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El amor después del amor, la fidelidad a un sentimiento

El amor después del amor no solo es el disco más vendido de la historia del rock en Argentina, es también el drama musical que muestra los 30 primeros años de la vida y obra de Fito Páez. Una bioserie que, de entrada, sobresale por su atinado casting, por la capacidad interpretativa de los actores, la recreación de la atmósfera musical de la época y en particular por mostrar el lado más íntimo del cantautor, que es donde se encuentra el centro de gravedad de su proceso creativo. Esa para mí, es la parte más relevante de este primer acercamiento a un personaje que enfrenta la muerte de la madre, la muerte del padre y el asesinato de las abuelas. Es decir, que se va quedando gradual y abruptamente sin ese último refugio natural que es la familia. Si se analiza tenía todo para convertirse en un resentido social, pero supo transformar sus ausencias en creaciones musicales echando mano de una pluma, unos walkman, un piano y una voz que ha formado parte de la educación sentimental de toda una generación. Fabiana Cantilo ve en él eso que tanto gusta de Fito en sus primeros, la trova rosarina. En la segunda escena de azotea, entre risas canta La vida es una moneda, se ríe de esa forma tan rosarina de ser tristones, melancólicos, nostálgicos y bohemios.
Lo cierto es que lo mejor de su proceso creativo proviene de esa forma de sacar partido a lo mejor de su madre (maestra y concertista de piano), a lo mejor de su padre, un melómano raro en la Argentina de los años sesenta, así como del amor de las abuelas. Va cortando y pegando retazos de música clásica, se somete al método Hanón, al Hindemith, al viejo cara fría y su Marcha Turca hasta delinear un desordenado proceso en el que están presentes Duke Ellington, Antonio Carlos Jobim, Sinatra, Meche Sosa, Lito Nebia, Virgilio Exposito, El Polaco Goyeneche, Caetano, Piazzolla, Spinetta, Charly… Digamos que supo llenar los silencios con música. Los silencios se cantan, decía Goyeneche. El silencio es condición del sonido, afirmaba, y Fito lo sabía, lo supo siempre. Es por ello que su vida es un espectacular glissando en la escena del rock, alimentado de curiosidad, disciplina, dedicación y profesión. En ese orden.
He leído algunas reseña sobre la bioserie, una de ellas comenzaba preguntando ¿Por qué lloramos al verla? No es mi caso, pero puedo entender y aventurarme a decir que por ser un artista entrañable que ha tocado muchos corazones y de muy diversas maneras. Esto es algo que le hace saber esa mujer de nombre Violeta en la escena de la barra del bar en la que se encuentra cabizbajo por el bache emocional que está viviendo. Ten algo de fe en lo tuyo, le dice, que de seguro has hecho bien a más de alguno. Se lo dice luego de susurrar en su boca: “Rayos del sol a la hora del sol/ ella estaba en cualquiera/en cualquier estación/esperando una fatalidad/o un llamado del cielo…”
De sobra sé que El amor después del amor no es un relato lineal, que está guiada más por las emociones; que es un primer acercamiento a lo que quiso mostrar, el origen de su esencia, su código musical y la manera en que ganó un lugar especial en la escena del rock argentino y latinoamericano. La historia es honesta, no esconde el tema de las drogas y los excesos, es íntima, comparte el drama familiar que le acompaña, es la fidelidad a un sentimiento.
Por supuesto que se queda corta. Dejando de lado los detonantes emocionales, es la historia del provinciano rosarino talentoso que logra tocar en el Velez. Falta relatar lo sucedido de 1993 al año 2000, que sería un cierre perfecto con Al lado del camino de fondo, no solo por ser una gran obra; Mejor Canción Rock, Mejor Interpretación Rock Masculina y nominada a Canción del Año en los Grammy Latino, sino porque es la síntesis de su vida.
Y ya puestos a pedir, quisiéramos más referencias como esa que se hace al personaje de Adolfo Bioy, Lucho Bordenave, después de la primera noche que pasan juntos Fabiana y Fito. No sé, quizá las influencias de Rodolfo Fogwill, Camila Fabbri, Oswaldo Lamborghini, Martín Rodríguez. Claro, lo queremos todo, pero es precisamente porque Fito es un personaje, además de convocante, inspirador.
Soy un seguidor puntual de sus creaciones, de lo que escribe y canta. Puedo decir que, en medio de la pandemia, repasando su discografía, me detuve en el inicio, en La vida es una moneda, el clásico que popularizó con Juan Carlos Baglietto. Fue la primera canción que tocamos y cantamos juntos mi hija y yo al piano. Nuestra canción en pandemia. Por supuesto que sus creaciones han hecho bien a más de alguno.
Puede que el mundo quepa en una canción y una vida no en ocho capítulos, por eso quisiera compartir algunas recomendaciones de cara a la bioserie. Dejar de lado el rigor históricos de los hechos, nuestro personaje siempre ha dicho que hay algo en la hechura de las cosas que no se parece a la realidad. Tener un poco de fe poética -a lo Coleridge- Esto es, poner en pausa la incredulidad. Y la más importante de todas: Bajar el volumen a sus canciones. Verán a Fito Páez dando manotazos al piano gritando sus ausencias… Al lado del camino.