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El Bastón de mando

La política tiene señales y ritos. Algunos hablan para la población en general, otros hablan para los comprometidos, para los seguidores, para los de casa. Algunas veces, son los mismos o eso quisiera el líder, el conductor de las voluntades, otras son imágenes de lo deseable, de lo que se pretende. Mandar un mensaje en sus términos y en su valor interno.
Si, la política manda mensajes, pero tiene un límite: la ley. Sin las normas la lucha política y, para efectos prácticos, la convivencia social serían la ley de la selva, el más fuerte prevalecería sobre los demás, como pasa en la naturaleza. Ya se ha dicho ad nauseam, al presidente la ley le parece un estorbo, una incomodidad para hacer lo que le viene en gana. Un dictado ajeno a su soberbia y a su megalomanía. Una manera de ver el mundo que no comulga con sus necesidades y su persona. Desde una cierta perspectiva tiene con la ley, la misma relación que los narcotraficantes tienen con el código penal. Les vale cacahuate a ambos, eso explicaría, porque les tiene una comprensión inexplicable, salvo por este detalle.
La semana pasada, sin embargo, en un acto que parecía inocente, acaso una imagen para su público, un simbolismo para fortalecer electoralmente a su candidata, le entrego un bastón de mando. Sacado de quien sabe dónde y francamente de mal gusto, en un acto público frente a gobernadores, legisladores de su partido y aliados políticos, frente a los medios de comunicación y un poco de público, en un hotel del centro de la ciudad se concretó la ilegalidad y el mensaje.
Así lo reportaron los medios: “El presidente movía las manos elocuentemente, mientras ella, erguida, sostenía el bastón de mando con ambas manos. Era el momento de la verdadera transmisión de poder. Antes, ante todos los morenistas convocados a la reunión, Sheinbaum le garantizó al presidente que cuidará “su gran legado”, pues, dijo, México ya no es un país de unos cuantos. “Usted es un referente ético y moral que nos ha enseñado a no caernos frente a ninguna adversidad, a no arrodillarnos frente al poder del dinero, a confiar en el pueblo y su dignidad, y a que cuando hay revolución de consciencias y un pueblo se empodera y reconoce su fuerza y su historia, no hay nada que lo detenga”.
No le bastó a AMLO haber apoyado y promoviendo desde hace más de año y medio a Claudia. No le bastó empinar a otros 4 a que dejaran cargos, dieran vueltas por el país, sin propuestas, sin debatir, sin presentar programas o alternativas, sólo se pasearon con dinero público, por todo el país, movilizaron masas o lo que pudieron, gastaron en bardas, espectaculares, camisetas, camiones y demás. No le bastó hacer que se tragaran el día del anuncio por Mario Delgado y el gobernador de Sonora, Alfonso Durazo (por cierto en horas de oficina lo cual es una ilegalidad mayúscula), el sapo enorme que tuvieron que tragarse y se notaba en los rostros de Adán Augusto, Monreal, Manuel Suarez y Fernández Noroña. Además, tenía que hacer su punto.
En las comunidades indígenas, se traspasa el bastón de mando por dos razones. Por que el tlatoani está a punto de morir o porque la comunidad o parte de ella ha decidido cambiar de mando, aunque ya se sabe que de todas maneras el tlatoani, seguirá ejerciendo su presión, su influencia o su poder y deberá ser siempre consultado. En el caso de Claudia, esto segundo es el caso. Con un agravante: por ley tenía prohibido, expresamente hacer promoción por alguna de sus corcholatas; tenía prohibido realizar actos anticipados de campaña; tenía prohibido pronunciarse por alguno de ellos; tenía prohibido aparecer en público con alguno de ellos, pero sobre todo, quién le dio derecho o en que ley puede apoyarse, darle simbólicamente el poder a alguno de ellos, que no sea por virtud de elección constitucional, ante el congreso de la nación y dentro de los tiempos que establece la ley. Pues en ningún lugar, pero eso, como ha sido durante estos 5 años, le tiene sin cuidado. Nada más, pero nada menos, también.

