La vida es dura y después…te mueres. Esta sentencia dolorosa y ácida está llena de sabiduría y verdad. La existencia es una colección de obstáculos a vencer, donde después de sobreponerte a ellos día tras día, llegas al predestinado final y se acaba todo. Muchos dicen, para no evadir el lugar común, que lo que importa no es ese final anunciado, que lo relevante es que tanto se entretiene uno a lo largo del camino. Reconozco que como mecanismo de defensa y para no perder la motivación resulta muy acertado. Lo malo es qué hay algunos que se divierten por la vereda haciendo daño y disfrutan con el dolor ajeno. De esos vamos a hablar hoy, son los resentidos.

Todos hemos sufrido agresiones afectivas, es parte de la vida. En cierto momento hemos sido humillados, derrotados, despreciados, mal queridos, lastimados, a todos nos han roto el corazón o hemos sentido que tenemos “mala suerte” o hemos fracasado. Pero nuestra conciencia—cualquier cosa que eso sea—es benévola y nos cuida, a tal punto que nos hace olvidar, eliminar los recuerdos o vivencias desagradables y seguir adelante. Sin embargo, hay ciertas personas, seguramente más inmaduras o deformes, emocionalmente hablando, que fermentan en su interior estos malos sentimientos y los van guardando podridos y hediondos hasta que pueden deshacerse de ellos escupiéndolos al otro. Para ellos, cuando logran hacerlo, el camino sinuoso se vuelve muy interesante y no les importa más que el contagio de resentimiento que logran en los demás.

Uno de los rasgos más relevantes del resentido es su falta de generosidad, podríamos decir que ser bondadoso y preocuparse por las personas de su entorno no forma parte de su repertorio emocional. Otra característica es su incapacidad para perdonar, pasar la hoja y volver a empezar. Edmundo Dantes, el arquetípico Conde de Montecristo, vivió años y años en prisión alimentado solo por su deseo de venganza, recuérdenlo. El verdadero amor es algo que el resentido desconoce y su calidad moral es definitivamente mediocre. No olvida sus rencores ni a sus enemigos, vive para destruirlos, su memoria es perfecta y recuerda bien a los que han impedido que se cumplan sus deseos. El resentido no conoce ni el olvido ni perdón.

Dice el gran Gregorio Marañón, destacado médico e intelectual español del siglo pasado y gran analista de los poderosos gobernantes resentidos (Tiberio, el emperador romano, es uno de ellos), que no hay que confundir el odio o la envidia con el resentimiento. Todos hemos sentido estas pasiones por alguien en algún momento, los humanos ocasionalmente envidiamos u odiamos como un asunto personal. El resentimiento por el contrario implica una necesidad de venganza social, es una reacción incubada, acumulada y que va dirigida más un grupo que a un individuo.

La distinción o el triunfo que no logró en su momento –según nuestro protagonista—, es el motor primario de esta baja pasión que tarde o temprano va a afectar a muchos otros.

Y atención, el triunfo no cura al resentido, en la mayoría de los casos su empoderamiento hace que su mal se agudice. Al ganar y vencer al fin a todos sus enemigos se confirma que él había vivido una enorme injusticia que refuerza sus añejas pulsiones violentas hacia quienes supuestamente lo vejaron.

En la historia de los populistas que hoy gobiernan buena parte del mundo, se deberá escribir un capítulo detallado sobre sus respectivos resentimientos. Estos políticos usualmente con un manejo emocional muy efectivo y al mismo tiempo limitado, dividen, como se ha dicho hasta el cansancio, a sus gobernados en buenos y malos, los que no están de acuerdo con ellos son traidores, los traidores que se pliegan a sus deseos son inocentes, títeres todos a usar a placer para sus venganzas. Utilizan los rencores de la muchedumbre a su favor, para acumular más y más poder y no se conduelen nunca por nadie ni por nada.

Hay muchos ejemplos de poderosos, en este mundo enfermo de pandemia y desastres económicos, que así son. Puede usted seleccionar al populista de su preferencia para verlo retratado en este texto, hágalo sin ningún resentimiento, finalmente todos son iguales.

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.