a su mando (Publicado en la Gaceta del Gobierno de México el 25 de septiembre de 1821); un fragmento de aquel comunicado decía así:

“Mexicanos, ¿no recibiréis con los brazos abiertos a unos hermanos valientes que en medio de las inclemencias pelearon por vuestro bien? ¿No empeñareis vuestra generosidad en vestir á los defensores de vuestras personas, de vuestros bienes y que os redimieron de la esclavitud, quitándoos del cuello el yugo ominoso que agobió á nuestros mayores, y que á nosotros nos constituía tan infelices como ellos lo fueron?”

Las crónicas atestiguan que aquel 27 de septiembre, el ejército de las tropas españolas de Agustín de Iturbide, unido con el de los insurgentes mexicanos de Vicente Guerrero entraron hombro con hombro a la otrora capital de la Nueva España, por diferentes rumbos y formando una columna principal.  Los 7, 616 infantes, junto con los 7,755 elementos de caballería y los 763 artilleros con todo y sus 68 cañones y llevando al general Iturbide al frente , marcharon oyendo vivas, pisando fuerte las calles y demostrando estar más felices que agobiados. Descritos como “gallardos ejércitos y divisiones”, salieron desde Chapultepec para reunirse con el grueso de las tropas en Tacuba.

Cuentan que el reloj todavía no marcaba el medio día cuando el Jefe máximo del Ejército Trigarante –el cumpleañero Iturbide-, montado en un caballo negro avanzó por el Paseo Nuevo hasta llegar a la avenida de Corpus Christi, deteniéndose en la esquina del convento de San Francisco bajo un soberbio arco triunfal.  Dicen también que fue recibido por el alcalde más antiguo, José Ignacio Ormaechea, quien le entregó las llaves de la ciudad (que ni puertas, ni cerraduras, ni nuevo nombre tenía). Y que al paso del contingente fue vitoreado con gritos de ¡Viva Iturbide! y ¡Viva el Ejército Trigarante! Después, tomó la palabra y dijo:

“Mexicanos: Ya estáis en el caso de saludar a la patria independiente como os anuncié en Iguala; ya recorrí el inmenso espació que hay desde la esclavitud a la libertad, y toqué los diversos resortes para que todo americano manifestase su opinión escondida. Ya me veis en la capital del imperio más opulento sin dejar atrás ni arroyos de sangre, ni campos talados, ni viudas desconsoladas, ni desgraciados hijos que llenen de maldiciones al asesino de su padre; por el contrario, recorridas quedan las principales provincias de este reino, y todas uniformadas en la celebridad han dirigido al Ejército Trigarante vivas expresivos y al cielo votos de gratitud. Se instalará la Junta; se reunirán las Cortes; se sancionará la ley que debe haceros venturosos, y yo os exhortó a que olvidéis las palabras alarmantes y de exterminio, y sólo pronunciéis unión y amistad íntima”

Casi innecesario decir que no hubo palabras más sentidas, frases tan conmovedoras, sentimientos tan prístinos ni nacionalismo mejor exaltado.

Todavía con el discurso resonando en los oídos del pueblo -ahora sí ya casi mexicano- , fue formalmente instalada una Junta Gubernativa e Iturbide elegido por unanimidad como presidente de tal junta. Después hubo misa y al día siguiente, se citó una reunión para redactar y firmar el Acta de Independencia del Imperio Mexicano. El documento consignaba palabras verdaderas, acordes para el momento y justas para la memoria:  “La Nación Mexicana que, por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido. Los heroicos esfuerzos de sus hijos, han sido coronados, y está consumada la empresa, eternamente memorable, superior a toda admiración y elogio, que por amor y gloria de la Patria, principió en Iguala, prosiguió y se llevó al cabo, arrollando obstáculos casi insuperables.”

Un  bicentenario ha pasado desde aquel fin de fiesta luminoso.