De acuerdo con Tomás Calleja (“El protagonismo social de la empresa”, Cuaderno 66, Instituto Empresa y Humanismo, Universidad de Navarra, Pamplona), se extiende desde hace años una general aceptación de que atravesamos una crisis económica de alcance universal, que afecta a todos los países y a todos los sectores en diferente cuantía, pero siempre de forma importante. En estas circunstancias, las expresiones de los expertos de la macroeconomía intentan adaptarse con poca imaginación a la necesidad de pretendidas explicaciones que justifiquen lo que está pasando. Es muy posible que existan todo tipo de explicaciones y que aparezcan algunas todavía inéditas; pero no es el trabajo de los teóricos y de los explicadores el que va a resolver esta crisis global y, mientras no sea posible un crecimiento económico que hoy está cerca de lo imposible, continuaremos buscando explicaciones y mirando hacia el futuro a través de una bola de cristal, lo cual equivale exactamente a mirar hacia el pasado.

Todo el mundo civilizado encuentra natural que los regímenes políticos extremos y las ideologías que los soportan hayan fracasado rotundamente, y las explicaciones sociales y morales que fundamentan los procesos de desaparición paulatina de esas ideologías recorren las partituras de un repetido canto a la libertad y a los derechos humanos. Pero al desaparecer esos regímenes extremos, y acabarán desapareciendo todos, las ideologías políticas pierden distancia entre ellas y fuerza de convocatoria y, en definitiva, también se diluyen y difuminan en el pragmatismo de las nuevas liturgias sociales.

Hay ciertos parámetros para orientar al establecimiento de ese sutil equilibrio en el consumo de libertad para hacer posible la solidaridad sin hacer imposible el crecimiento y para saber, asimismo, qué Estado busca el equilibrio y qué Estado lo sobrepasa en la fabricación, no ya de solidaridad sino de poder improductivo. Nos hemos acostumbrado a que los gobiernos tomen con cierta naturalidad decisiones que tienen como consecuencia un endeudamiento del Estado; pero no es evidente que eso sea parte de su trabajo ni que ello pueda hacerse con la cesión de libertad que la mayor parte de las personas que no son Estado consideren razonable.

Si el gobierno apostara por el excesivo crecimiento de la deuda del Estado equivale a una ausencia de libertad necesaria y productiva. El depositario colectivo de la libertad productiva es la parte no Estado de la sociedad, es decir, la sociedad civil. Los colectivos se manifiestan a través de sus líderes, que cumplen la importante función de representar, dirigir y expresar las tendencias, valores, anhelos, ilusiones y principios de la sociedad a la que conducen y sirven. Los líderes políticos representan al Estado, a la parte de la sociedad que consume libertad para actividades necesarias, pero no productivas. Los líderes civiles representan a la sociedad civil, a la parte de la sociedad que utiliza la libertad para producir. Las dos partes, sociedad civil y Estado, deben mantener un equilibrio que haga posible la solidaridad y el crecimiento económico. Cuando el Estado consume libertad en exceso, los líderes políticos ocupan un espacio excesivo, en detrimento de los líderes sociales que ven su espacio restringido e irrespirable.

Necesitamos sociedad civil, necesitamos líderes sociales para hacer posible el crecimiento económico; los líderes políticos tienen el importante papel de hacer posible el liderazgo social, de ayudar a la sociedad civil a disponer y gestionar la libertad productiva, que no reproductiva, que es otra cuestión.