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Opinión

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El árbol que no deja ver el bosque

Todas las mañaneras el presidente López nos pone enfrente un árbol que no nos deja ver el bosque (frase manida cortesía de la mañanera, S.A.). Como respuesta, a diario discutimos sobre el árbol, pero no sobre todos los árboles más grandes e importantes. Todos esos asuntos que no son tocados en las conferencias matutinas o lo son de una manera muy breve, fragmentada y llena de omisiones son los más relevantes. 

Estos asuntos se van acumulando: inseguridad, crecimiento del crimen organizado, situación económica, empleo, salud, educación, cuestiones de género, minorías, crímenes de odio, pueblos indígenas, migración, inversión extranjera, inversión pública, justicia, jóvenes, verdadero combate a la corrupción y a la impunidad. La lista es larga. 

Lo real es que el gobierno federal actual sólo ha cosechado éxitos en dos rubros: las competencias electorales y las batallas mediáticas. Con eso ha sostenido la popularidad presidencial y la idea entre los seguidores del mandatario de que todo está bien o, al menos, que todo está en vías de resolverse. También ha fijado la certeza de que el pasado estaba peor. Escamotean impunemente la memoria.

¿Por qué el olvido de un autoritarismo que todavía a principios de la última década del siglo pasado parecía invencible?  ¿Un autoritarismo que se daba el lujo de no vernos ni oírnos? Ahora, regresa con otro nombre, pero con los mismos ropajes avejentados y parafraseando a Marx en el 18 Brumario, si aquel autoritarismo era una tragedia, el de ahora es una farsa. Y muchos abrazan esta farsa, se visten con ella, se esconden bajo sus frases e insisten en defender hasta el último centímetro de su mentira. Un autoritarismo que tampoco nos ve ni nos oye, pero que además se burla de nuestros olvidos colectivos. 

Van tres años de gobierno y lo real es que no sólo no se están resolviendo los problemas, sino que tampoco se están sentando las bases para que se resuelvan en un futuro próximo. Necesitamos la pastilla roja que Morfeo le dio a Neo para despertarnos a todos. 

En este juego de video estandupero en que se ha convertido la realidad cotidiana, los malos chistes agresivos son la regla, las ocurrencias presidenciales sustituyen a las políticas públicas que, por definición, son fifís y neoliberales; la burla en lugar del diálogo. Y, ojo, quien no dialoga con sus opositores esconde la intención de destruirlos. Por su parte, las oposiciones contestan como pueden y se felicitan entre sí por el arrojo, la inteligencia o la frase caladora. Festejan sus miserias. Si la oposición está para llorar, el poder es un teatro lastimoso. 

No tengo dudas de que el presidente se irá algún día, pero su herencia será el rescate de lo peor del priismo controlador y vertical, engordado por un militarismo que al menos no teníamos hace 40 años, entrelazado con un crimen organizado que escoge candidatos ganadores, reparte puestos públicos, cobra impuestos y reparte una justicia sui generis. La dualidad de Poderes que decían los clásicos marxistas.

La memoria es un monstruo. La frase no es mía, pero no estoy seguro si es de Javier Cercas (El Impostor) o de John Irving (Una oración por Owen). De cualquier forma, es cierta. Pero hoy es un monstruo guardado en el armario y puesto bajo llave por el rencor social. Hay que sacar al monstruo, desatarlo de las mentiras, desempolvarlo y ponerlo en pie y comenzar a recordar para no cometer errores peores. Nunca más el poder para un solo hombre porque, como decía Gandalf, el poder del anillo es demasiado pesado para uno solo. Hay que destruir el anillo (el poder) y esto sólo se logra democratizando la vida pública, repartiendo el poder y con sistemas de vigilancia con garras y colmillos. 

Ojalá Borges haya tenido razón cuando escribió: Sólo una cosa no hay. Es el olvido. Recordemos lo que está pasando hoy, pero también la impunidad del pasado, la ineptitud, la corrupción, el desdén y la simulación. Los de ayer se fueron, pero los nuevos personajes representan la misma obra que nos sabemos de memoria: discursos, promesas, mentiras.

La ciencia ficción y los lavados de cerebro nos enseñaron que la sustitución de la memoria existe. Es cierto que no hubo buenos viejos tiempos, pero sí mejores viejos tiempos, pero ahora se quiere hacer que la memoria falle y que crea que todo el pasado fue peor, pero, al menos, parafraseando a Machado, recordemos la emoción de las cosas, aunque olvidemos todo lo demás. No la memoria sustituta de las mañaneras, sino la memoria verdadera, sin héroes ni villanos, sin verdades absolutas, desterrando la demagogia, la persecución y la infamia. 

Para rescatarnos como país es necesario rescatar nuestra memoria.

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